
Memorias del subdesarrollo se erige como una de las obras más complejas y lúcidas del cine latinoamericano, por la radicalidad de su propuesta estética y política. Tomás Gutiérrez Alea construye una película que rehúye el discurso épico y celebratorio de la Revolución para situarse en una zona incómoda, ubicándonos en la zona donde el sujeto permanece, observa y duda.

La película sigue a Sergio, un burgués intelectual que decide quedarse en Cuba tras el triunfo revolucionario mientras su familia y su entorno emigran a Estados Unidos. Este punto de partida, aparentemente sencillo, se convierte en el detonante de una profunda reflexión sobre el subdesarrollo entendido no solo como una condición económica o estructural, sino como una forma de conciencia. Sergio no es un héroe ni un antagonista claro; es un sujeto escindido, atrapado entre un pasado que desprecia y un presente revolucionario al que es incapaz de adherirse plenamente.

La película combina ficción, documental, material de archivo, fotografías, noticieros y fragmentos ensayísticos, produciendo un estilo híbrido que desestabiliza la linealidad narrativa. Este montaje fragmentario refleja la condición transitoria y convulsa de la Cuba de principios de los años sesenta. El monólogo interior del protagonista convierte su subjetividad en un dispositivo crítico que interpela directamente a la realidad social.

En este sentido, Memorias del subdesarrollo dialoga con el cine moderno europeo, particularmente con Antonioni, pero lo hace desde una urgencia histórica y política distinta. Como señaló Louis Marcorelles, Alea alcanza una autenticidad mayor precisamente porque su experimentación formal no es un ejercicio esteticista, sino una necesidad expresiva derivada del contexto revolucionario. La soledad, el desamparo y la alienación de Sergio no son existenciales en abstracto, sino profundamente históricos, son el resultado de una sociedad en la que todas las contradicciones están presentes.

La crítica a la burguesía se formula como una autopsia íntima. Las contradicciones del protagonista reflejan las de una clase social que ha perdido su lugar sin haber construido uno nuevo. Sergio no es simplemente un residuo del pasado, sino también un espejo incómodo para la Revolución, en tanto encarna el riesgo del distanciamiento, del cinismo y de la pasividad crítica. De ahí que el filme practique lo que podría llamarse un “duda crítica”, una política de la ambigüedad que incomoda tanto al espectador complaciente como al discurso ideológico cerrado.

La reciente restauración de la película, impulsada por The Film Foundation’s World Cinema Project y presentada en espacios como Cannes Classics o la Casa de América, confirma su vigencia y su lugar central en la historia del cine contemporáneo. Memorias del subdesarrollo sigue funcionando como una obra abierta, capaz de dialogar con debates actuales sobre el archivo, la memoria, la subjetividad política y la relación entre individuo e historia.
