
La ópera prima de Ernesto Martínez Bucio, El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja) (México, 2025), es una de las propuestas más singulares del cine mexicano reciente. Ganadora del Premio a la Mejor Ópera Prima en la Festival Internacional de Cine de Berlín y presentada en el Festival Internacional de Cine de Morelia, la película confirma que el riesgo formal puede ser una vía poderosa para explorar la memoria y el trauma.

Ambientada en el México de mediados de los noventa, la cinta sigue a cinco hermanos abandonados por sus padres y puestos bajo el cuidado de su abuela Romana, una mujer con esquizofrenia que vive asediada por presencias invisibles. Desde esta premisa, el filme evita el melodrama convencional y opta por una narrativa fragmentaria, más cercana al recuerdo que a la cronología. Martínez Bucio —quien coescribe junto a la poeta Karen Plata— construye un relato que parece evocado desde el futuro, donde las imágenes nos remiten a álbumes familiares, texturas que oscilan entre lo digital y el simulacro de archivo doméstico.

La dimensión fantástica no irrumpe como terror convencional, sino como una extensión sensible del miedo infantil. Lo demoníaco se desplaza de amenaza externa a figura protectora ambigua, casi un paraguas cósmico que intenta mantener unido al grupo frente al abandono.

La reiteración de escenas grabadas en handycam —con rebobinados y juegos meta–montaje— aporta una capa conceptual sobre el acto de recordar. La película oscila entre la intuición poética y el gesto autoconsciente.

El diablo fuma… se inscribe en una corriente del cine mexicano contemporáneo que se centra en la experiencia sensorial. Como ha señalado el propio director, el cine no puede estar condenado a la linealidad; debe inventar otras maneras de sentir.

Sin moralejas ni respuestas cerradas, invita al espectador a habitar sus vacíos, a reconstruir los huecos de una historia que nunca se cuenta del todo.

