
Con Kix: El rey de las calles (Hungría-Francia-Croacia, 2024), los cineastas húngaros Dávid Mikulán y Bálint Révész construyen uno de los retratos más incómodos y absorbentes de la infancia marginal en el cine documental. Filmada a lo largo de más de una década, la película sigue la vida de Sanyi desde los ocho hasta los veintiún años, en una Budapest áspera donde la imaginación infantil convive con la precariedad.
El arranque es un golpe seco: cámara en mano, a la altura de la patineta, montaje vertiginoso y una energía punk que acompaña a Sanyi y a su hermano Viktor mientras deambulan por la ciudad rompiendo, invadiendo, provocando.“Soy duro y hago lo que quiero”, dice Sanyi con la voz impostada de su alter ego, una suerte de superhéroe callejero que mezcla fanfarronería y vulnerabilidad.
Ese impulso anárquico pronto encuentra su contrapunto en la intimidad del hogar, dentro de un apartamento de treinta metros cuadrados donde conviven padres exhaustos, una abuela y tres hijos. La madre trabaja tres empleos; el padre es una presencia errática; los servicios de protección infantil rondan con frecuencia. La cámara, que al inicio parecía cómplice de la energía destructiva, se transforma gradualmente en observadora distante. Cuando Sanyi cumple quince años, el dispositivo formal se aquieta, mediante planos más largos, encuadres más estables, menos euforia. La adolescencia desplaza el juego hacia el riesgo real, y la pose de “chico duro” deja de ser performance para convertirse en destino posible.

No hay discursos sociológicos explícitos ni entrevistas explicativas; el contexto político —la Hungría de la regresión democrática y el endurecimiento institucional— permanece como ruido de fondo.
Mikulán conoció a Sanyi cuando él mismo era apenas un estudiante de arte; su vínculo nació del skate y se convirtió en una relación de afecto, tutoría y complicidad creativa. Con el paso de los años, los directores oscilan entre la participación activa y la retirada prudente.
El montaje —que combina humor, momentos de ternura y estallidos de violencia— sostiene un delicado equilibrio. Reímos con las ocurrencias del niño que escribe grafitis obscenos y fantasea con ser invencible; luego, casi sin transición, sentimos el peso de una adolescencia que se estrecha. Kix es una montaña rusa emocional que empieza como oda a la libertad infantil y termina como elegía amarga por una juventud arrinconada.
Sanyi emerge como un personaje complejo y carismático, alguien cuyo talento y energía nunca encuentran un cauce institucional. La escuela lo obliga a repetir cursos; el sistema lo etiqueta; la calle lo seduce. Los directores insisten en mirar más allá del estereotipo del “niño problemático” y proponen algo más incómodo.
