
Con Salam, la realizadora Agustina Willat García debuta en el largometraje con un documental que trasciende el registro testimonial para convertirse en un gesto político y afectivo. La película interroga el sentido mismo de hacer cine en los campamentos de refugiados saharauis en Tindouf, en el desierto argelino.
Willat García, aborda la historia desde una sensibilidad atenta a los procesos, donde el cine aparece como herramienta de memoria, resistencia y transmisión cultural frente al exilio ante la ocupación marroquí del Sahara Occidental.
El conflicto político está siempre presente, pero no monopoliza el relato. La cámara observa la vida cotidiana en las wilayas que reproducen los nombres de ciudades perdidas (El Aaiún, Smara, Dajla), subrayando la dimensión simbólica de un territorio reconstruido en la diáspora. Hay momentos particularmente entrañables, como cuando jóvenes —e incluso militares— se permiten “jugar” a ser cineastas por un instante, desarmando la rigidez del contexto.

Formalmente, Salam se apoya en una fotografía de Diego Soria, que captura la inmensidad mineral del desierto. El montaje de Magdalena Schinca articula con fluidez el diálogo intercultural, mientras que la música de Daniel Yafalián acompaña con sobriedad, evitando subrayados enfáticos. La construcción narrativa, fruto de un largo proceso de casi ocho años de gestación y viajes, revela un trabajo paciente y comprometido.
Salam confirma a Agustina Willat García como una voz sensible dentro del documental uruguayo contemporáneo. Su ópera prima es una reflexión sobre el propio acto de filmar en tiempos de olvido.
