
La práctica artística de Amor Muñoz se sitúa en un territorio expandido donde convergen arte, tecnología, artesanía y pensamiento crítico sobre la vida. Gran parte de su producción dialoga profundamente con el bioarte, especialmente desde una perspectiva latinoamericana que problematiza la relación entre lo humano, lo no humano, lo tecnológico y lo comunitario. En este sentido, el trabajo de Muñoz puede comprenderse como una práctica bio-tecno-poética, donde la vida, los procesos orgánicos y los sistemas ecológicos son pensados en relación con lenguajes de codificación, economías del trabajo y saberes situados.

Uno de los ejes centrales de su obra es la búsqueda de formas alternativas de comunicación con lo no humano, cuestión clave dentro del bioarte contemporáneo. En Oracle y Corpus Aquae, Muñoz propone una especulación sobre el lenguaje del agua. A partir de grabaciones sonoras de ríos, mares y lluvias, procesadas mediante inteligencia artificial y sistemas de aprendizaje automático, la artista construye lenguajes “alienígenas” que generan un sistema expresivo propio. Esta operación desplaza el paradigma antropocéntrico del lenguaje y se alinea con corrientes del bioarte que buscan escuchar a lo viviente en lugar de representarlo. En el contexto latinoamericano, donde los cuerpos de agua suelen ser territorios en disputa, contaminación y resistencia, estas obras adquieren una dimensión política, donde encontramos al río Santa Catarina, convertido en un cuerpo artificial vivo, que habla desde su precariedad y su persistencia, inscribiendo a la ecología en el ámbito de la especulación poética y tecnológica.

Este interés por la voz de lo no humano se profundiza en proyectos como Chimera: Expanded Bodies e Hybrida, donde Muñoz explora entidades híbridas que combinan materia viva, sistemas electrónicos y participación del público. En estas instalaciones, colonias de bacterias y levaduras generan datos que son traducidos en sonidos corporales —latidos, respiraciones, flujos internos—, construyendo cuerpos posthumanos que no responden a una definición estable de vida. Estas piezas dialogan con el bioarte internacional en la línea de artistas como Eduardo Kac o Stelarc, pero se diferencian por su énfasis en lo táctil, lo textil y lo relacional, aspectos profundamente ligados a tradiciones artesanales y comunitarias latinoamericanas. La vida, aquí, es un proceso compartido, mediado por tecnologías suaves y sensibles.

La dimensión material de la memoria y del código constituye otro núcleo fundamental de su práctica. Obras como Matter and Memory, Notes and Folds y Schematics revelan cómo los sistemas de codificación —ya sean computacionales, textiles o musicales— están siempre encarnados en soportes materiales. Al vincular los tocapus precolombinos, los tejidos de Anni Albers y las memorias de núcleo magnético de las primeras computadoras, Muñoz traza una genealogía no lineal de la tecnología que desarma la narrativa eurocéntrica del progreso digital. Desde esta perspectiva, el bioarte se amplía hacia una reflexión sobre la materialidad de la información, donde la vida se entiende también como memoria, repetición y transmisión.

En el contexto latinoamericano, esta reflexión adquiere un carácter decolonial. Proyectos como Coded Architectures, The Artisanal Machine of Tadao Ando y Data Processing / Ancient Stones ponen en tensión la dicotomía entre alta tecnología y saber artesanal. Al reducir los procesos tecnológicos a su mínima expresión —blanco y negro, ceros y unos, gestos manuales—, Muñoz evidencia que toda tecnología es, en el fondo, una práctica cultural situada. Esta postura se conecta con el concepto de tecnodiversidad, que atraviesa su obra y cuestiona la homogeneización tecnológica global, proponiendo en su lugar futuros múltiples, localizados y sensibles a los ecosistemas sociales y naturales.

La dimensión política del bioarte en Muñoz se vuelve explícita en proyectos como MR4 – Maquila Región 4 y Yuca-Tech. Aquí, la vida no se presenta únicamente como organismo biológico, sino como vida laboral, comunitaria y afectiva. Al reconfigurar la maquila como una fábrica móvil que paga salarios justos y visibiliza los procesos de producción mediante códigos QR, la artista introduce una biopolítica alternativa que confronta la explotación sistemática de los cuerpos en la economía global. De manera similar, Yuca-Tech propone una tecnología hecha a mano, comunitaria y sostenible, donde la energía —fotovoltaica, textil, humana— se produce en diálogo con el entorno y los saberes locales. En este sentido, el bioarte se expande hacia una ética de la vida que incluye el trabajo, la energía y la transmisión del conocimiento.

Obras como Flujo sintetizan muchas de estas preocupaciones. La analogía entre el flujo eléctrico y el flujo del agua, materializada en una escultura sonora tejida por artesanos ecuatorianos, establece una continuidad entre lo orgánico y lo tecnológico. El sonido del agua, convertido en ruido blanco, remite tanto a la vida como a su desgaste, mientras que el uso de energía solar plantea una relación no extractiva con el entorno. Aquí, Muñoz articula una visión de futuro que no depende de la aceleración tecnológica, sino de la reconciliación entre técnica, cuerpo y territorio.

La obra de Amor Muñoz puede entenderse como una contribución singular al bioarte latinoamericano contemporáneo. Su práctica construye un pensamiento complejo sobre la vida como red de relaciones entre humanos, no humanos, tecnologías y comunidades. Frente a una cultura monotecnológica que tiende a la obsolescencia y al agotamiento de los recursos, Muñoz propone una poética de la lentitud, la mano y el cuidado, lo cual nos plantea como el bioarte no busca dominar lo viviente, sino tejer con él futuros posibles.
