
Con Memorias de un cuerpo que arde, la cineasta Antonella Sudasassi Furniss reafirma y expande la línea temática que ya había trazado en El despertar de las hormigas: una exploración lúcida y frontal de los mandatos que han moldeado la experiencia femenina en América Latina. Esta vez, sin embargo, el foco se desplaza hacia la madurez y convierte el cuerpo envejecido en territorio político, poético y profundamente subversivo.

La película adopta una estructura híbrida que entrelaza documental y ficción. Ana (68), Patricia (69) y Mayela (71) —mujeres que crecieron bajo el peso de una educación religiosa, el silencio sexual y los mandatos implícitos sobre la feminidad— se atreven por fin a hablar. Sus voces, registradas fuera de campo, se encarnan en el cuerpo de otra mujer de su generación (interpretada por Sol Carballo), que recorre espacios domésticos mientras revive una vida hecha de secretos, culpas, deseos y descubrimientos tardíos.
La operación formal es tan sencilla como potente: desdoblar la voz y el cuerpo para construir una memoria colectiva. No estamos ante un retrato individual, sino ante una experiencia generacional condensada en una sola figura.
En una cultura que suele invisibilizar la sexualidad de las mujeres mayores, Sudasassi coloca el goce en el centro del encuadre. Las arrugas, las canas y las manchas de la edad son huellas de una historia que aún arde.

En términos formales, la fotografía de Andrés Campos y el montaje de Bernat Aragonés apuestan por una estética íntima, de espacios cerrados que progresivamente dejan de sentirse como prisión para convertirse en refugio. La música acompaña con discreción un relato que privilegia la palabra y el gesto mínimo. La puesta en escena, deliberadamente contenida, subraya la centralidad del cuerpo: manos, piel, respiración. El cuerpo como archivo.
“Esta película es la conversación que nunca tuve con mis abuelas”, ha dicho la directora. Y esa confesión atraviesa cada plano: entender el pasado de estas mujeres es entender el presente de quienes vienen detrás.
Memorias de un cuerpo que arde es una reivindicación del derecho a sentir, a gozar y a narrarse a cualquier edad
