
La trayectoria de Said Dokins ha estado marcada por una exploración persistente del acto escritural como gesto estético, político y performativo. Formado en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM, su práctica ha transitado del dibujo y la pintura a la intervención en espacio público, la fotografía, la instalación y el video. En años recientes, sin embargo, su investigación ha incorporado procedimientos de biología húmeda, microbiología e ingeniería genética, desplazando la escritura hacia el ámbito de lo viviente.

Este proceso puede leerse desde el pensamiento de Michel Foucault, donde la modernidad se caracteriza por la administración política de la vida, por una forma de poder que “hace vivir y deja morir”. Cuando Dokins convierte el microbioma en superficie de inscripción, interviene en ese régimen de saber-poder que gestiona lo biológico. La escritura deja de ser metáfora y se vuelve operación material sobre lo vivo.

El proyecto Bio-rescrituras, desarrollado en colaboración con investigadoras del Tecnológico de Monterrey (campus Querétaro), parte de una premisa central, donde el cuerpo humano es un ecosistema dinámico. Esta idea resuena con el pensamiento posthumanista de Rosi Braidotti, quien sostiene que el sujeto contemporáneo debe entenderse como entidad relacional, constituida por múltiples interdependencias humanas y no humanas. Desde esta perspectiva, el cuerpo ya no es unidad autónoma, sino ensamblaje.

En la obra Itinerarios corporales, estudiantes depositaron huellas sobre placas de agar, revelando cartografías bacterianas ligadas a sus trayectos urbanos. Aquí puede leerse una materialización de lo que Bruno Latour denomina redes de actantes, donde el cuerpo, las bacterias, el espacio urbano y el dispositivo científico participan simétricamente en la producción del fenómeno artístico. La obra ya no es un objeto estable, sino una red de relaciones.

La noción de palimpsesto en la obra de Dokins adquiere densidad ontológica, donde el territorio y el cuerpo son una superficie reescrita por capas históricas, y aparecen como un archivo biológico cambiante. En términos de Donna Haraway, podríamos decir que estas prácticas configuran un “ciborg” ampliado, donde no existe una fusión de humano y máquina, sino de humano y microorganismo.

Las bioescrituras y bioesténciles radicalizan esta perspectiva. Las placas de Petri funcionan como soportes de inscripción donde bacterias vivas colonizan formas caligráficas. La escritura ya no representa la vida, la encarna. Tal como lo plantea Karen Barad, que nos señala que materia y discurso no son esferas separadas, sino fenómenos intra-activos. En Bio-rescrituras, la forma caligráfica no preexiste a la materia; emerge de la interacción entre gesto humano, medio de cultivo y crecimiento bacteriano. La palabra es literalmente un evento material-discursivo.

Cuando en la fase Caligrafía bioluminiscente se incorpora la proteína fluorescente verde en E. coli, la escritura adquiere luminosidad espectral. Bajo luz ultravioleta, las palabras brillan como organismos autónomos. Esta condición evanescente recuerda las intervenciones lumínicas presentadas en la Sharjah Calligraphy Biennial, pero ahora desde la escala microscópica. Macro y micro convergen en una misma lógica de inscripción efímera.

Desde un marco posthumanista, estas prácticas cuestionan la centralidad del autor. Como advierte Braidotti, el sujeto ya no puede pensarse como origen soberano de significado, sino como nodo en una red de fuerzas vitales. Del mismo modo, Latour insiste en que la agencia no pertenece exclusivamente a los humanos. En la obra de Dokins, las bacterias son co-productoras del trazo.
