
Las Jornadas sobre Danza, Fotografía e Inteligencia Artificial, organizadas por la Cátedra Libre de Educación y Mediación Digital en Danza Performance de la Universidad Nacional de La Plata, se convirtieron para mí en un espacio particularmente fértil para pensar las mutaciones contemporáneas del cuerpo cuando este se encuentra con sistemas algorítmicos capaces de producir movimiento, imagen y decisiones coreográficas. Convocadas por Paula Dreyer y Alejandra Ceriani, las jornadas reunieron artistas e investigadores interesados en examinar cómo la inteligencia artificial está comenzando a transformar las formas de creación en la danza contemporánea.
Uno de los momentos fue la presentación de Diego Marimbucio, quien compartió un marco conceptual surgido de su investigación doctoral sobre la interacción entre humanos y sistemas de inteligencia artificial en procesos coreográficos. Su exposición, titulada “Matriz de movimiento maquínico”, buscaba sintetizar los hallazgos desarrollados en su libro Encarnando lo artificial: danza y co-creatividad humano-IA, trasladándolos a una herramienta analítica capaz de clarificar un campo todavía emergente.
La premisa inicial de su intervención fue pesar como cada vez más artistas trabajan bajo la etiqueta de danza y tecnología, a pesar de que aún carecemos de un vocabulario suficientemente preciso para describir qué ocurre realmente en estos procesos. Durante su participación en el grupo Dance and Technology de la Dance Studies Association, Marimbucio constató que incluso entre especialistas persiste una ambigüedad terminológica que dificulta comprender los métodos, los objetivos y las formas específicas de colaboración entre cuerpos humanos y sistemas técnicos.
Su propuesta consiste, entonces, en construir una herramienta conceptual que permita identificar los distintos roles que una tecnología puede desempeñar dentro de un proceso creativo. Para ello recurre a un marco teórico híbrido que articula la cognición 4E —que entiende la cognición como encarnada, situada y extendida—, la fenomenología de la percepción de Maurice Merleau-Ponty, la teoría del actor-red de Bruno Latour y las teorías del entrainment o acoplamiento rítmico entre cuerpos.

Este entramado teórico nos permite pensar la danza como un sistema de interacciones donde humanos y entidades no humanas pueden adquirir diferentes grados de agencia. Desde esta perspectiva, la inteligencia artificial no aparece simplemente como una herramienta instrumental, sino como un posible actor dentro de una red de relaciones creativas.
La matriz propuesta por Marimbucio organiza estas relaciones a partir de dos variables principales, donde se delinea el rol creativo que la tecnología desempeña y el tipo de interacción que establece con el performer humano. En ese modelo, una máquina puede funcionar como catalizador, títere, agente o colaborador, dependiendo de su capacidad para generar contenido y dialogar con el entorno.
La distinción entre estas categorías resulta particularmente sugerente. Un catalizador es cualquier objeto o sistema que inspira ideas pero no produce contenido propio; un títere, en cambio, aparenta autonomía mientras ejecuta una programación predeterminada. Un agente ya posee capacidad generativa, mientras que el colaborador establece un verdadero intercambio con el performer humano, permitiendo una forma de co-creación.

A partir de esta taxonomía, Marimbucio presentó diversos ejemplos que ilustran cómo estas categorías se manifiestan en la práctica artística contemporánea. Desde experiencias de danza intermedial en realidad virtual hasta coreografías ejecutadas por robots industriales, pasando por proyectos de inteligencia artificial generativa que producen movimientos inéditos a partir de bases de datos de captura de movimiento.
Particularmente fascinante fue el caso de “Dancing Embryo”, proyecto desarrollado junto a la artista digital Benedict Wallace. En esta obra, un bailarín de inteligencia artificial genera movimientos propios mientras responde a los gestos del performer humano mediante sensores y sistemas de visión computacional. En lugar de reproducir movimientos preprogramados, el sistema modifica sus decisiones coreográficas en tiempo real, creando un espacio de interacción donde humano y máquina afectan mutuamente sus acciones.
Lo interesante de esta propuesta reside en la pregunta que la atraviesa ¿qué significa realmente bailar con una máquina? La distinción entre bailar para y bailar con una entidad tecnológica se vuelve central cuando los sistemas con los que interactuamos carecen de conciencia o intencionalidad. La danza, en este contexto, se convierte en un laboratorio para explorar formas inéditas de comunicación entre inteligencias heterogéneas.
Otro aspecto de la reflexión de Marimbucio fue la noción de relación de poder dentro de los procesos de co-creación. Para él, la colaboración con inteligencia artificial no depende únicamente del nivel tecnológico de los dispositivos, sino también del posicionamiento crítico del artista frente a la herramienta. La co-creación no surge necesariamente de la tecnología más avanzada, sino de la capacidad de los creadores para repensar su relación con las máquinas.
Esta exposición en el marco de las jornadas desplazó la discusión más allá del entusiasmo tecnológico. En lugar de celebrar la inteligencia artificial como una novedad espectacular, la propuesta invitaba a pensarla como un interlocutor dentro de procesos creativos complejos, donde la agencia humana y la maquínica se entrelazan.
En el encuentro entre cuerpos humanos, sensores, bases de datos y sistemas generativos, emerge una pregunta que atraviesa todo el campo del arte contemporáneo ¿cómo redefinir la autoría, la presencia y el movimiento cuando la creación se comparte con entidades no humanas?
