
Las jornadas dedicadas al prompting coreográfico, la colonialidad del dato y la producción de subjetividades en el universo algorítmico se plantearon como un espacio de reflexión en torno a las transformaciones que las tecnologías de inteligencia artificial están provocando en las prácticas artísticas contemporáneas. En este encuentro tuvimos como invitada a Fernanda Olivares, investigadora vinculada al Centro Nacional de las Artes, y la conversación fue moderada por Paula Dreyer (UNLP), Alejandra Ceriani (UNLP) y por Bruno Bresani (UNAM).
Desde el inicio de su presentación, Olivares planteó una pregunta que atraviesa buena parte de las discusiones actuales entre arte y tecnología ¿cómo representa la máquina un cuerpo? Sus primeras exploraciones con redes neuronales —realizadas en 2022 a partir de un archivo de más de tres mil fotografías de danza clásica— revelan hasta qué punto el cuerpo humano se vuelve un objeto complejo cuando es traducido a datos. Rotaciones inesperadas, fragmentaciones y deformaciones aparecen cuando el cuerpo se vuelve información procesada por algoritmos.
Lo que en principio podría interpretarse como error técnico se convierte, en su investigación, en un terreno fértil para la experimentación estética. Las imágenes generadas por modelos de inteligencia artificial muestran cuerpos aparentemente plausibles que, al observarse con detenimiento, revelan anomalías, mostrándonos extremidades duplicadas, torsiones imposibles o movimientos que desafían la gravedad. En estos desajustes emerge una pregunta para las prácticas coreográficas contemporáneas ¿qué tipo de corporalidades aparecen cuando el movimiento es mediado por sistemas algorítmicos?
A partir de esta inquietud, Olivares propone el concepto de prompting coreográfico, entendido como una forma de dirigir o escribir movimiento a través de instrucciones textuales dirigidas a sistemas de inteligencia artificial. En lugar de pensar el prompt únicamente como una herramienta técnica, la artista lo concibe como un dispositivo coreográfico, un espacio de negociación entre la intención humana y la interpretación de la máquina.

Durante la jornada se compartió también los resultados del laboratorio de prompting coreográfico que dirige la artista Olivares en el cual los bailarines y coreógrafos experimentan con estas tecnologías desde sus propias historias corporales. Una de las cosas que resultaron interesantes fue observar cómo, frente a la tendencia de los modelos de inteligencia artificial a homogeneizar ciertas estéticas corporales, los ejercicios del laboratorio producen resultados profundamente distintos entre sí. Cada cuerpo, cada trayectoria, cada modo de describir el movimiento genera interpretaciones inesperadas por parte del sistema.
Otro momento significativo de la presentación fue la discusión en torno a las bioseñales. En esta pieza diversos sensores colocados en el cuerpo registraban variables fisiológicas —como el pulso— que posteriormente son traducidas en sonido y visualidades generadas mediante inteligencia artificial. El resultado fue un circuito continuo entre lo orgánico y lo digital, en el cual el cuerpo producía datos, los datos generaban imágenes y sonidos, y estos regresaban nuevamente al espacio performativo.
En estas experiencias aparece una idea central para pensar la relación entre arte e inteligencia artificial, en la cual el cuerpo deja de ser únicamente el ejecutante de una coreografía para convertirse en interfaz dentro de un sistema híbrido donde interactúan humanos, algoritmos y dispositivos tecnológicos.
A lo largo de la conversación también emergió una reflexión crítica sobre el error. Tanto en los sistemas de captura de movimiento como en los modelos generativos, las fallas de reconocimiento producen gestos y configuraciones corporales inesperadas. En lugar de corregir estos desajustes, Olivares propone habitarlos como espacios de creación. En ese sentido, los cuerpos generados por inteligencia artificial buscan abrir la posibilidad de cuerpos imposibles, movimientos que no responden a las leyes físicas tradicionales.
Finalmente, la jornada abordo una dimensión política que atraviesa estas tecnologías. A medida que los sistemas de inteligencia artificial se han popularizado, también han aparecido otras formas de control y censura sobre la representación del cuerpo. Olivares compartió, por ejemplo, cómo ciertos algoritmos de reconocimiento interpretan composiciones coreográficas —como cuerpos superpuestos— como escenas de violencia o guerra. Este tipo de situaciones pone en evidencia los sesgos que existen en las bases de datos y en los sistemas de clasificación de imágenes.
En este contexto, discutir la colonialidad del dato resulta indispensable. Las inteligencias artificiales aprenden a partir de archivos que responden a jerarquías culturales, económicas y geopolíticas específicas. Por ello, más que herramientas neutrales, estos sistemas participan activamente en la producción de imaginarios y subjetividades.
La jornada dejo en claro que el desafío para artistas y coreógrafos no consiste únicamente en utilizar estas tecnologías, sino en intervenir críticamente en ellas. El prompting coreográfico aparece así como una práctica que permite negociar con los algoritmos, explorar sus errores y cuestionar las estéticas dominantes que producen.
En un momento en que las máquinas comienzan a participar activamente en la generación de imágenes y movimientos, la coreografía se expande hacia otros territorios. Tal vez el futuro de estas prácticas no radique en reproducir el cuerpo humano dentro de la máquina, sino en explorar las formas de movimiento que emergen cuando humanos y algoritmos coreografían juntos.
