
La primera película de Leonardo Van Dijl, El silencio de Julie (Bélgica-Suiza, 2024), es un drama deportivo que renuncia deliberadamente a la épica para internarse en una zona más incómoda, la del abuso de poder y la ambigüedad moral que rodea a las víctimas cuando deciden no hablar. Presentada en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes, la película confirma a Van Dijl como un cineasta interesado en la observación ética del comportamiento.

Julie (Tessa Van den Broeck), promesa de una academia de tenis de élite, ve cómo su entrenador es suspendido tras una investigación por abuso vinculada al suicidio de una jugadora. Mientras el club promueve una cultura de transparencia y anima a las deportistas a pronunciarse, Julie opta por callar. Ese gesto se convierte en el eje político del filme.
Lo primero que sorprende es la radicalidad formal. Van Dijl elimina casi por completo la espectacularidad asociada al tenis. No hay torneos vibrantes ni grandes partidos decisivos. Lo que domina es la repetición de los entrenamientos mecánicos, respiraciones contenidas, el golpe seco de la pelota contra la raqueta. El sonido sustituye al diálogo; el fuera de campo pesa más que cualquier confrontación verbal. La cámara de Nicolas Karakatsanis, con su luz mortecina y sus tonos grisáceos, construye un universo visual casi claustrofóbico, donde la profundidad de campo es mínima y el entorno parece disolverse alrededor de la protagonista.

La película dialoga, inevitablemente, con otros relatos contemporáneos sobre el deporte y la explotación del cuerpo. Si el tenis glamuroso y exacerbado de Luca Guadagnino en Challengers convertía la cancha en espectáculo sensual, Van Dijl opta por la desmitificación, donde el deporte es una disciplina repetitiva, un espacio donde la dependencia entre entrenador y atleta puede deslizarse hacia la manipulación. La violencia nunca se muestra de forma explícita; se sugiere en gestos, en la insistencia de un teléfono vibrando, en la proximidad corporal que invade el encuadre.
El silencio de Julie es un estudio sobre la presión social que rodea a la víctima. Van Dijl confía en el tiempo como herramienta narrativa, creando un tiempo para aceptar, para procesar, para sostener el peso de una verdad sin convertirla en espectáculo.
En su sequedad, la película alcanza momentos de gran potencia. Cuando Julie ocupa el encuadre desde un contrapicado sutil, creciendo físicamente mientras el acoso permanece fuera de campo, el filme sugiere una inversión simbólica del poder. No asistimos a una victoria deportiva ni judicial; asistimos a algo más íntimo.
El silencio de Julie propone una reflexión incómoda sobre el consentimiento, la culpa y el derecho al propio ritmo.
