
En un momento donde la inteligencia artificial se presenta como sinónimo de eficiencia, automatización y perfección algorítmica, ciertos proyectos artísticos contemporáneos operar en dirección contraria, introduciedo ruido, error, vulnerabilidad y ambigüedad dentro de los sistemas tecnológicos. Lo que emerge de estas prácticas es una interrogación crítica sobre las formas en que las tecnologías modelan la percepción, el cuerpo y la producción de sentido.
Durante la segunda jornada Programar en la Era de la Inteligencia Artificial, organizada en el marco de un proyecto bienal de investigación de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de La Plata, el colectivo Kònic Thtr&Lab, integrado por Rosina Sánchez y Alain Baumann, presentó una serie de proyectos, donde la inteligencia artificial es abordada como territorio de tensión estética y política.
La propuesta de Kònic Thtr&Lab desplaza el foco hacia aquello que los sistemas algorítmicos no logran capturar completamente, la imaginación colectiva, la fragilidad del lenguaje, el error humano y la experiencia sensible. En sus piezas, la tecnología se convierte en materia escénica, poética y crítica.

Uno de sus proyectos explora la conversación entre humanos y plantas mediante entornos de realidad mixta. Allí, el análisis de una planta se transforma en prompts que generan imágenes y diálogos virtuales. El objetivo no es simular científicamente una inteligencia vegetal, sino abrir preguntas sobre las inteligencias no humanas y sobre los límites mismos de aquello que entendemos por “inteligencia”.
Esta metodología se sostiene en una práctica transdisciplinar que articula investigación artística, programación, experimentación tecnológica y creación escénica. Cada obra surge de procesos colaborativos entre artistas, programadores, investigadores y especialistas en tecnologías digitales, generando laboratorios híbridos donde el cuerpo y el código se contaminan mutuamente.
En piezas como Poison Ivy, el público participa activamente escribiendo prompts colectivos desde dispositivos móviles. Los participantes desconocen con quién comparten la escritura, produciendo frases absurdas, fragmentarias o poéticamente incoherentes. La IA intenta entonces traducir ese caos en imágenes que se proyectan en tiempo real sobre el escenario.

El resultado no es una demostración de precisión tecnológica, sino la exposición de la fragilidad misma del sistema. Las imágenes generadas revelan las limitaciones interpretativas de la inteligencia artificial, su dependencia de modelos estadísticos y su incapacidad para abarcar plenamente la dimensión asociativa, emocional y ambigua del lenguaje humano. Allí donde el algoritmo busca estabilizar significados, el arte introduce interrupción y desvío.
La propuesta de Kònic Thtr&Lab no rechaza la tecnología ni la romantiza, la habita críticamente desde dentro. Sus procesos de entrenamiento de modelos, clasificación de emociones y diseño de interacciones hacen visible algo que frecuentemente permanece oculto, donde toda inteligencia artificial depende de decisiones humanas, criterios subjetivos y estructuras de poder previamente codificadas.
Tal como señala Kate Crawford en Atlas of AI, muchos sistemas de reconocimiento emocional son entrenados con actores que representan emociones estandarizadas, reduciendo la complejidad afectiva humana a categorías simplificadas y culturalmente condicionadas. El problema no es solamente técnico, sino profundamente político, ya que la automatización de la percepción implica también la normalización de ciertas formas de interpretar el mundo.

Frente a esto, el arte intermedial aparece como un espacio de resistencia sensible. La noción de “Digi-Dramaturgia”, propone pensar la dramaturgia no únicamente desde la escena y el cuerpo, sino desde la relación intrínseca entre sensores, cámaras, software, sonido e interacción digital. La tecnología forma parte de la estructura narrativa y afectiva de la obra.
La IA deja de aparecer como una entidad autónoma e infalible para revelarse como una maquinaria vulnerable, atravesada por errores, sesgos y zonas de indeterminación. En ese desplazamiento, el arte recupera la posibilidad de producir experiencias donde lo incierto, lo incompleto y lo ambiguo continúan siendo espacios fértiles para la imaginación.
En tiempos donde gran parte de la producción visual contemporánea parece orientarse hacia la optimización y la velocidad, proyectos como los de Kònic Thtr&Lab recuerdan que la creación artística todavía puede operar como un gesto de desaceleración crítica. Programar ya no significa únicamente automatizar procesos, sino también intervenir las estructuras invisibles que organizan nuestra relación con las imágenes, los cuerpos y la memoria.
