
El trabajo del artista brasileño Guto Nóbrega se inscribe en un territorio que explora la hibridación entre organismos vivos, sistemas tecnológicos y redes de información. Su investigación artística, desarrollada desde finales de la década de 1990, propone una reconsideración de las relaciones entre arte, ciencia y naturaleza, situando a las plantas como agentes sensibles capaces de participar activamente en la creación estética. A través de instalaciones interactivas, sistemas robóticos y entornos inmersivos, Nóbrega produce lo que denomina hiperorganismos, entidades híbridas que integran organismos naturales y dispositivos artificiales en configuraciones dinámicas de interacción.

Formado en la Escola de Belas Artes de la Universidade Federal de Rio de Janeiro y doctorado en artes interactivas bajo la dirección del pionero del arte telemático Roy Ascott, Nóbrega ha desarrollado una práctica que articula arte, biología, robótica y filosofía de la tecnología. Su trabajo dialoga con las teorías de la individuación técnica del filósofo Gilbert Simondon, particularmente con la idea de que los objetos técnicos poseen una génesis evolutiva y se encuentran en permanente proceso de individuación dentro de los sistemas sociales y ambientales que los producen. En este contexto, los hiperorganismos pueden comprenderse como sistemas artísticos complejos que emergen en la intersección entre redes orgánicas, redes tecnológicas y redes de información.

Uno de los rasgos de la obra de Nóbrega es la centralidad otorgada a las plantas como interfaces sensibles. A diferencia de otras corrientes del arte tecnológico que privilegian la interacción humano–máquina, el artista brasileño introduce un tercer actor en esta relación, la del organismo vegetal. Este desplazamiento produce una transformación en la concepción de la experiencia estética, ya que la obra deja de ser un dispositivo reactivo diseñado exclusivamente para el espectador humano y se convierte en un sistema ecológico en el que múltiples formas de vida participan en la producción de significado.

Un ejemplo temprano de esta investigación es la obra Breathing (2009), una criatura híbrida compuesta por una planta y un sistema robótico capaz de responder a la respiración del observador. En este trabajo, las variaciones electrofisiológicas registradas en las hojas de la planta se traducen en movimientos, luces y sonidos generados por la estructura mecánica. El acto de respirar se convierte así en un gesto de comunicación interespecie que conecta al visitante con el sistema vivo-tecnológico de la instalación. La obra produce una situación de intercambio energético en la que el cuerpo humano, el organismo vegetal y la máquina participan de un mismo circuito sensorial.

Esta línea de investigación se desarrolla posteriormente en BOT_anic, un sistema híbrido en el que una planta —una pequeña jibóia (Epipremnum pinnatum)— actúa como sensor biológico para orientar el movimiento de un robot. Las variaciones de conductividad registradas en las hojas son amplificadas y enviadas a un microcontrolador que determina el comportamiento de la máquina. El sistema alterna entre dos estados, por un lado el de reposo, en el que el robot busca fuentes de luz para favorecer el crecimiento de la planta, y por otro el de interacción, activado cuando el visitante expira cerca de las hojas. En este segundo estado, el robot conduce la planta hacia el observador, generando un gesto de aproximación que sugiere una forma elemental de comunicación vegetal.

Estos dispositivos híbridos cuestionan la concepción mecanicista de la naturaleza heredada de la modernidad. En lugar de presentar a las plantas como organismos pasivos destinados a servir a los intereses humanos, Nóbrega explora su potencial como entidades sensibles capaces de participar activamente en sistemas de comunicación. En este sentido, su trabajo se inspira parcialmente en los controvertidos experimentos del investigador estadounidense Cleve Backster, quien en la década de 1960 propuso la hipótesis de la “percepción primaria” en las plantas, sugiriendo que estos organismos podrían responder eléctricamente a estímulos emocionales o intencionales. Aunque estas teorías fueron rechazadas por gran parte de la comunidad científica, ejercieron una influencia significativa en artistas interesados en explorar las dimensiones perceptivas y comunicativas de la vida vegetal.

En la obra Equilibrium, Nóbrega profundiza en esta investigación mediante un sistema híbrido compuesto por una planta y un dispositivo robótico que funciona como una balanza dinámica. En un extremo se encuentra la planta; en el otro, un pequeño robot equipado con células solares y sensores fotoeléctricos programado para comportarse como un “fotófago”, es decir, un organismo artificial que busca activamente la luz. A medida que el sistema gira sobre su eje, la planta es orientada hacia la fuente luminosa, mientras las células solares alimentan energéticamente el dispositivo mecánico. El resultado es una relación mutualista en la que ambos componentes —orgánico y artificial— dependen uno del otro para su funcionamiento.

