
Con Say Goodbye (México, 2025), Paloma López Carrillo debuta en la dirección con un documental que transforma una herida familiar en una experiencia cinematográfica de contención y silencio. Lejos de los relatos centrados en la travesía migrante o en la búsqueda del desaparecido, la película se sitúa en el territorio más incierto: el después. El tiempo suspendido que sigue a la deportación y desaparición de Javier Vargas, cuyo rastro se pierde tras ser expulsado de Estados Unidos.

Bajo las montañas nevadas de Utah, Rosa, Sol y Javier —esposa e hijos del desaparecido— viven en un estado de duelo prolongado. La nieve no es solo un paisaje, es una metáfora persistente de la suspensión emocional. López Carrillo construye el espacio como correlato del desarraigo. Los personajes aparecen primero en planos medios que los sitúan como centro del encuadre; cortes bruscos a grandes planos generales los reducen frente a la inmensidad blanca.

Uno de los mayores aciertos formales del documental es su uso del distanciamiento. La cámara permanece fija, observacional. No invade el llanto ni subraya la emoción. Permite que el silencio respire. En esa quietud, la ausencia se vuelve tangible. La desaparición no es aquí un hecho narrativo que deba resolverse, sino una presencia constante que reorganiza cada gesto cotidiano.

En contraste con otros filmes recientes sobre desaparición en el contexto migratorio —como Sin señas particulares—, Say Goodbye no sigue la ruta de la investigación ni la denuncia frontal. Su apuesta es más íntima y, quizá por ello, más incómoda.

Donde el documental encuentra su mayor complejidad es en el terreno del dispositivo. Al tratarse de la propia familia de la directora, la frontera entre observación y puesta en escena se vuelve porosa. Algunas conversaciones —como la de Rosa con su principal confidente o las sesiones terapéuticas de Sol— rozan la modalidad interactiva.

El tiempo es otro elemento crucial. La nieve aparece y desaparece sin obedecer del todo a la cronología estacional, funcionando más como estado anímico que como registro meteorológico. Cuando asoma la primavera, no se instala como promesa definitiva; el invierno regresa. El duelo tampoco avanza en línea recta.

López Carrillo convierte el paisaje en espejo del extrañamiento migrante y el silencio en forma de memoria. La película examina la manera en que el vacío se vuelve compañía permanente.
