
El sonido nunca es completamente inocente, el sonido puede organizar una comunidad, convocar a una multitud, acompañar una protesta o convertirse en una herramienta de represión. Esta tensión atravesó la charla Tres desobediencias y un mundo por delante, que el artista transdisciplinario Nicolás Kisic Aguirre presentó el 21 de octubre de 2026 en la Fundación Andreani, en Buenos Aires, en el marco de Presente Continuo, programa de formación e intercambio dedicado a las relaciones entre arte, ciencia y tecnología. La actividad contó con la participación de la Fundación Andreani y la colaboración del Centro Cultural de España en Buenos Aires.
Arquitecto de formación y artista sonoro, Kisic Aguirre construye máquinas, instrumentos acústicos, esculturas cinéticas y dispositivos robóticos para investigar las relaciones entre sonido, poder y espacio público. Sin embargo, su práctica no se limita a explorar las posibilidades técnicas de estos objetos, ya que su pregunta es mas bien política ¿quién controla las tecnologías que utilizamos y con qué propósitos? Y, frente a los dispositivos diseñados para disciplinar y producir beneficios comerciales, ¿cómo podemos imaginar tecnologías concebidas desde las necesidades de las comunidades?
La charla propuso un recorrido por cerca de una década de experimentación, organizado en tres marcos conceptuales que el artista denomina instrumentos de protesta, radio parasítica y desobediencia robótica.

Primera desobediencia recuperar el espacio sonoro
Kisic Aguirre comenzó por señalar que mientras numerosos dispositivos responden a intereses comerciales, políticos y de control social, las herramientas creadas desde una perspectiva cívica y colectiva suelen disponer de recursos mucho más limitados. Como ejemplo, mencionó el dispositivo acústico de largo alcance conocido como LRAD, una tecnología capaz de emitir sonidos intensos a distancia que ha sido utilizada también en contextos de control de multitudes.
Frente a esa tecnología, el artista contrapuso una herramienta, la cacerola, mediante el sonido de las protestas en el cacerolazo, el cual nos muestra que la potencia política de un sonido no depende necesariamente de su sofisticación técnica ni del presupuesto invertido en producirlo. Un objeto cotidiano, multiplicado por cientos o miles de personas, es en una expresión colectiva que no se puede ignorar.
La clave está en la sincronización, ya que un golpe aislado es un sonido; pero cuando muchos golpes coinciden, se responden y se intensifican construyen una presencia común. El ritmo transforma la acción individual en una experiencia compartida y permite que el cuerpo colectivo ocupe un espacio.
De esta intuición nació Modular Rhythm Machine, una máquina de percusión compuesta por módulos mecánicos que golpean distintas superficies siguiendo una secuencia programada. El proyecto no surgió como un dispositivo para investigar mediante la práctica. Kisic Aguirre explicó que suele invertir el orden habitual del proceso, en lugar de investigar exhaustivamente para después producir una obra, construye un artefacto y lo utiliza como vehículo de investigación artística. En eta practica el proyecto no tiene que demostrar una hipótesis previamente establecida; puede producir preguntas inesperadas, revelar contradicciones y abrir posibilidades que el artista todavía no sabe cómo resolver. La máquina se convierte así en un instrumento de pensamiento.

Los instrumentos de percusión vinculados con las comunidades afrodescendientes remiten a historias de resistencia cultural y a formas de expresión que sobrevivieron a la prohibición y al sometimiento colonial. El ritmo aparece entonces como una tecnología social, como una forma de transmitir conocimientos, sostener vínculos y producir comunidad.
Esta investigación encontró una resonancia concreta durante las protestas chilenas de 2019. En Santiago, Kisic Aguirre observó cómo grupos de manifestantes producían espontáneamente ritmos colectivos al golpear superficies urbanas. Aquello que había intentado explorar mediante una máquina aparecía en la calle como una práctica social viva. La experiencia lo llevó a desarrollar Momoprot —Módulo Móvil de Protesta—, un dispositivo construido con materiales reutilizados y montado sobre un carrito móvil que podía acompañar las manifestaciones.
En las plazas y calles de Valparaíso, el artefacto comenzó a reunir a personas que no necesariamente se conocían. Bastaban algunos palos, baldes y superficies de percusión para que surgiera una acción compartida. La máquina no imponía una composición cerrada, ofrecía una estructura disponible para que otras personas la activaran, modificaran y transformaran.

