
Las jornadas dedicadas al prompting coreográfico, la colonialidad del dato y la producción de subjetividades en el universo algorítmico fue un espacio de provocación conceptual. La conversación con Fernanda Olivares, invitada desde el Centro Nacional de las Artes, se desarrolló junto con Paula Dreyer (UNLP), Alejandra Ceriani (UNLP) y Bruno Bresani (UNAM), con quienes se modero un diálogo que rápidamente se desplazó del terreno técnico hacia preguntas más profundas sobre el cuerpo, la imagen y la política de los datos en la era algorítmica.
Desde el primer momento se planteo pensar estas tecnologías como una suerte de caverna platónica, donde se crea una red de imágenes y simulaciones que son producidas por algoritmos, los cuales funcionan como sombras proyectadas sobre las pantallas. En ese espacio, el cuerpo ya no es solamente representado; ahora puede ser generado, reinterpretado y transformado por sistemas artificiales. Esta condición plantea una serie de preguntas que atraviesan hoy tanto la danza como el arte contemporáneo ¿qué sucede cuando coreografiamos cuerpos que no existen?, ¿qué tipo de visualidad produce la máquina cuando “mira” al cuerpo?, ¿qué significa realidad cuando el cuerpo digital puede parecer más verosímil que el físico?
La conversación con Olivares se centro particularmente en la noción de prompting coreográfico, un término que la artista ha desarrollado para describir el proceso de dirigir movimiento mediante instrucciones textuales hacia sistemas de inteligencia artificial. Se le pregunto si este procedimiento podía considerarse una forma de escritura del movimiento. Su respuesta fue sugerente, acolándonos que más que una notación coreográfica cerrada, el prompting sería un camino posible, una forma emergente de pensar cómo se dirige un cuerpo que ya no pertenece únicamente al ámbito humano.
En ese punto apareció una de las tensiones más interesantes del debate. Los coreógrafos estamos acostumbrados a trabajar con lenguajes complejos de descripción del movimiento —desde sistemas como la notación Laban hasta elaboradas metáforas corporales—, pero al interactuar con una inteligencia artificial es necesario simplificar el lenguaje, objetivarlo, traducirlo a una sintaxis que la máquina pueda interpretar. Este desplazamiento obliga a replantear la manera en que describimos el movimiento. El coreógrafo se convierte, en cierta medida, en traductor entre dos regímenes de corporalidad, entre el humano y el algorítmico.
El laboratorio de prompting coreográfico que Olivares ha desarrollado en el CENART parte precisamente de esta fricción. Allí participan artistas provenientes de distintos lenguajes corporales para experimentar con la escritura de instrucciones que permitan generar movimientos en entornos digitales. El objetivo no es únicamente producir imágenes o videos, sino explorar cómo se dirige un movimiento que, en muchos casos, no tiene equivalente físico.
Durante la conversación se menciono el trabajo del artista chileno Felipe Rivas San Martín, quien ha planteado la idea del prompting guerrillero, como una estrategia para hackear los sesgos de los sistemas de inteligencia artificial. Rivas observaba cómo los modelos generativos tienden a producir cuerpos estandarizados —estéticamente normativos, muchas veces blancos o estilizados— y proponía intervenir esos sistemas mediante prompts que introdujeran otras corporalidades.

Olivares retomó esta idea para hablar de un problema cada vez más evidente en el trabajo con estas tecnologías, la censura algorítmica. Las plataformas que controlan muchos de los modelos de inteligencia artificial imponen restricciones sobre la representación del cuerpo, lo que obliga a los artistas a desarrollar estrategias indirectas. En algunos casos, explicó, los prompts deben disfrazarse mediante metáforas o descripciones inesperadas para evitar los filtros automáticos. La creación artística se convierte así en una práctica de negociación con los límites impuestos por corporaciones tecnológicas.
Este punto abrió la discusión sobre la autoría. Si un cuerpo digital es generado por un sistema entrenado con millones de imágenes provenientes de distintos archivos, ¿a quién pertenece ese cuerpo? ¿Al programador que diseñó el modelo? ¿Al artista que escribió el prompt? ¿A las personas cuyas imágenes forman parte del dataset?
La respuesta de Olivares fue provocadora, planteando como en muchos casos, hablar de autoría resulta insuficiente para describir estos procesos. El funcionamiento de las comunidades de código abierto, muestran que la producción tecnológica contemporánea se basa en formas de creación colectiva y acumulativa. Los modelos se construyen a partir de capas sucesivas de aportaciones, modificaciones y reutilizaciones.
Sin embargo, esa dimensión colaborativa no elimina la necesidad de pensar en términos éticos sobre el uso de los datos corporales. Olivares menciono que en el laboratorio de creación que dirige, ha comenzado a establecer acuerdos claros con los participantes sobre el uso de sus registros de movimiento, dejando claro cómo se almacenan, durante cuánto tiempo se utilizan y si permanecerán anónimos. La razón es clara ya que el movimiento del cuerpo también es un dato biométrico. La manera en que caminamos o gesticulamos puede identificar a una persona con la misma precisión que una huella digital.

Este punto nos conecto directamente con el tema central de la jornada, la colonialidad del dato. Si los cuerpos pueden convertirse en información, entonces la pregunta política es ¿quién tiene derecho a capturar, almacenar y explotar esos datos? Las grandes corporaciones tecnológicas han construido su poder precisamente sobre la acumulación masiva de información. Frente a ello, muchos artistas y comunidades tecnológicas han defendido el potencial del open source como una forma de democratizar el conocimiento.
Hoy coreografiamos imágenes generadas por algoritmos, simulaciones digitales y, potencialmente, agentes no humanos. Pero esa expansión no es solo técnica; es también política y filosófica.
Si la red funciona como una nueva caverna platónica donde se proyectan cuerpos generados por máquinas, entonces la tarea del arte quizá consista en interrogar esas sombras, descubrir los sistemas de poder que las producen y explorar las posibilidades poéticas que emergen en sus fallas. En ese espacio ambiguo —entre código, cuerpo y algoritmo— comienza a delinearse otras formas de coreografiar.
