
El Embalsamador (Mortician), escrita, fotografiada y dirigida por Abdolreza Kahani, es un drama austero que sitúa el exilio en el territorio más literal y simbólico posible, mediante el cuidado de los cuerpos. Ambientada en Canadá, la película sigue a Mojtaba, inmigrante iraní que trabaja preparando cadáveres para el entierro islámico, mientras su precaria estabilidad económica se tambalea ante el inminente cierre del negocio.
Embalsamar implica restaurar dignidad, preservar ritos, sostener una continuidad cultural incluso lejos del país de origen. Kahani convierte ese gesto en metáfora del exilio. Cuando Jana —cantante iraní clandestina que planea una protesta en línea contra el régimen— entra en escena, la película desplaza su eje hacia una tensión íntima entre visibilidad y ocultamiento, acción política y supervivencia cotidiana.

La relación entre Mojtaba y Jana se construye desde la contención. No hay grandes declaraciones ni dramatismo excesivo; el vínculo avanza en miradas y silencios, en una cercanía que nunca termina de estabilizarse. La puesta en escena minimalista, reforzada por la fotografía sobria del propio Kahani, subraya esa precariedad emocional. Los espacios cerrados y discretos —talleres, departamentos, habitaciones en penumbra— refuerzan la sensación de clandestinidad y fragilidad.
La amenaza política está presente, pero nunca se impone como discurso explícito. En cambio, se filtra en lo cotidiano, en la inseguridad laboral, en el miedo a la deportación, en la dificultad de proyectar un futuro. La música de Golazin Ardestani y Schubert Avakian aporta una textura melancólica que acompaña sin subrayar.

Kahani propone que, frente a la represión y la precariedad, el acto más radical puede ser cuidar, cuidar los cuerpos, las voces, los gestos mínimos que permiten seguir existiendo. En su economía formal y su intensidad contenida, la película ofrece un retrato sobrio y profundamente humano del exilio contemporáneo.