Si en estas obras tempranas el foco se sitúa en la interacción entre plantas y sistemas robóticos, trabajos posteriores amplían esta investigación hacia entornos inmersivos y experiencias sensoriales más complejas. Un ejemplo es la obra Vegetal Reality Shelter, una instalación desarrollada a partir de una residencia artística en la Reserva Forestal Adolpho Ducke, en la Amazonía. La obra consiste en un domo geodésico construido a partir de la estructura de cinco paraguas, en cuyo interior se encuentran plantas cultivadas mediante hidroponía, un sistema de audio multicanal y una proyección audiovisual de imágenes de la selva amazónica.

En este entorno inmersivo, las plantas funcionan nuevamente como interfaces biológicas. Sensores galvánicos instalados en sus hojas registran variaciones eléctricas producidas por la proximidad y la respiración del visitante. Estos datos son procesados por un microcontrolador que modula en tiempo real la composición sonora y las imágenes proyectadas en el interior del domo. La experiencia resultante produce una suerte de diálogo sensorial entre el cuerpo humano, el organismo vegetal y el sistema audiovisual, evocando las atmósferas perceptivas de la selva tropical.

Nóbrega describe esta instalación como un abrigo de realidad vegetal, un dispositivo diseñado para inducir estados alterados de conciencia inspirados en prácticas chamánicas amazónicas. En este contexto, el artista se interesa particularmente por la relación entre plantas y conocimiento, explorando cómo ciertas tradiciones indígenas conciben a las plantas como entidades capaces de transmitir saberes y experiencias espirituales.

Esta dimensión cosmológica se vincula con la influencia del ritual amazónico de la ayahuasca en el pensamiento del artista. Según Nóbrega, la experiencia con esta bebida —elaborada a partir de la combinación de dos plantas amazónicas— transformó profundamente su comprensión de la naturaleza y de las capacidades perceptivas del mundo vegetal. Desde esta perspectiva, la obra de arte se convierte en un sistema capaz de activar estados ampliados de percepción, permitiendo acceder a formas de conocimiento que no se limitan a la racionalidad científica.

La instalación Encantamiento para la 4ª dimensión explora otra dimensión de esta investigación al incorporar principios geométricos y fenómenos electromagnéticos en la producción sonora. Inspirada en la geometría del teseracto —la proyección del cubo en la cuarta dimensión— la obra integra un acuario plantado atravesado por un rayo láser cuya luz es modulada por las vibraciones del agua. Estas variaciones luminosas son captadas por sensores fototransistores y convertidas en señales sonoras mediante un sintetizador modular. Al mismo tiempo, la estructura funciona como una antena que captura fluctuaciones electromagnéticas del entorno, incorporando estas frecuencias en la composición sonora distribuida en un sistema de altavoces.

El resultado es un ecosistema audiovisual en el que procesos físicos, biológicos y tecnológicos convergen para generar una experiencia perceptiva compleja. El espacio expositivo se transforma así en un laboratorio sensorial donde el visitante puede experimentar las interacciones invisibles entre diferentes capas de realidad.

Otra obra dentro de esta investigación es Membro Fantasma, realizada en colaboración con Patrícia Freire y el aramista Rafael Turatti. Inspirada en el fenómeno neurológico del miembro fantasma —la sensación persistente de un miembro amputado— la instalación propone una analogía entre el cuerpo humano y el cuerpo vegetal. En espacios urbanos donde árboles han sido talados, la obra instala estructuras luminosas que reconstruyen simbólicamente la forma perdida del árbol. Estas extensiones de luz sugieren la persistencia de un “campo vital” que continúa existiendo incluso después de la amputación física del organismo.

La referencia a los campos morfogenéticos, concepto asociado a teorías biológicas especulativas sobre la organización de los organismos vivos, introduce una dimensión poética que conecta ciencia, metafísica y ecología urbana. Al devolver simbólicamente la forma perdida a los árboles talados, la obra actúa como un dispositivo de memoria ecológica que visibiliza las consecuencias de la expansión urbana.

En conjunto, estas obras configuran una investigación artística que cuestiona las fronteras entre naturaleza y tecnología. Para Nóbrega, el arte no debe limitarse a representar el mundo, sino que puede funcionar como un sistema generador de conocimiento capaz de explorar territorios.
