
Cristina Muñoz
El bioarte se configura como una de las expresiones más complejas y radicales del arte contemporáneo al situarse en la intersección entre arte, ciencia y tecnología. A diferencia de otras prácticas artísticas que representan o interpretan la vida, el bioarte trabaja directamente con lo viviente, los genes, bacterias, células, tejidos, plantas, animales y cuerpos humanos se convierten en materiales, lenguajes y procesos activos de la obra. En este desplazamiento, el bioarte tensiona las nociones como naturaleza, ética, autoría y cuerpo.

Miguel Moreno
Aunque pueden rastrearse antecedentes a lo largo del siglo XX —como el interés de Salvador Dalí por el ADN o las experimentaciones botánicas de Edward Steichen— el bioarte se consolida como corriente en la década de 1990, cuando Eduardo Kac introduce el término “arte transgénico”. Esta emergencia está ligada al desarrollo de la biología molecular, a la tecnificación creciente de la vida cotidiana y a la expansión de la biopolítica, tal como lo plantea Michel Foucault, en el cual se desarrollan un conjunto de dispositivos que gestionan, regulan y administran la vida. En este paradigma, la vida deja de ser un fenómeno exclusivamente natural para convertirse en un campo de intervención técnica, económica y política.

Salvador Dalí
En América Latina, el bioarte adquiere una especificidad singular. Lejos de una fascinación puramente tecnocientífica, estas prácticas se desarrollan en contextos atravesados por la herencia colonial, la desigualdad social, el extractivismo y la crisis ambiental. Por ello, el bioarte latinoamericano interroga críticamente las formas históricas y contemporáneas de explotación, control e invisibilización de la vida, tanto humana como no humana.

Eduardo Kac
La obra de Eduardo Kac —con proyectos como GFP Bunny, Génesis y Edunia— resulta fundamental para comprender este campo. Sus piezas abren debates éticos y políticos sobre la manipulación genética, la hibridación interespecie y la responsabilidad del artista frente a lo viviente, desestabilizando la jerarquía humano-naturaleza y proponiendo otras formas de parentesco biológico y afectivo. Estas problemáticas encuentran resonancia y reformulación en prácticas latinoamericanas que incorporan una mirada situada sobre el territorio y el cuerpo.

Juan Miceli
Artistas como Paúl Rosero, Cristina Muñoz y Oscar Santillán trabajan en diálogo directo con ecosistemas específicos —como la Amazonía— explorando procesos de biorremediación, biomateriales e inteligencia artificial aplicada a entornos naturales. En estas propuestas, la naturaleza deja de ser un objeto de representación para convertirse en un agente performativo que produce conocimiento. De manera similar, Joaquín Fargas, pionero del bioarte en Argentina, articula ciencia, ecología y pedagogía en proyectos como Biosfera o Don Quijote contra el cambio climático, donde la vida aparece como un sistema frágil, limitado y profundamente interdependiente.

Otras prácticas desplazan el foco hacia el cuerpo como territorio biopolítico. Obras como Mi Tierra Invencible de Juan Miceli, que utiliza tecnologías médicas para hacer visible el interior del cuerpo, o proyectos como Biotextiles, basados en el cultivo de bacterias y materiales biodegradables, amplían el bioarte hacia una crítica de los regímenes de visualización, producción y consumo que atraviesan tanto a los cuerpos como a los ecosistemas. En estos casos, el bioarte ensaya formas alternativas de relación con lo viviente.

Joaquín Fargas
A diferencia de ciertas vertientes del norte global, donde predomina una lógica tecnocientífica de carácter instrumental, el bioarte latinoamericano se inscribe con fuerza en debates sobre biopolítica, extractivismo y derechos de la naturaleza. Como señala Karin Ohlenschläger, existe una tensión entre una racionalidad jerárquica y patriarcal y una perspectiva ecológica que propone relaciones horizontales entre humano y no humano. Desde esta tensión, el bioarte opera como un dispositivo crítico que visibiliza las estructuras de poder que atraviesan la vida y habilita la imaginación de futuros post-antropocéntricos.

Joaquín Fargas
El bioarte en América Latina constituye un campo de prácticas híbridas que articulan vida, cuerpo y tecnología desde una perspectiva ética, política y situada. Al trabajar con lo viviente, estas obras expanden los límites del arte contemporáneo, y nos obligan a repensar nuestra relación con la naturaleza, el cuerpo y la técnica en un tiempo marcado por la crisis ecológica y la transformación radical de lo humano.
