
La ópera prima de la cineasta tzotzil Ana Ts’uyeb, Li cham (México, 2025), se erige como un acto político de memoria y afirmación colectiva. Ganadora del Premio Ojo a Mejor Largometraje Documental Mexicano en el Festival Internacional de Cine de Morelia, la película articula el duelo y la esperanza desde una mirada situada en las de mujeres tsotsiles que han atravesado pérdidas irreparables y que encuentran en la organización comunitaria y en la defensa del territorio una forma de renacer.
Con una duración de 72 minutos y hablada en tsotsil, Li cham (que puede traducirse como “Morí”) sigue la historia de tres mujeres, la madre, la tía Juana y la cuñada Faustina. Todas comparten una experiencia marcada por violencias patriarcales que les arrebataron bebés y familiares.
El documental se estructura en tres etapas —niñez, adolescencia y presente— y entrelaza memoria personal con memoria histórica. La irrupción del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) aparece como punto de inflexión, como un horizonte que les devuelve dignidad y agencia. El zapatismo es la posibilidad concreta de reorganizar la vida desde la autonomía, la tierra y la esperanza colectiva.

Ts’uyeb, originaria de Naranjatic Alto, en el municipio de Chenalhó, construye un relato que se inscribe en una tradición de cine comunitario que entiende el audiovisual como herramienta de resistencia y autorrepresentación.
El proceso de producción —que tomó cinco años y contó con el respaldo del Estímulo a la Creación Audiovisual en México y Centroamérica para Comunidades Indígenas y Afrodescendientes del Instituto Mexicano de Cinematografía— revela también la dimensión colectiva del proyecto. La película germina en investigaciones previas sobre el trabajo de las mujeres en el café y en experiencias de acompañamiento y comunicación comunitaria. Esa raíz periodística y organizativa se traduce en una narrativa que combina observación cotidiana, testimonio íntimo y reflexión política.
En términos críticos, Li cham encuentra su mayor fuerza en la honestidad de su mirada, aunque por momentos su estructura puede sentirse más cercana al registro testimonial que a una exploración formal arriesgada. Esa sencillez es una declaración ética donde se pone la voz, la raíz en primer plano.

Li cham es una película sobre la posibilidad de reconstrucción. Sobre cómo la memoria, cuando se comparte, deja de ser herida aislada y se convierte en tejido colectivo. Ts’uyeb habla de una generación de mujeres indígenas que han transitado del silencio impuesto a la participación activa en la defensa de su tierra y su futuro.

Es cine hecho desde dentro, con conciencia histórica y con una clara vocación transformadora.
