
Con El sueño de la sultana (España-Alemania-India, 2023), la animadora vasca Isabel Herguera debuta en el largometraje con una obra que es, a la vez, ensayo autobiográfico, homenaje literario y artefacto plástico. Inspirada en el relato utópico feminista escrito en 1905 por Begum Rokeya Hossain, la película convierte la animación en un territorio de diálogo entre historia, experiencia personal e imaginación política.

Inés, una joven directora española, descubre el cuento “Sultana’s Dream” en una librería de Ahmedabad y queda fascinada por Ladyland, ese país imaginario donde las mujeres gobiernan y los hombres permanecen recluidos en el ámbito doméstico. Movida por esa revelación —y por una crisis afectiva propia— emprende un viaje por la India en busca de la huella de Rokeya y de la posibilidad simbólica de esa utopía.

El rasgo más deslumbrante de El sueño de la sultana es su apuesta estética. Cada línea narrativa adopta una técnica distinta, desde las acuarelas y transparencias para el viaje de Inés, que funden figura y fondo con delicadeza nostálgica; recortables animados sobre mesa multiplano para la biografía de Rokeya; y secuencias inspiradas en el mehndi —tatuaje tradicional con henna— para dar vida a Ladyland, donde los cuerpos y ornamentos parecen respirar en arabescos fluidos. Esta diversidad convierte a la película en un mosaico visual donde cada textura dialoga con un estado emocional y una capa histórica distinta.

La película oscila entre la sugerencia poética y el enunciado explícito, entre la metáfora evocadora y la proclama directa. El sueño de la sultana busca una experiencia de ensoñación. La ficción utópica de Rokeya funciona como refugio e inspiración para Inés, pero también como espejo incómodo, donde Ladyland es un horizonte deseado que no existe en la realidad tangible. El viaje, entonces, no conduce a un territorio físico, sino a una comprensión íntima de la potencia y los límites de la imaginación política. La utopía no resuelve el dolor, pero lo resignifica.

