
Su trabajo parte de la biología como proceso. Lo vivo es materia activa. Desde hace más de quince años, Medina ha desarrollado proyectos en los que bacterias, hongos, pigmentos naturales, sangre, cabello o semillas germinadas se convierten en agentes de creación. En esta operación, el cuerpo —humano y no humano— aparece como entidad orgánica atravesada por construcciones sociales, culturales y tecnocientíficas.

Como ha señalado Michel Foucault, la modernidad se caracteriza por la emergencia del biopoder, mediante un régimen en el que la vida biológica se convierte en objeto de administración, regulación y optimización. El bioarte, al apropiarse de procesos biotecnológicos, interviene en ese mismo territorio donde la vida es gestionada. En la práctica de Medina, sin embargo, esta apropiación no adopta la forma de espectacularización de la manipulación genética, sino de una exploración material y simbólica del cuerpo como entidad orgánica y construcción social.

Uno de los ejes centrales en su práctica es la comprensión del cuerpo como un territorio híbrido, biológico y político al mismo tiempo. Las muestras de sangre y cabello transformadas en pigmentos o texturas biomateriales introducen lo íntimo en el espacio artístico; así como cuestionan la noción moderna de separación entre sujeto y materia. El cuerpo deja de ser soporte para convertirse en laboratorio. Este gesto puede leerse a la luz del pensamiento de Donna Haraway, quien cuestiona las fronteras rígidas entre naturaleza y cultura, proponiendo figuras híbridas —como el cyborg— para pensar identidades contemporáneas. En la obra de Medina, el cuerpo es ensamblaje biológico-cultural.

En piezas como A lágrima viva, cultivo de lágrimas y anatomía de una lágrima, el fluido corporal se desplaza del ámbito privado al experimental. El acto de cultivar lágrimas, analizarlas y transformarlas en objeto estético convierte la emoción en materialidad. Lo afectivo se vuelve proceso biológico visible. La obra busca revelar la densidad simbólica de lo orgánico. Desde la perspectiva del posthumanismo crítico de Rosi Braidotti, esta operación descentra la idea de un sujeto humano autónomo y autosuficiente, mostrando que nuestra identidad está siempre mediada por procesos biológicos y tecnológicos.

Aquí, la biología funciona como catalizador de preguntas: ¿qué significa convertir el cuerpo en recurso?, ¿cómo se inscribe lo íntimo en sistemas de producción material?, ¿de qué manera la vida se integra a economías simbólicas?

En 2017, Medina funda Biology Studio, el primer estudio en México que vincula biología, diseño y conocimiento ancestral bajo la filosofía “Innovación-Tecnología-Tradición”. Esta articulación resulta clave ante una visión futurista de la biotecnología desligada del territorio, su práctica propone un diálogo entre saberes ancestrales y procesos contemporáneos.

El desarrollo de un biomaterial textil a base de extracto de grana cochinilla es un ejemplo paradigmático. La cochinilla —insecto central en la economía colonial por su pigmento carmín— reaparece aquí no como mercancía extractiva, sino como componente de biofabricación sostenible. La biología se entrelaza con historia material, memoria y diseño.

Asimismo, intervenciones en lana, papel o algodón con semillas de chía integran patrones generados por el crecimiento de raíces. El dibujo ya no es únicamente decisión humana, emerge del sistema vivo. La textura y el color son resultado de una colaboración interespecie. Esta dimensión procesual convierte la obra en acontecimiento temporal, donde el crecimiento biológico redefine continuamente la forma. De manera complementaria, la noción de intra-acción propuesta por Karen Barad permite afirmar que materia y significado emergen simultáneamente.

Desde la teoría del actor-red de Bruno Latour, estas prácticas pueden comprenderse como ensamblajes donde humanos, insectos, pigmentos, protocolos científicos y diseñadores actúan conjuntamente. La obra ya no es objeto aislado, sino red de relaciones. El biomaterial no es mero recurso, es actante dentro de un sistema ecológico, cultural y tecnológico.

En proyectos como Carmín Bioleather —presentado en el marco del Festival Aleph de Arte y Ciencia de la UNAM— o en colaboraciones como BIOARTEX dentro de Design Week México, la artista explora la fabricación biológica aplicada a la moda y al diseño. La prenda deja de ser objeto pasivo y se convierte en superficie activa, en interfaz ecológica.

Medina ha señalado que concibe la tecnología como un elemento dispuesto a la reinterpretación y modificación, como un proceso de conocimiento más que como herramienta neutral. Aquí la tecnociencia es apropiada, reconfigurada y atravesada por discursos sociales.

Su formación interdisciplinaria —desde Relaciones Internacionales hasta estudios en arte y biología en la Universitat Oberta de Catalunya y etnografía de objetos en plataformas asociadas a Harvard— se traduce en una práctica que integra investigación documental, pedagogía y producción material. La artista no separa laboratorio y aula, teoría y práctica. Fundar Regiones en Expansión y dirigir Biology Studio implica consolidar espacios de educación y experimentación que descentralizan el acceso al conocimiento biotecnológico.

En el ámbito performático, su obra explora los cruces entre imagen, cuerpo y medios de comunicación. Las piezas abordan identidad, género y cuerpo extendido, integrando bioarte e intermedia. Aquí el organismo es cuerpo mediado por tecnologías digitales y redes sociales. La reflexión sobre “vivir eternamente” a través de rituales contemporáneos en plataformas digitales revela que la extensión tecnológica del cuerpo también es forma de biofabricación simbólica.

La pregunta por los biomateriales adheridos a la corporalidad —y su explotación en la cultura material— se vincula especialmente con la construcción del cuerpo femenino. Lo biológico se entrelaza con lo político y lo social, evidenciando cómo la materia orgánica ha sido históricamente codificada y controlada.

Proyectos colaborativos como Nativa Territorio, desarrollados junto a Studio Hole, subrayan el interés por la biodiversidad y las especies en peligro de extinción en México. La producción de máscaras inspiradas en organismos nativos integra papel —material ancestral— con investigación ecológica. El objeto resultante es dispositivo de memoria ambiental.

En estas obras, lo biológico “hace mundo”. No es únicamente sustancia viva, sino posibilidad de imaginar relaciones alternativas entre naturaleza, cultura y economía. El bioarte de Edith Medina se sitúa en un punto de convergencia entre laboratorio, territorio y cuerpo. Su práctica reconfigura la noción misma de materialidad. Los biomateriales, las biotexturas y las biofabricaciones constituyen ensayos sobre cómo habitar el mundo de manera más consciente y ecológica.
