
Las Jornadas sobre Danza, Fotografía e Inteligencia Artificial plantearon otras relaciones entre los cuerpos y tecnologías. En la jornada se afirmo que no solo se trataba de artistas utilizando herramientas digitales, sino de un intento profundo por comprender cómo los sistemas algorítmicos están reorganizando nuestra imaginación corporal. Organizadas en el marco de la Universidad Nacional de La Plata, y gracias al trabajo de gestión de Paula Dreyer y Alejandra Ceriani, las jornadas reunieron investigaciones que oscilaban entre la práctica artística, la teoría de medios y la experimentación performática.
Uno de los momentos de la jornada fue la presentación de la investigación doctoral del artista Bruno Bresani la cual esta centrada en la “dilución de las corporalidades” en los entornos digitales. La propuesta planteaba una pregunta ¿qué ocurre con el cuerpo cuando se vuelve imagen, dato o archivo dentro de los sistemas de inteligencia artificial?
El punto de partida de la investigación es el error. No el error como falla técnica, sino como estrategia estética para intervenir los archivos visuales que alimentan a las inteligencias artificiales. La hipótesis que se desplegaba lentamente era que las plataformas digitales —nutridas por millones de imágenes, hashtags y sonidos— han terminado por construir una especie de inconsciente colectivo de la red.
Para pensar este fenómeno, se trazó un recorrido teórico que iba desde Sigmund Freud y sus reflexiones sobre el lapsus como manifestación del inconsciente, pasando por Jacques Lacan y la dimensión lingüística del deseo, hasta llegar a la idea del inconsciente colectivo formulada por Carl Jung. La red, según esta lectura, se habría convertido en una gigantesca acumulación de signos e imágenes donde nuestras subjetividades quedan sedimentadas.

Este archivo masivo no es neutral. Las bases de datos que alimentan a las inteligencias artificiales están atravesadas por sesgos de género, raza y clase, reproducidos por las empresas que controlan estas infraestructuras. Frente a esta lógica de estandarización —esa tendencia a producir imágenes cada vez más previsibles y “correctas”— es aquí donde la estrategia del error aparece como un gesto de resistencia.
El procedimiento que nos mostró el artista era tan simple como sugerente. A partir de fragmentos de textos —citas filosóficas, reflexiones sobre el cuerpo o incluso entrevistas con artistas— el investigador provocaba a los sistemas generativos de imagen. Esos fragmentos funcionaban como detonadores para producir otras visualidades, otros cuerpos fragmentados, anatomías imposibles, presencias que oscilaban entre lo humano y lo fantasmático.

Sin embargo, la operación no terminaba ahí. Las imágenes generadas se convertían en materia prima para otras capas de procesamiento, en las cuales otros programas de IA transforman esas figuras en movimiento, para posteriormente otros sistemas de IA traduzcan estas imágenes en sonido incluso con sus partituras musicales, todo ello a partir de los datos creados desde la cita, el pensamiento inicial. Lo que surgía de ese circuito era obras donde las corporalidades se deshacían y recomponían continuamente.
Estas obras por momentos parecían coreografías digitales; en otros instantes, simples glitches visuales que revelaban la fragilidad del sistema. Pero precisamente en ese límite —entre control artístico y azar algorítmico— emergía el núcleo conceptual del proyecto.
El cuerpo, en estas imágenes, ya no aparecía una entidad estable. Era más bien una forma en transición, un rastro que se disolvía entre lo tangible y lo virtual. Avatares, filtros, algoritmos de generación y bancos de datos participaban en la construcción de estas otras corporalidades fluctuantes.
En varios momentos de la presentación se insistió en pensar al artista como médium. No como autor absoluto de las imágenes, sino como alguien que filtra, selecciona y hace visibles ciertas apariciones dentro del vasto archivo algorítmico. Algo similar a lo que ocurre en la fotografía analógica cuando la imagen permanece invisible en la película hasta que atraviesa el proceso químico que la revela.

En este caso, el archivo ya existe —un océano de imágenes producidas colectivamente en internet— pero necesita de alguien que active su aparición. El artista, entonces, funciona como un puente entre ese inconsciente colectivo digital y la experiencia sensible del espectador.
Otro aspecto de la conversación fue la reivindicación del azar. Aunque el proceso implica provocar a la máquina mediante textos, el objetivo no es controlar completamente la respuesta del sistema. Al contrario, el interés radica en permitir que la inteligencia artificial produzca desviaciones, fallas o resultados inesperados.
En un ecosistema dominado por algoritmos optimizados para producir imágenes cada vez más “correctas”, dejar espacio al error se vuelve una forma de abrir grietas en la estética dominante de la inteligencia artificial.
El verdadero tema de estas jornadas no era la tecnología en sí, sino la transformación del cuerpo como archivo. Cada imagen que subimos a la red, cada video, cada gesto registrado por una cámara alimenta ese gigantesco depósito de datos que las máquinas utilizan para aprender y construir otras corporalidades.
Las coreografías que emergen de estos sistemas ya no pertenecen únicamente a un cuerpo individual. Son, en cierto modo, el resultado de millones de cuerpos anónimos que han sido registrados, almacenados y recombinados en los circuitos algorítmicos.
Estas obras nos muestran cuerpos que eran huellas colectivas, restos de gestos que regresaban transformados por la lógica de las máquinas.
Las jornada se planteo como un terreno para explorar las tensiones entre memoria, archivo y tecnología. Allí donde el movimiento parecía efímero, ahora encontramos grietas en las bases de datos, lapsus en los algoritmos, imágenes imperfectas que emergen del inconsciente digital y redes neuronales que intentan capturarlo.
