
Con Los inocentes (Perú-México, 2025), el director peruano Germán Tejada traslada al presente la novela homónima de Oswaldo Reynoso en una adaptación libre que privilegia la experiencia sensorial y autobiográfica sobre la fidelidad estructural. El resultado es un coming of age crudo, urbano y frontal, que observa la adolescencia masculina como un campo de batalla donde deseo, violencia y pertenencia se entrelazan hasta volverse indistinguibles.

Estrenada mundialmente en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara —donde obtuvo el premio a Mejor Película de Género—, la película sigue a Cara de Ángel (Diego Cruchaga Ponce), un adolescente sensible que intenta descifrar qué significa “ser hombre” en un entorno marcado por la precariedad y una masculinidad hostil. Para ganar un lugar en la jauría del barrio, acepta participar en el robo a la casa de un anciano. Paralelamente, explora su pulsión sexual en una doble dirección, con Gabriela, la chica del barrio de la que cree estar enamorado, y Jhonny, vocalista de una banda punk cuya figura encarna rebeldía y deseo.

Las calles nocturnas, iluminadas por neones y farolas mortecinas, se convierten en un escenario donde la identidad se ensaya como performance. La cámara de Julián Apezteguía apuesta por una fisicidad cercana, mediante cuerpos sudorosos, miradas tensas, silencios que preceden a estallidos de violencia. El montaje de Edson Ramírez acompaña ese pulso nervioso, mientras la banda sonora punk funciona como declaración política, donde el ruido, la distorsión y la rabia se posicionan.

Cara de Ángel no es un arquetipo del “macho” barrial, sino un joven en conflicto, atravesado por dudas y deseos que no encajan del todo en el mandato heteronormativo. La película sugiere que la violencia es, en buena medida, un ritual de iniciación impuesto. El robo es una prueba simbólica de hombría.

La adaptación se distancia deliberadamente de la estructura literaria de Reynoso para capturar su “esencia” más que su literalidad. Esa libertad permite actualizar el conflicto a un Perú contemporáneo donde la marginalidad urbana dialoga con problemáticas transversales en América Latina. El barrio que retrata Tejada podría estar en Lima, Ciudad de México o Bogotá, se refleja la cultura de la calle, las máscaras de agresividad y el despertar sexual como zona de confusión son experiencias compartidas.

Tejada filma desde la memoria, desde una experiencia propia que convierte la adaptación en confesión indirecta. En ese gesto radica su potencia.

