
La producción artística de Marta María Pérez se inscribe en un territorio donde la fotografía deja de ser únicamente un medio de representación para convertirse en un dispositivo simbólico capaz de conjurar ausencias, activar imaginarios espirituales y producir otras formas de presencia corporal. Como señala Juan Antonio Molina, la relación entre narración y ficción, así como entre símbolo y verdad, atraviesa su obra desde una dimensión que desborda la imagen fija para situarse en un espacio expandido donde la performatividad del cuerpo y la espiritualidad convergen. En este sentido, la artista desarrolla una práctica que dialoga con el espiritismo desde una depuración de la imagen que revela la potencia conceptual de lo invisible.

Desde finales de la década de 1980, Marta María Pérez renovó la fotografía conceptual cubana mediante una estrategia radical, en la cual su cuerpo es el eje central de la obra. Su práctica se articula alrededor de una iconografía híbrida que fusiona referencias mitológicas, rituales religiosos de ascendencia africana y construcciones sociopolíticas vinculadas al género, la sexualidad y la identidad. Siguiendo la reflexión de Iuri Lotman sobre la relación entre símbolo e ícono, su producción demuestra cómo el ícono —el cuerpo fotografiado— puede expandirse hacia complejos sistemas simbólicos que exceden lo representado. La fotografía se convierte entonces en un espacio de condensación temporal y espiritual donde lo ausente es convocado como presencia activa.

Sin embargo, el “ausente-presente” que emerge en su obra funciona como un ritual de invocación que intenta materializar aquello que no puede ser fotografiado, donde las fuerzas espirituales, memorias culturales y tensiones sociopolíticas se manifiestan. En este sentido, la imagen es un acto performativo que reconfigura la relación entre el cuerpo, la imagen y el espectador.

La artista rompe con la tradicional posición de la fotógrafa como observadora externa. Al asumir simultáneamente los roles de autora, modelo y oficiante ritual, desmantela la distancia entre sujeto y objeto, entre cámara y realidad. Su cuerpo se vuelve un espacio de experimentación simbólica donde se inscriben saberes transgresores, prácticas religiosas y discursos políticos. Esta estrategia permite deconstruir lo sobrenatural al trasladarlo al plano humano sin despojarlo de su carga energética; lo divino se ajusta a la medida del cuerpo y, al mismo tiempo, el cuerpo se expande hacia dimensiones sagradas.

Si se observa desde una perspectiva foucaultiana, el cuerpo en la obra de Marta María Pérez puede entenderse como un territorio de inscripción donde convergen saberes, prácticas espirituales y dispositivos de poder. Al situarse simultáneamente como sujeto y objeto de la representación, la artista desestabiliza la relación clásica entre observador y observado, cuestionando el régimen disciplinario de la mirada fotográfica. Su cuerpo aparece como un espacio de resistencia donde se reinscriben narrativas marginalizadas vinculadas a espiritualidades afrocubanas, identidades en tránsito y configuraciones no normativas del género y la sexualidad.

Desde una perspectiva derridiana, el acto fotográfico en su obra puede leerse como una práctica de “re-presentación” en la que la imagen señala una ausencia constitutiva. La fotografía se convierte en una huella diferida que convoca aquello que no está presente en el instante de la captura, convoca a las memorias colectivas, energías rituales y dimensiones invisibles del cuerpo. En este sentido, el “ausente-presente” es la estructura misma de la imagen como signo que remite siempre a lo que escapa a la visibilidad. La obra funciona así como un archivo espectral donde lo sagrado se manifiesta como resto, como traza que excede el tiempo lineal.

En diálogo con Bernard Stiegler, la fotografía de Marta María Pérez puede considerarse una tecnología de memoria que reorganiza la relación entre técnica y subjetividad. Sus imágenes producen una exteriorización de la experiencia espiritual que transforma al cuerpo en un soporte tecnopoético. El ritual se convierte en un proceso de individuación simbólica mediado por la cámara, donde la técnica amplifica su dimensión espiritual. La artista transforma así el dispositivo fotográfico en una prótesis de la memoria que reconfigura el tiempo, permitiendo que pasado, presente y mito coexistan en una misma superficie visual.

El cuerpo en su obra se transforma en un altar móvil, un espacio de tránsito donde se fusionan atributos humanos y sagrados. Este desplazamiento desestabiliza las nociones convencionales de autoría y representación, proponiendo una estética donde la imagen es el vestigio material de un acontecimiento simbólico.

El resultado es una obra donde la performance y la fotografía se entrelazan para transformar el cuerpo en un campo de fuerzas comparable a un altar o a una entidad religiosa. A través de estas operaciones, Marta María Pérez construye una estética que cuestiona las categorías rígidas de identidad y representación, proponiendo un espacio simbólico en constante transformación. Sus imágenes buscan generar una reflexión crítica sobre la espiritualidad como proceso político y cultural, evidenciando cómo los sistemas de creencias moldean las subjetividades contemporáneas.

Sus imágenes funcionan como dispositivos que interrogan la construcción social de la espiritualidad y la identidad, y al mismo tiempo revelan la potencia política de los sistemas simbólicos. Al transformar la fotografía en un acto ritual y tecnopoético, la artista abre un espacio donde el cuerpo se convierte en un archivo vivo capaz de conjurar ausencias, activar memorias y producir otras formas de subjetividad.

La obra de Marta María Pérez se sitúa en la intersección entre arte conceptual, performance corporal y ritualidad simbólica. Su práctica redefine la fotografía como un acto de invocación que articula memoria, espiritualidad y política, y posiciona el cuerpo como un territorio donde se negocian identidades y poderes. Sus imágenes activan lo sagrado, transformando la fotografía en un espacio liminal donde el símbolo se encarna en la materia viva del cuerpo.

