
La obra de Ana Laura Cantera se inscribe en el campo del bioarte contemporáneo, entendido como un territorio crítico desde el cual se interrogan las relaciones entre humanidad, naturaleza, tecnología y poder. En el contexto latinoamericano, donde las tensiones entre extractivismo, colonialidad, crisis ecológica y desigualdad estructural atraviesan los cuerpos y los territorios, el bioarte adquiere una dimensión política específica. En este marco, la producción de Cantera despliega un pensamiento situado que problematiza el antropocentrismo, desarma la ilusión de control humano sobre lo viviente y propone formas alternativas de coexistencia interespecie.

Uno de los ejes fundamentales de su trabajo es la indisociabilidad entre la especie humana y los sistemas naturales, abordada desde una lógica de dependencia, vulnerabilidad y retorno. En Parasitoides, esta relación se materializa en micro-ecosistemas autorregulados que condicionan el latido de un corazón mecánico. El dispositivo funciona como una metáfora biopolítica, en el cual el ritmo vital humano —representado por el corazón— ya no es autónomo, sino que responde directamente a las variables ambientales. El calor, la humedad y el estrés hídrico de las plantas inciden en la pulsación mecánica, evidenciando cómo la degradación del entorno impacta directamente sobre la vida humana. La ruptura final de los contenedores por parte de las plantas, al buscar condiciones más favorables, simboliza la imposibilidad de dominar completamente a la naturaleza, y propone una narrativa donde lo vivo resiste, desborda y reconfigura los marcos impuestos.

Esta idea de límite y colapso se profundiza en No eres perenne, donde Cantera articula bioarte, electrónica y ecología política para denunciar la contaminación hídrica y la sobreexplotación de los recursos naturales. Los cuerpos humanos —representados por figuras biodegradables— flotan en el río mientras recolectan energía a partir de celdas microbianas. Sin embargo, esa misma energía acelera su degradación material, construyendo una metáfora directa, donde cuanto mayor es la extracción, más rápida es la autodestrucción. En este gesto, la artista subvierte la lógica productivista y revela la fragilidad del sujeto moderno frente a sus propias prácticas extractivas. El cuerpo humano aparece aquí como residuo, como resto, como materia vulnerable dentro de un sistema que él mismo ha violentado.

La noción de ciclo, ruina y retorno a la naturaleza atraviesa obras como Flujos en retorno y Evolución de una partida. En ellas, Cantera pone en escena procesos de descomposición mediados por bacterias, hongos y microorganismos que metabolizan materiales orgánicos y biomateriales. La ruina deja de ser un vestigio romántico del pasado para convertirse en un proceso activo, donde lo humano es absorbido por lo no humano. En Flujos en retorno, los ladrillos energéticos se degradan progresivamente hasta borrar la huella de la obra, cuestionando la obsesión moderna por la permanencia y el archivo. Esta lógica se opone a la monumentalidad clásica del arte y se alinea con una ética ecológica donde la desaparición y la transformación son parte constitutiva de la obra.

Desde una perspectiva latinoamericana, estas prácticas dialogan con una historia marcada por territorios explotados y cuerpos descartables. Cantera propone micropolíticas de subsistencia, como se observa en Nidos de equilibrio, donde la bioconstrucción inspirada en los nidos de termitas permite la generación de energía a partir de desechos orgánicos locales. El trabajo colaborativo con comunidades, como en São José de Barreiro, refuerza una dimensión pedagógica y social del bioarte, alejándolo del laboratorio cerrado y acercándolo al territorio habitado.

Otro núcleo central de su obra es la crítica al antropocentrismo y la exploración de formas de vida híbridas. En Génesis: dinámicas de organismos artificiales y Paisajes metamórficos, Cantera propone ecosistemas simpoiéticos donde organismos artificiales, micelios, dispositivos electrónicos y espectadores interactúan en tiempo real. La obra no es un objeto fijo, sino un proceso evolutivo, atravesado por nacimientos, mutaciones y colapsos. Esta concepción dialoga directamente con el pensamiento de Anna Lowenhaupt Tsing y su noción de “conjuntos polifónicos”, donde la vida se produce en ensamblajes entre especies, tecnologías y entornos.

En Cartografías invisibles y Inhalaciones territoriales, el cuerpo humano se convierte en un dispositivo de sensado y memoria. El aire, la polución y los datos atmosféricos son registrados tanto digital como biológicamente, a través de micelios que capturan partículas contaminantes. Estas obras visibilizan aquello que no vemos pero respiramos, poniendo en evidencia las violencias lentas del antropoceno, tal como las define Rob Nixon. La caminata, el desplazamiento y la exposición corporal refuerzan una dimensión performativa donde el conocimiento se produce desde la experiencia encarnada.

Obras como Tejidos desde el útero, Horizontes divergentes y Simbióticos (otredades surglobales) amplían el campo del bioarte hacia una crítica feminista y decolonial. El uso de sangre menstrual como biomaterial, la relectura del horizonte desde cosmovisiones indígenas y la resignificación de las figuras monstruosas como metáforas de las otredades colonizadas, inscriben la obra de Cantera en una reflexión profunda sobre el cuerpo, el territorio y la historia. Aquí, lo biológico es político, es memoria, es resistencia.

La obra de Ana Laura Cantera puede entenderse como una cartografía sensible del bioarte latinoamericano contemporáneo. Sus instalaciones construyen dispositivos críticos que revelan la interdependencia radical entre humanos y no humanos. Frente a la crisis ecológica global, su trabajo propone escuchar, habitar y co-crear con la naturaleza, asumiendo la fragilidad como condición y la simbiosis como horizonte ético y estético.
