
En Tardes de soledad (2024), Albert Serra se adentra en uno de los territorios más polémicos de la cultura europea, la tauromaquia. Pero lo hace desde un lugar inesperado. Lejos del debate frontal o de cualquier posicionamiento explícito, su primera incursión en el cine documental propone una experiencia inmersiva, casi hipnótica, donde la mirada se convierte en el verdadero campo de batalla.

La película sigue al torero peruano Andrés Roca Rey a lo largo de varias corridas, desde la intimidad previa al espectáculo hasta el momento en que la arena se tiñe de sangre. Serra elimina todo elemento accesorio para concentrarse en el cuerpo del torero y del animal, en su enfrentamiento directo, físico, inevitable. Lo que emerge es una acumulación de instantes donde el tiempo parece dilatarse hasta el límite.

Albert Serra construye un dispositivo que oscila entre lo ritual y lo brutal. La tauromaquia aparece como una ceremonia cargada de códigos, gestos y tradiciones que rozan lo litúrgico, pero también como una maquinaria de violencia explícita. La cámara permanece —insiste, observa, no aparta la vista— y en ese gesto radical se juega buena parte del sentido de la película.

La fotografía de Artur Tort, intensifica esta tensión. Los encuadres cerrados, los primeros planos del rostro de Roca Rey y de los toros heridos, la textura de la arena mezclada con la sangre, todo contribuye a una experiencia sensorial donde la belleza y el horror coexisten sin jerarquías. No hay estilización complaciente ni distancia irónica; hay, en cambio, una proximidad incómoda.

En el centro de este dispositivo se encuentra la figura del torero, retratado como un sujeto profundamente solo. Esta es la condición esencial de quien se enfrenta a la muerte como parte de un deber autoimpuesto, sostenido por la tradición y amplificado por una mirada pública que exige repetición infinita del sacrificio. Roca Rey aparece así como una figura casi trágica, atrapada entre el mandato cultural y una pulsión íntima que roza lo obsesivo.

La repetición de las faenas, el ritmo moroso y la acumulación de imágenes generan una progresiva abstracción. Lo que en un inicio se percibe como documento deviene experiencia límite, en un flujo de formas, colores y sonidos.
