Botánicas coloniales, memorias borradas y ecologías críticas de la inteligencia artificial
«Los algoritmos no olvidan; seleccionan aquello que merece ser recordado.”
JJ White

En los últimos años, la inteligencia artificial ha sido presentada como el acontecimiento tecnológico que transformará definitivamente la producción del conocimiento y la creación artística. Sin embargo, detrás de los modelos generativos se consolida una reflexión crítica que desplaza la atención desde la capacidad técnica de los algoritmos hacia las relaciones de poder que los hacen posibles.
Lejos de comprender la inteligencia artificial como una innovación aislada, la tecnología constituye la actualización más reciente de una larga historia de colonialismo. Si el extractivismo moderno organizó la apropiación de minerales, cuerpos y territorios, el capitalismo algorítmico extiende hoy esa misma lógica hacia los datos, las imágenes, las memorias y los imaginarios culturales. La IA no inaugura una nueva historia; profundiza una historia de extractivismo mucho más antigua.
La obra “Botánica Tiránica” de la artista Giselle Beiguelman, desarrollada desde 2020, investiga simultáneamente dos formas de colonialismo, el histórico y el de los datos. El proyecto reúne plantas cuyos nombres científicos o populares conservan huellas racistas, antisemitistas, misóginas y que entrañan a la violencia imperial para someternos a procesos de aprendizaje automático que producen organismos híbridos, difíciles de clasificar como vegetales, animales o minerales.
Donna Haraway, ha señalado cómo la separación entre naturaleza y cultura, permitió justificar tanto la explotación de la naturaleza como la colonización de pueblos considerados más próximos al mundo natural que al cultural. Las imágenes híbridas generadas mediante redes neuronales suspenden precisamente esa dicotomía y proponen otras formas de existencia donde las categorías modernas dejan de funcionar.

La experiencia con los modelos de inteligencia artificial nos revela una paradoja. Mientras las imágenes parecen abrir posibilidades formales, el proceso estadístico reproduce de manera sistemática las mismas jerarquías que estructuran el pensamiento colonial.
Los sistemas de inteligencia artificial no inventan el racismo, el sexismo o el edadismo; simplemente amplifican los patrones contenidos en los datos con los que fueron entrenados.
El aprendizaje automático opera mediante la identificación de regularidades estadísticas. En consecuencia, las diferencias individuales tienden a desaparecer en favor del patrón dominante. Esta lógica recuerda los mecanismos de clasificación propios del pensamiento eugenésico, donde la diversidad constituye un error que debe corregirse mediante la normalización.
Kate Crawford ha advertido que los sistemas de inteligencia artificial nunca son neutrales porque los conjuntos de datos condensan relaciones históricas de poder. Del mismo modo, Ruha Benjamin ha mostrado cómo los algoritmos automatizan formas preexistentes de discriminación racial bajo la apariencia de objetividad matemática.
El mayor problema de la inteligencia artificial no son las máquinas, sino los seres humanos que producen los datos que estas procesan, los sesgos no pertenecen al algoritmo, pertenecen a las compañías que los nutren.

Los fantasmas algorítmicos, es el planteamiento que Beiguelman designa a aquellos datos que permanecen presentes dentro de los modelos computacionales pero que rara vez emergen en la superficie debido al predominio estadístico de las representaciones hegemónicas.
En lugar de desaparecer completamente, las memorias subalternas permanecen atrapadas dentro del sistema como presencias latentes. La artista desarrolla esta idea reconstruyendo las historias de mujeres borradas tanto de la historia del arte como de la ciencia, médicas, ilustradoras botánicas, curanderas, herbolarias, muchas de las cuales fueron perseguidas por la Inquisición y cuyas voces fueron sistemáticamente silenciadas.
Las imágenes no intentan reproducir fielmente sus rostros, intentan recuperar una presencia histórica. En este sentido, la inteligencia artificial deja de funcionar como una herramienta de representación para convertirse en un espacio arqueológico donde todavía sobreviven rastros de memorias aparentemente desaparecidas.
La metáfora dialoga con la concepción del archivo desarrollada por Jacques Derrida. Todo archivo conserva tanto lo que recuerda como aquello que decide olvidar. Los fantasmas algorítmicos habitan precisamente ese espacio intermedio entre la presencia y la ausencia.
Uno de los desafíos planteados por la artistas fue la reconstrucción visual de Lucía Pinta, mujer africana esclavizada, sanadora y posteriormente perseguida por la Inquisición portuguesa.
En cada intento de crear este retrato, la representación realizada mediante modelos generativos producía la misma respuesta: mujeres jóvenes, blancas, sin marcas del tiempo, cercanas a la estética publicitaria contemporánea. La inteligencia artificial borraba sistemáticamente la historia inscrita en el cuerpo: las cicatrices, la vejez y el sufrimiento desaparecía.

