
En Cobre (México-Canadá, 2025), Nicolás Pereda regresa a los territorios que han definido su cine, lo cotidiano como campo de tensiones, la elipsis como forma narrativa y el fuera de campo como espacio donde se incuban las verdaderas violencias.
Lázaro, un minero que lleva más de una década trabajando en condiciones precarias, encuentra un cadáver al borde del camino.

Ese hallazgo, abre una grieta en la percepción del mundo que lo rodea. A partir de ahí, la película se desplaza hacia una zona ambigua donde el crimen importa menos que sus reverberaciones, los rumores, las sospechas, el silenciamiento colectivo.
Interpretado por Lázaro G. Rodríguez, el protagonista encarna una inquietud que es tanto física como existencial. Su posible enfermedad respiratoria lo coloca en una doble asfixia, la del cuerpo y la del entorno. La negativa institucional a reconocer su estado de salud revela un sistema que normaliza la explotación, mientras la comunidad se convierte en un espacio de vigilancia y desconfianza.

Pereda construye este universo con una austeridad radical. La violencia nunca se muestra de forma explícita; se intuye en los gestos, en los silencios, en las decisiones que los personajes toman o evitan tomar. Cobre se distancia del imaginario más estridente del cine mexicano contemporáneo para proponer una crítica más soterrada pero no menos incisiva. Aquí no hay sangre, pero sí una sensación constante de desgaste moral.

El film encuentra uno de sus mayores aciertos en la incorporación de un humor seco, casi incómodo, que emerge en situaciones absurdas, mediante negociaciones insólitas, intercambios que rozan lo ridículo, relaciones familiares atravesadas por una lógica opaca. La relación de Lázaro con su tía —interpretada por Rosa Estela Juárez— introduce además una dimensión afectiva ambigua.

Pereda insiste en su apuesta por la fragmentación. Los acontecimientos que en otro tipo de cine serían centrales quedan fuera de campo. Lo que vemos son los efectos, la incomodidad, la sospecha, la erosión de los vínculos. Este gesto es político, desplazando el espectáculo de la violencia para centrarse en sus consecuencias cotidianas.

En Cobre, el espacio minero es un sistema cerrado que condiciona todas las relaciones. La explotación de los recursos naturales encuentra su correlato en la explotación de los cuerpos, en una lógica donde el individuo es prescindible. En ese contexto, la enfermedad de Lázaro deja de ser un problema personal para convertirse en síntoma de una estructura más amplia.
La película se instala en la incertidumbre. ¿Es Lázaro culpable? ¿Está realmente enfermo? Pereda fiel a una ética de la ambigüedad, prefiere sostener la incomodidad y obligar al espectador a habitarla.
