
La producción artística de Noé Sendas (Bruselas, 1972; vive y trabaja en Berlín) se sitúa en un territorio híbrido donde convergen fotografía, vídeo, escultura, collage y dibujo como dispositivos de investigación sobre la imagen contemporánea. Desde finales de la década de 1990, su práctica ha explorado el estatuto del cuerpo, los mecanismos de percepción y las posibilidades discursivas de la exposición como forma de pensamiento visual. Su obra se caracteriza por una poética del borramiento y la desmaterialización parcial del cuerpo humano, articulada mediante referencias cinematográficas, literarias y musicales que funcionan tanto como archivo cultural como materia conceptual.

Uno de los ejes centrales en la obra de Sendas es el tratamiento del cuerpo como una entidad simultáneamente teórica y material. Sus imágenes presentan figuras fantasmagóricas cuyos límites se diluyen, dejándonos ver cabezas invisibles, extremidades que desaparecen o cuerpos que parecen fundirse con el mobiliario y el entorno arquitectónico. Este procedimiento cuestiona la noción de identidad estable al convertir el cuerpo en una superficie en transformación constante.

La abstracción parcial del cuerpo opera como una estrategia crítica que desarticula las convenciones figurativas tradicionales. En lugar de representar al sujeto como un centro coherente, Sendas propone una corporalidad fragmentada que oscila entre aparición y desaparición. Esta tensión genera una experiencia visual ambigua que obliga al espectador a reconstruir la imagen desde la ausencia, evidenciando la fragilidad de la percepción y la imposibilidad de una mirada neutral.

Más allá del tratamiento formal del cuerpo, la obra de Sendas se interesa profundamente por los mecanismos perceptivos del observador. Sus composiciones funcionan como estructuras que desorientan la mirada mediante efectos de camuflaje, mimetización y desplazamiento espacial. El espectador se enfrenta a imágenes que requieren un ejercicio activo de interpretación para reconocer lo que aparentemente falta.

Las figuras que habitan el universo visual de Sendas —cuerpos que se mimetizan con el espacio, extremidades invisibles, rostros ausentes— ponen en escena una ontología de la huella. La fotografía deja de funcionar como prueba de una presencia plena y se presenta como un resto que remite a aquello que no puede ser fijado en la imagen. Desde una perspectiva derridiana, el cuerpo aparece como traza diferida, siempre incompleta, desplazada entre lo visible y lo invisible.

Esta relación dinámica entre imagen y percepción convierte la obra en un laboratorio visual donde la mirada se vuelve consciente de sus propios procesos. La invisibilidad parcial del cuerpo implica la creación de un espacio de duda donde lo visible se redefine continuamente. En este sentido, Sendas propone una estética de la incertidumbre que transforma la experiencia visual en un acto reflexivo.

Este borramiento parcial no equivale a una negación del sujeto, sino a la exposición de su carácter espectral. Las figuras parecen existir en un umbral entre la materialidad y la desaparición, produciendo una temporalidad suspendida donde el espectador se enfrenta a la ausencia como una forma activa de presencia. La imagen fotográfica se convierte así en un archivo espectral que guarda no tanto la evidencia de lo real como la memoria de su desvanecimiento.

La preocupación de Sendas por los mecanismos de percepción y por el potencial discursivo de la exposición puede leerse desde la noción foucaultiana de dispositivo. Sus obras ponen en evidencia los sistemas que regulan la visibilidad y que configuran las condiciones bajo las cuales un cuerpo puede aparecer ante la mirada.

Al alterar la legibilidad del cuerpo mediante camuflajes y desapariciones parciales, el artista interrumpe el funcionamiento habitual de la mirada disciplinaria. El espectador se ve obligado a cuestionar sus propios hábitos perceptivos, reconociendo que la visibilidad no es una propiedad natural de la imagen sino una construcción mediada por estructuras culturales y tecnológicas. La exposición se convierte entonces en un espacio de experimentación donde el montaje opera como un dispositivo que reorganiza el régimen de lo visible.

