Autora – Mónica Martz M

274 es la casa que habité en mi niñez y adolescencia y ahora ocupa un espacio poético en mi mente. Es la reconstrucción de un hogar imaginario, la resolución de una ecuación interna que gira constantemente en mi psique formando una fisura por donde se escapa la razón.
Al divorciarse mis padres, venden la casa, el espacio se disloca, el silencio irrumpe, se pierde el hilo, la piel del nido es fragmentada. Regreso al inicio y veo cómo irrumpe la violencia, la casa, el nido es habitado por narcotraficantes, ahora resguarda arsenales de armas, ahora la violencia me atraviesa. Años después nuevamente es abandonada, la violencia ahora es del Estado que irrumpe, que captura a los narcotraficantes en mi nido, en mi hogar, y a este vientre le arranca la piel en la búsqueda de los botines de la violencia, nuevamente el nido es sumergido en el silencio y las preguntas. Veo a la distancia el despojo, el vientre-casa es subastado en Devolverle al pueblo lo robado, otra fractura, otra grieta, se pierde el hilo nuevamente. Años después la reencuentro, venden mi nido-casa, me escabullo, finjo ser otra, finjo querer comprarla (ojalá pudiera). Ahora recorro el cuerpo inerte, muerto, con la piel arrancada, con las heridas expuestas. Ahora realizo el ritual de despedida, se pierden las luces, encuentro todas las sombras que cruzan mis dedos, me despido.
¿Como lograr acceder a este espacio que parece invisible y concreto a la vez ?
Los recuerdos estallan y fragmentan el presente, la imagen de las rocas volcánicas son mi ancla, son el testigo de la ausencia y de lo que aún permanece. Abro una puerta a una dimensión intimista, a la casa del tiempo; en la casa de los sueños, donde lo invisible y el vacío se empapan de matices trastocados.
La imagen de la casa-nido es revelada, es decodificada.






