El proyecto también respondía a una necesidad, la de crear espacios de encuentro y, en determinadas circunstancias, de resguardo frente a la represión policial. Su dimensión política residía en las relaciones que hacía posibles.
En colaboración con Sara Alaire, Kisic Aguirre exploró maneras de compartir los procedimientos de construcción para que otras personas pudieran reproducirlos o adaptarlos. La autoría no se plantea como una frontera que impide el acceso, sino como una invitación a continuar el experimento. La obra adquiere así una dimensión pedagógica y colectiva, su sentido no termina en el objeto construido, sino que se prolonga en los usos que otros puedan imaginar.
Otros dispositivos, como el Parlante Aéreo y las distintas versiones de sus parlantes giratorios, prolongan esta investigación. Son máquinas que trasladan, amplifican y desplazan el sonido para intervenir en marchas, manifestaciones y situaciones cotidianas. Al irrumpir en la circulación habitual de una ciudad, introducen una pregunta sobre quién puede hacerse escuchar y qué sonidos tienen derecho a ocupar el espacio compartido.
En su relato, el artista reconoció que las intervenciones producen incomodidad, confusión y dificultades prácticas. Cada salida le permite identificar errores, revisar materiales, modificar intensidades y reconsiderar la relación con el público. El proceso creativo funciona como un circuito de retroalimentación: construir, probar, escuchar, equivocarse y volver a construir. En ese sentido, el error es una fuente de conocimiento que transforma el dispositivo y permite comprender mejor el contexto en el que opera.

Segunda desobediencia escuchar las voces que nos habitan
La segunda línea de investigación, se planteo en la obra Radio Parazit, la cual desplaza la atención desde la voz colectiva de la protesta hacia una dimensión más íntima, llevándonos a la multiplicidad de voces que constituyen una identidad. Si los instrumentos de protesta permiten reclamar el espacio sonoro compartido, la radio se convierte en un territorio para explorar la memoria, la diáspora y las conexiones afectivas que atraviesan la experiencia migrante.
Kisic Aguirre habló de su propia identidad como una construcción múltiple, atravesada por sus vínculos con Perú, Croacia y Estados Unidos. No se trata de resolver esas pertenencias en una identidad única y estable, sino de reconocer que la experiencia de desplazamiento produce conexiones entre lugares, personas, lenguas y recuerdos que no siempre responden a una lógica lineal.
En Radio Parazit, esa multiplicidad se traduce en composiciones experimentales que reúnen grabaciones de campo, voces, música y fragmentos sonoros de procedencias diversas. La edición permite hacer coexistir espacios geográficos distantes y temporalidades que difícilmente podrían encontrarse en una experiencia presencial. La escucha se convierte en una forma de montaje, en una práctica capaz de reconstruir paisajes afectivos y producir relaciones entre materiales aparentemente inconexos.
La radio es un medio que transforma lo que transmite y altera las relaciones entre las voces. Su condición parasitaria sugiere una forma de coexistencia e interferencia, donde los sonidos se adhieren unos a otros, se contaminan y generan nuevos sentidos.

En esta investigación el artista imagina módulos de escucha que se combinan para construir paisajes sonoros variables y establecen relaciones con los espacios arquitectónicos que los albergan. El objeto escultórico deja de ser únicamente una forma visible y se convierte en una estructura que organiza la escucha, la memoria y la imaginación.
En esta segunda desobediencia, el espacio público se transforma, ya no se trata solamente de hacerse escuchar frente a una autoridad, se trata de atender las voces que llevamos con nosotros, las que proceden de otros territorios y las que sobreviven en los recuerdos. La escucha aparece como una práctica de reconocimiento de aquello que una identidad homogénea no puede contener.

Tercera desobediencia imaginar máquinas que no obedezcan
La tercera línea de investigación es la Desobediencia Robótica, la cual lleva las preguntas anteriores al terreno de la relación entre seres humanos y máquinas. El punto de partida es una contradicción inscrita en la propia idea del robot, ya que su concepción inicial es su condición como servidor, instrumento subordinado a las órdenes humanas y extensión de nuestra voluntad. Kisic Aguirre propuso en este sentido cuestionar esa relación jerárquica. ¿Qué sucedería si dejáramos de considerar las máquinas como objetos destinados exclusivamente a cumplir instrucciones? ¿Qué otras formas de relación serían posibles si reconociéramos que los artefactos también poseen comportamientos, limitaciones y modos particulares de interactuar con el entorno?
La pregunta nos invita a revisar las categorías con las que definimos la subjetividad y a explorar otras perspectivas sobre la relación entre seres humanos, animales, objetos y tecnologías. En este punto, el artista recuperó durante su charla ideas asociadas con el perspectivismo amazónico, particularmente con la posibilidad de pensar que el mundo no se organiza exclusivamente desde una perspectiva humana. Esta reflexión la vincula con la desobediencia tecnológica, concepto asociado al investigador y diseñador cubano Ernesto Oroza, el cual en sus investigaciones sobre las prácticas de reparación, reutilización y fabricación en Cuba muestran cómo las comunidades desarrollan formas de agencia tecnológica frente a condiciones materiales restrictivas y a la dependencia de productos industriales.
La propuesta consiste en reconocer que reparar, adaptar y construir con las herramientas disponibles son acciones capaces de cuestionar la dependencia de sistemas cerrados, la obsolescencia programada y los intereses comerciales incorporados en los objetos que consumimos. Desde esta perspectiva, fabricar un robot se convierte en una práctica crítica. En lugar de aceptar dispositivos diseñados por grandes industrias, el artista propone preguntarse cómo construiríamos nuestras propias máquinas, qué relaciones estableceríamos con ellas y qué imaginarios orientarían su funcionamiento.

