
Vivir la tierra (Sheng xi zhi di, China, 2025), segundo largometraje del cineasta chino Huo Meng, es una obra de madurez que confirma una sensibilidad autoral ya visible en Crossing the Border, pero que aquí alcanza una dimensión más ambiciosa y compleja. Ganadora del Oso de Plata a la mejor dirección en el Festival Internacional de Cine de Berlín, la película se sitúa en la China rural de 1991, en plena reconversión económica, y observa —con paciencia casi obstinada— la vida de un niño de diez años, Chuang, mientras su familia y su comunidad enfrentan la tensión entre tradición y modernización.

Huo Meng apuesta por una “épica sin épica”, por una crónica coral que sigue el ritmo de las estaciones durante un año completo, atravesando nacimientos, funerales, bodas arregladas, disputas vecinales y labores agrícolas. El relato se organiza en torno a la acumulación de momentos cotidianos que, en su repetición, revelan el desgaste de un mundo que se transforma sin que sus habitantes terminen de comprender del todo la magnitud del cambio.

La decisión formal más significativa es el movimiento casi constante de la cámara en lentos barridos horizontales. Este recurso, que evita el subrayado emocional y rehúye los primeros planos, genera un efecto de distancia espectral. Las figuras parecen desplazarse dentro de un espacio, son presencias suspendidas en la memoria. La aldea se presenta como un territorio en disolución.

Uno de los aspectos más interesantes del film es su tratamiento ambivalente de la tradición. Huo Meng filma rituales como el funeral y la boda sin romanticismo evidente.

El film muestra como el proceso produce desarraigo, silencios y una pérdida de sentido. La duración (132 minutos), la repetición de escenas comunitarias y la ausencia de un arco dramático clásico busca sostener una mirada coherente hasta sus últimas consecuencias.

Vivir la tierra es una meditación sobre el vínculo entre cuerpo y territorio, sobre lo que significa “pertenecer” a un lugar cuando ese lugar comienza a desvanecerse bajo el peso del progreso. El plano final —el único que rompe el movimiento horizontal dominante— abre el espacio y lo vuelve inmenso, casi abstracto, como si la tierra misma sobreviviera a las biografías que la habitan, es un ejercicio de memoria, una exploración de cómo los recuerdos individuales se entrelazan con transformaciones históricas que exceden a quienes las padecen.