Las figuras fantasmagóricas en la obra de Sendas evocan la idea didi-hubermaniana de la imagen como supervivencia (Nachleben): formas que reaparecen cargadas de memorias culturales y afectivas. Las referencias explícitas e implícitas a creaciones cinematográficas, literarias y musicales constituyen otro componente fundamental en su práctica. Estas citas aparecen como elementos estructurales que expanden el campo semántico de la imagen. Al integrar fragmentos de distintos lenguajes artísticos, Sendas construye un archivo cultural que atraviesa sus obras y las conecta con una memoria colectiva mediada por la ficción.

La dimensión cinematográfica resulta particularmente relevante en la construcción de sus atmósferas fantasmales. Las figuras que se funden con el espacio evocan escenas de desaparición o desdoblamiento propias del cine experimental y del imaginario surrealista. Esta intertextualidad refuerza la idea de que la imagen contemporánea es siempre un campo de resonancias múltiples, donde el pasado cultural se reconfigura en nuevas formas visuales.

El cuerpo parcialmente borrado puede entenderse como un síntoma visual que señala tensiones entre identidad, representación y memoria. En lugar de ofrecer una figura estable, la imagen se presenta como un espacio de conflicto donde lo visible se articula con aquello que insiste desde el pasado cultural. La fantasmagoría no es aquí un efecto estilístico, sino un modo de revelar la persistencia de imágenes que sobreviven en formas fragmentarias y espectrales.

El uso simultáneo de múltiples medios sitúa la obra de Sendas en una condición cercana a lo que Rosalind Krauss ha denominado el campo expandido o la condición postmedial. La fotografía aparece como parte de una red de prácticas que incluyen el montaje expositivo, la escultura y el vídeo. Esta expansión permite cuestionar las fronteras disciplinarias y entender la imagen como un proceso más que como un objeto cerrado.

Otro aspecto en la obra de Sendas es su interés por los métodos de exhibición como herramientas discursivas. El montaje expositivo se convierte en un componente activo que organiza la experiencia del espectador. La disposición espacial de imágenes y objetos genera relaciones conceptuales que amplifican la sensación de extrañamiento y la ambigüedad perceptiva.

Esta preocupación por el espacio expositivo sugiere que la obra no puede entenderse de manera aislada, sino como parte de un sistema donde cada elemento contribuye a construir un relato visual. El artista transforma la exposición en un dispositivo narrativo que desplaza la función tradicional del museo hacia un territorio más cercano al ensayo visual o al montaje cinematográfico.

En este contexto, el borramiento del cuerpo se vincula con una reflexión sobre el estatuto mismo de la imagen contemporánea. La figura humana deja de ser un referente estable para convertirse en un elemento plástico que se integra en el espacio arquitectónico y en la lógica instalativa. La obra se despliega en la experiencia espacial y temporal que el espectador atraviesa.

La obra de Noé Sendas articula una reflexión compleja sobre la visibilidad, la identidad y la percepción en el contexto de la cultura visual contemporánea. A través del borramiento parcial del cuerpo y de la creación de figuras fantasmagóricas, el artista cuestiona las nociones de presencia estable y revela la dimensión espectral de la imagen fotográfica. Sus trabajos invitan a reconsiderar la relación entre cuerpo y espacio, entre memoria cultural y experiencia visual, proponiendo una estética donde la desaparición se convierte en una forma de aparición.

Al combinar múltiples medios y referencias intertextuales, Sendas construye un lenguaje visual que trasciende las fronteras disciplinarias y convierte la exposición en un espacio de pensamiento. Su obra propone una poética del vacío y del borramiento como herramientas para explorar las tensiones entre lo visible y lo invisible. En ese tránsito, la imagen deja de ser una superficie transparente para convertirse en un campo de incertidumbre donde el espectador participa activamente en la reconstrucción del sentido.