En este punto surge otra perspectiva donde el artista se pregunta sobre como los robots reconocen determinados idiomas y responden a comandos que están diseñados para comprender instrucciones específicas. ¿Qué ocurriría si modificáramos esa relación? ¿Qué posibilidades surgirían de lenguajes experimentales, expresiones que desbordan la comunicación funcional o sistemas de interacción que no se limitan a obedecer una orden?
La referencia a las lenguas y los imaginarios amazónicos le permitió al artista introducir una dimensión política adicional, en la cual las tecnologías no son universales ni culturalmente neutrales, ya que sus capacidades dependen de los lenguajes que reconocen, así como a los datos con los que fueron construidas y las formas de conocimiento que sus diseñadores consideran válidas. Desobedecer significa ampliar los lenguajes y aquello que una máquina está preparada para escuchar y comprender. La robótica aparece, entonces como un territorio de negociación cultural. Imaginar otras máquinas implica imaginar otras relaciones sociales.
Uno de los aspectos de la charla fue la manera en que Kisic Aguirre presentó sus proyectos como investigaciones abiertas, antes que como soluciones definitivas. Los instrumentos de protesta, la radio experimental y los robots desobedientes no constituyen capítulos cerrados de una trayectoria lineal, permanecen disponibles para ser retomados, modificados y conectados con otras preguntas.
Esta metodología cuestiona también la separación convencional entre obra, herramienta y proceso. Un carrito de percusión funciona como instrumento musical, dispositivo de protesta, espacio de encuentro y plataforma de aprendizaje colectivo. Una radio es una escultura sonora, un archivo afectivo y un laboratorio para experimentar con las identidades. Un robot es un artefacto técnico y, al mismo tiempo, una oportunidad para discutir los límites de nuestra concepción de lo humano.

La práctica artística produce conocimiento a través de la construcción, el uso y la transformación de sus propios dispositivos. El objeto no es el resultado final de una investigación, sino una estructura provisional que permite formular otras preguntas.
En este sentido compartir procedimientos, trabajar con materiales reutilizados y permitir que otras personas intervengan los artefactos supone desplazar el énfasis de la propiedad hacia la circulación del conocimiento. La obra se concibe como una plataforma que continua más allá de la intervención de su creador. Pero esta apertura también introduce tensiones, ya que una tecnología pensada para reunir personas incomoda a quienes no participan; un sonido que expresa resistencia se convierte en una nueva forma de ocupación acústica. La desobediencia no elimina las contradicciones, por el contrario nos permite hacerlas visibles y trabajar con ellas.

Un mundo por delante
La charla de Nicolás Kisic Aguirre en la Fundación Andreani dejó planteada una pregunta ¿qué tecnologías necesitamos construir para los mundos que queremos habitar?
En un contexto donde los dispositivos digitales, los sistemas algorítmicos y la inteligencia artificial intervienen cada vez más en la vida cotidiana, la respuesta no puede limitarse a mejorar la eficiencia de las herramientas existentes. También exige discutir quién las diseña, qué intereses organizan su funcionamiento, qué conocimientos incorporan y qué posibilidades dejan fuera.
Los proyectos de Kisic Aguirre proponen responder desde la experimentación material y la imaginación colectiva. Frente a los sistemas cerrados, la reparación y la construcción autónoma; frente al control del espacio público, la creación de instrumentos que amplifican las voces de quienes lo habitan; frente a la identidad estable, el montaje de memorias y sonidos que revelan la multiplicidad de la experiencia; frente a la subordinación de las máquinas, la exploración de relaciones que no se reduzcan a la obediencia.
La desobediencia, en este contexto, es una práctica de creación que ensaya otras formas de convivencia entre cuerpos, sonidos, objetos y tecnologías.
El futuro tecnológico no está determinado por las máquinas que hoy dominan nuestra vida, se construye mediante instrumentos precarios, prototipos incompletos, radios que mezclan voces distantes y artefactos que encuentran usos inesperados.
