
La obra de Marcela Armas se inscribe en un campo expandido donde convergen arte, ciencia, tecnología y ecología, configurando una práctica que dialoga con el bioarte desde una perspectiva material, energética y geopolítica de la vida. En el contexto latinoamericano, marcado por una historia de extractivismo, urbanización acelerada y conflictos territoriales, su trabajo se posiciona como una reflexión crítica sobre las infraestructuras que sostienen la vida contemporánea y sobre los modos en que estas infraestructuras erosionan, administran o ponen en riesgo lo viviente.

Armas desplaza la noción de vida más allá del organismo para pensarla como flujo, tensión, circulación y desgaste. Estanque (2006) es paradigmática en este sentido, en ella usa aceite automotriz como sustituto simbólico del agua convirtiéndolo en un elemento vital perverso. Así como el agua sostiene ecosistemas, el petróleo sostiene la maquinaria urbana y económica. La obra presenta una vida sistémica artificial, donde la ciudad aparece como un organismo ahogado en su propio desecho. Armas expone los límites biopolíticos de los sistemas energéticos que permiten la supervivencia urbana.

Este interés por los umbrales de resistencia y colapso se intensifica en Neumático (2008), donde la inflación progresiva de una cámara de tractor introduce una tensión física y psicológica en el espacio expositivo. El estallido final es la culminación inevitable de un proceso de sobreexplotación. Aquí, el cuerpo del espectador se ve afectado por una temporalidad de espera, anticipación y peligro, reforzando una lectura bioartística donde la vida se define por su capacidad limitada de soportar presión. El material responde como un cuerpo sometido a una economía de crecimiento infinito, resonando con las lógicas extractivas que atraviesan los territorios latinoamericanos.

Las acciones sonoras Ocupación (2007) y Circuito Interior (2008) desplazan esta reflexión hacia el espacio urbano como hábitat artificial. El uso de cláxones, motores y desplazamientos mecánicos convierte la ciudad en un campo vibratorio donde el sonido actúa como contaminante, pero también como forma de comunicación involuntaria. En estas obras, el cuerpo humano aparece simultáneamente como agente y víctima del ruido, evidenciando una ecología sensorial degradada. Desde el bioarte, estas piezas pueden leerse como estudios sobre la afectación del cuerpo vivo por entornos tecnificados, donde la frontera entre organismo y máquina se vuelve difusa.

El petróleo y los residuos de combustión son materiales centrales en obras como Cenit, I-Machinarius, Obstrucción a dos tiempos y Exhaust. En ellas, Armas convierte el flujo energético en una narrativa visible, en las cuales aceites recorren mangueras como líneas de tiempo, máquinas se desbordan, o gases son atrapados en contenedores plásticos. Estos gestos materializan lo que normalmente permanece invisible —la contaminación, el desgaste, la dependencia energética— y lo inscriben en el espacio como una memoria tóxica. Desde una perspectiva bioartística, la vida aquí es entendida como aquello que queda expuesto a la degradación lenta, en sintonía con las nociones de “violencia lenta” y antropoceno.

La dimensión geopolítica de lo viviente se vuelve explícita en Resistencia (2009), donde la frontera entre México y Estados Unidos es representada como una línea incandescente que consume enormes cantidades de energía. El calor, la tensión y el peligro físico transforman la frontera en un cuerpo herido, al límite de su propia materialidad. Esta obra desplaza el bioarte hacia una biopolítica del territorio, donde la vida se administra, se restringe o se quema en función de límites artificiales impuestos por sistemas de poder.

En Vórtice (2013), Armas aborda el libro de texto gratuito como un organismo mecánico construido a partir de archivos muertos. El conocimiento, la memoria y la educación aparecen como procesos industriales que reciclan residuos burocráticos, convirtiendo la historia social en materia prima. La obra propone una reflexión sobre la vida de los sistemas simbólicos, ampliando el campo del bioarte hacia el análisis de los archivos como ecosistemas culturales.

Esta ampliación alcanza un punto decisivo en Implante (2015), donde el intercambio de núcleos de tierra entre México y Estados Unidos opera como una verdadera cirugía geológica. Aquí, la vida se entiende en términos de tiempo profundo, mineralidad y pertenencia territorial. Los núcleos extraídos funcionan como archivos geológicos, escrituras de la Tierra que anteceden y exceden la escala humana. El gesto de implantación busca evidenciar la violencia implícita en toda extracción, situando la obra en una ética del bioarte que reconoce la Tierra como un cuerpo vivo y vulnerable.

Este giro hacia una ontología relacional se profundiza en Tsinamekuta (2016–2021), uno de los proyectos más complejos de Armas. Al trabajar con un fragmento mineral magnético proveniente de un sitio sagrado wixárika, la artista desplaza el conocimiento científico hacia un campo ceremonial y afectivo. La inducción magnética a partir de las señales eléctricas del corazón humano establece una relación simbiótica entre cuerpo, mineral y territorio, mediada por el respeto a los saberes comunitarios. Aquí, el bioarte se articula desde una perspectiva decolonial, donde la tecnología no domina la materia, sino que se repliega para escucharla.

En la obra La falta de aire es un asunto que atañe al espíritu propone una reflexión sobre la respiración como principio vital que conecta cuerpo, atmósfera y cosmos. La transmisión de una frase a través del viento convierte el aire en medio, mensaje y condición de posibilidad de la vida. En el contexto de la deforestación y la crisis climática, esta obra sitúa el bioarte en un plano espiritual y político a la vez, recordando que respirar es un acto biológico, pero también un derecho amenazado.

La obra de Marcela Armas no se limita a la manipulación de lo vivo, sino que propone una ética material de la vida, donde energía, territorio, memoria y cuerpo forman un entramado inseparable. Frente a las lógicas extractivas del capitalismo global, Armas ofrece dispositivos críticos que hacen visible la fragilidad de los sistemas que sostienen la vida. Su obra se plantea desde la tensión, el límite y la responsabilidad, abriendo un espacio para imaginar futuros donde la supervivencia esté ligada al cuidado y a la escucha profunda de la Tierra.
