
La ópera prima de Diego Céspedes, La misteriosa mirada del flamenco (Chile-Francia-Alemania-España-Bélgica, 2025), irrumpen con una identidad visual y política contundente. Estrenada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes —donde obtuvo el máximo reconocimiento de la sección— y seleccionada por la Academia de Cine de Chile para representar al país en los Premios Óscar y los Premios Goya, la cinta confirma la aparición de una voz autoral que combina lirismo, denuncia y pulsión melodramática.

Ambientada en 1982, en un pueblo minero del desierto de Atacama, la película sigue a Lidia (Tamara Cortés), una niña de once años que crece en el seno de una familia de mujeres trans que regentan una cantina en los márgenes del campamento minero. Cuando una enfermedad desconocida comienza a propagarse, el rumor colectivo señala a los homosexuales como responsables, afirmando que el contagio ocurre a través de una simple mirada entre hombres enamorados. Desde esa superstición, Céspedes articula un relato que funciona como western crepuscular, melodrama queer y crónica de iniciación.

La gran apuesta formal del filme reside en su apropiación del imaginario del western. El horizonte infinito del desierto, filmado por Angello Faccini con una paleta que oscila entre lo árido y lo crepuscular, se convierte en territorio mítico, ubicándonos en el espacio de duelo, de intemperie y de violencia latente. Frente a ese exterior dominado por la masculinidad minera —ruda, silenciosa, represiva—, la cantina de Mamá Boa (Paula Dinamarca) y la Flamenco (Matías Catalán) aparece como enclave de resistencia afectiva. Plumas, lentejuelas y canciones de Rocío Jurado irrumpen como gestos de insubordinación estética en medio del polvo y la miseria.

La película dialoga con el desenfado de Pedro Almodóvar y con la intensidad melodramática de Arturo Ripstein, pero encuentra su anclaje más fértil en la tradición literaria y visual queer latinoamericana, evocando ecos de Pedro Lemebel y la crudeza íntima de Nan Goldin. Hay en sus interiores una textura que recuerda a The Ballad of Sexual Dependency, donde los cuerpos son iluminados por neones frágiles, miradas que oscilan entre el deseo y la amenaza, comunidad forjada en la precariedad.

El punto de vista infantil de Lidia resulta clave. Su mirada —curiosa, obstinada, leal— introduce una capa de inocencia que contrasta con la violencia estructural del entorno. Más que una simple testigo, la niña encarna la posibilidad de desmontar el mito. Su búsqueda de la verdad frente al rumor convierte la película en una fábula sobre el miedo colectivo y la fabricación del enemigo. En ese sentido, el filme habla tanto de los primeros años del sida como de los mecanismos universales del estigma.
La misteriosa mirada del flamenco es una obra de gran fuerza simbólica. Su western poético transforma el desierto en metáfora de exclusión, pero también en paisaje de legado y resistencia. La mirada —ese supuesto vector del contagio— se resignifica como acto de amor y reconocimiento. Allí donde el pueblo ve enfermedad y pecado, la cámara de Céspedes encuentra comunidad y belleza.
La película propone una mitología queer latinoamericana, una memoria que convierte la marginación en gesto épico y la vulnerabilidad en forma de dignidad.
