
Giuseppe Penone (Garessio, Italia, 1947) ocupa un lugar central dentro del Arte Povera por su investigación persistente sobre la relación entre cuerpo, materia y procesos naturales. Su obra propone una experiencia escultórica que se articula como continuidad entre la acción humana y las dinámicas geológicas y biológicas. Árboles, piedras, ríos y huellas corporales aparecen en sus piezas como sistemas vivos que evidencian la temporalidad profunda de la materia y la posibilidad de una escultura entendida como proceso.

Desde finales de los años sesenta, Penone desarrolla la serie Albero, un conjunto de esculturas en madera que consisten en revelar el árbol contenido dentro de vigas industriales. Mediante la sustracción de capas, el artista restituye la forma original del tronco oculto por la intervención humana. El árbol se convierte así en una figura híbrida que oscila entre cuerpo humano y organismo vegetal, enfatizando la continuidad entre naturaleza y cultura.

Desde una perspectiva cercana a Deleuze, la obra de Penone puede leerse como una exploración del devenir-materia. Sus esculturas evidencian flujos de transformación continua. La escultura se convierte en un plano de inmanencia donde fuerzas biológicas y técnicas se entrelazan.

En estas obras, la talla escultórica opera como un acto arqueológico inverso, se trata de regresar a una memoria material inscrita en los anillos de crecimiento. El tiempo biológico se vuelve legible como archivo, y el artista actúa como mediador entre el presente industrial y una temporalidad orgánica más extensa.

El artista es parte de un ensamblaje de intensidades donde la erosión natural y la acción humana operan como variaciones de un mismo devenir. La forma emerge como efecto de relaciones dinámicas entre materia, energía y tiempo.

Para el artista, el río es un modelo epistemológico y técnico, ya que esculpir implica adoptar la lógica de la naturaleza, replicar sus gestos de desgaste y revelación.

En la obra de Penone el artista debe convertirse en parte del proceso natural, disolviendo la oposición tradicional entre sujeto creador y materia pasiva. Herramientas como el punzón o el abrasivo son comparadas con las fuerzas erosivas del agua, indicando que la técnica artística es una prolongación de procesos geológicos. La escultura se vuelve así una práctica de mimetización con el tiempo natural.

Desde la antropología ecológica de Tim Ingold, la práctica de Penone puede interpretarse como una forma de “hacer con” la materia en lugar de trabajar sobre ella. Sus esculturas evidencian líneas de crecimiento y trayectorias vitales inscritas en la madera o la piedra. El árbol no es un objeto sino un organismo en proceso, y la intervención artística consiste en seguir sus líneas internas, desvelando la memoria de su desarrollo.

El artista se aproxima así a una concepción del arte como correspondencia con el entorno, donde la talla, la erosión o el moldeado son gestos que continúan procesos naturales. La obra permanece abierta a la transformación, enfatizando una ecología material donde el arte y la naturaleza comparten un mismo campo de acción.

Su obra se distingue por un énfasis particular en la percepción sensorial y la relación corporal con el entorno. Las superficies erosionadas, las huellas de manos y las marcas de crecimiento vegetal invitan a experimentar la escultura como un organismo en transformación.

Penone propone una política de la forma basada en la atención a lo mínimo, en el crecimiento lento de un árbol, en la presión del agua sobre la roca, en la respiración del cuerpo humano. Estas acciones microscópicas adquieren una dimensión poética que cuestiona la aceleración tecnológica y el dominio instrumental de la naturaleza.

Aunque sus obras suelen centrarse en árboles o piedras, el cuerpo humano permanece implícito como escala y referencia. Las formas vegetales evocan extremidades y torsos, mientras que las huellas corporales aparecen como registros de contacto directo con la materia. El artista sugiere que la piel humana y la corteza de los árboles comparten una condición común, ya que ambas son superficies donde se inscribe el paso del tiempo.

Esta equivalencia refuerza la idea de que la escultura prolonga el cuerpo del artista, integrándose en un circuito de transformaciones donde materia, energía y memoria circulan continuamente.

En diálogo con las ideas de Bernard Stiegler sobre la técnica como exteriorización de la memoria, la obra de Penone puede entenderse como una forma de inscripción temporal que atraviesa tanto la naturaleza como la cultura. Los anillos de crecimiento del árbol, las huellas corporales y las marcas erosivas funcionan como soportes de memoria material. Cada escultura actúa como un archivo vivo donde se registran gestos humanos y procesos geológicos.

A diferencia de las tecnologías industriales que aceleran la producción y borran la huella del tiempo, Penone propone una técnica ralentizada que revela la duración de los procesos naturales. La escultura se convierte en un dispositivo de atención hacia temporalidades profundas, cuestionando la lógica contemporánea de la inmediatez y recuperando una relación más lenta y reflexiva con la materia.

La práctica de Penone puede leerse como una poética de la duración. Frente a la lógica moderna de la obra cerrada, sus piezas evidencian procesos abiertos, donde la madera continúa envejeciendo, la piedra conserva las marcas del desgaste, el metal se oxida.

Giuseppe Penone redefine la escultura como una práctica de atención a los procesos naturales y a la memoria material. A través de árboles, piedras y erosiones, su obra desplaza la autoría hacia dinámicas compartidas entre el artista y la naturaleza. Esculpir no significa modelar desde afuera, sino participar en un flujo continuo donde forma y tiempo se entrelazan.

Penone amplía la noción de materialidad hacia una dimensión ecológica y temporal, proponiendo una escultura que respira con el espacio.