Después de meses de experimentación, Beiguelman logró que la imagen comenzara lentamente a incorporar los signos del tiempo y de la violencia colonial. Este proceso pone de manifiesto una dimensión política del algoritmo, la estadística tiende a privilegiar aquello que aparece con mayor frecuencia en los datos, reproduciendo los cánones estéticos dominantes y eliminando las biografías que escapan a ellos.
Silvia Rivera Cusicanqui ha descrito la colonialidad como una máquina de administración de la memoria. La inteligencia artificial prolonga esa lógica mediante nuevas formas de administración estadística del recuerdo.
Otro aspecto significativo del proyecto consiste en recuperar plantas históricamente perseguidas por el colonialismo, especies medicinales, abortivas, afrodisíacas o rituales asociadas al conocimiento de mujeres indígenas, africanas y campesinas.
Siguiendo a Silvia Federici, la conferencia recuerda que la persecución de las llamadas «brujas» constituyó también la persecución de formas autónomas de conocimiento médico, reproductivo y comunitario.
La clasificación botánica colonial no fue únicamente un ejercicio científico, fue un mecanismo de reorganización del mundo vegetal según los intereses del extractivismo imperial. La inteligencia artificial hereda hoy esas mismas taxonomías.
Uno de los desplazamientos de la conferencia, fue el de abandonar la idea de la inteligencia artificial como un proceso exclusivamente digital para pensarla desde su dimensión ecológica. La experiencia de la artista desarrollada durante la colaboración con OpenAI conduce a una preocupación creciente por la infraestructura física de estas tecnologías, poniendo en cuestionamiento a los centros de datos, al consumo energético, a la minería de tierras raras y, especialmente a los residuos electrónicos.
Este último punto nos plantea como la producción mundial de basura electrónica supera decenas de millones de toneladas anuales y solo una fracción mínima logra reciclarse. América Latina, y particularmente Brasil, ocupa un lugar central tanto en la generación como en la recepción de estos residuos.

Aquí la conferencia converge con la propuesta de Jussi Parikka sobre la geología de los medios. Las tecnologías digitales nunca fueron inmateriales. Cada algoritmo depende de minerales extraídos, cadenas logísticas globales y procesos industriales altamente contaminantes. La nube también posee geología.
Al final de la ponencia, la artista se pregunta cómo la inteligencia artificial ha transformado su práctica pedagógica. La respuesta no consiste en enseñar mejores prompts ni en dominar nuevas plataformas, sino en devolver materialidad al mundo digital.
La obra deja de limitarse al espacio museístico para convertirse en una práctica educativa y comunitaria donde el público participa activamente en la reflexión sobre las consecuencias materiales de la inteligencia artificial. Esta estrategia recuerda la propuesta de Paulo Freire según la cual la educación crítica comienza cuando el conocimiento se transforma en acción colectiva, el arte deja entonces de ilustrar problemas tecnológicos, para producir situaciones donde esos problemas pueden experimentarse físicamente.

La conferencia propone, finalmente, una pregunta para el arte contemporáneo latinoamericano.
¿Cómo construir tecnologías capaces de dialogar con otras memorias sin convertirlas nuevamente en mercancía?
Yuk Hui ha sugerido que toda tecnología expresa una cosmología específica. La inteligencia artificial dominante responde a una racionalidad neoliberal basada en la optimización, la predicción y la acumulación de datos. Frente a ella, América Latina posee la posibilidad de imaginar otras cosmotécnicas, mediante tecnologías alimentadas por archivos comunitarios, modelos entrenados desde memorias indígenas y afrodescendientes y sistemas orientados al cuidado antes que a la extracción.
Los fantasmas algorítmicos dejan así de representar únicamente un problema técnico y se convierten en una metáfora política, nombran todas aquellas memorias que permanecen ocultas dentro de las infraestructuras digitales esperando nuevas formas de aparición.
En ese sentido, el desafío para el arte contemporáneo no consiste únicamente en utilizar inteligencia artificial, sino en intervenir críticamente sus archivos, alterar sus taxonomías y producir imágenes capaces de devolver visibilidad a aquello que la estadística insiste en mantener invisible.
Esa es una de las tareas del arte latinoamericano contemporáneo, convertir el algoritmo en un espacio de disputa por la memoria y transformar la inteligencia artificial, no en una herramienta de aceleración del extractivismo, sino en un dispositivo para imaginar otras formas de relación entre tecnología, territorio y vida.
