
El trabajo de Gilberto Esparza se sitúa en la intersección entre tecnología, biología y ecología. Desde mediados de la década de 2000, Esparza ha desarrollado una práctica artística que utiliza sistemas robóticos, biotecnología y reciclaje tecnológico para investigar los efectos de la actividad humana sobre los ecosistemas del planeta. Su obra propone imaginar otras formas de coexistencia entre organismos vivos, máquinas y entornos urbanos, cuestionando las estructuras tecnológicas y económicas que han producido la actual crisis ambiental.

Nacido en Aguascalientes en 1975 y formado en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guanajuato, Esparza pertenece a una generación de artistas latinoamericanos que han incorporado herramientas científicas y tecnológicas en sus procesos creativos. A lo largo de su trayectoria ha trabajado en colaboración con ingenieros, biólogos, botánicos y centros de investigación, generando proyectos que diluyen las fronteras entre laboratorio científico y espacio expositivo. Su obra se distingue por una fuerte dimensión crítica hacia la cultura tecnológica contemporánea.

Esparza propone una relectura del papel de la tecnología, en la cual en lugar de herramientas de dominio, sus máquinas funcionan como organismos híbridos que buscan restablecer relaciones simbióticas entre sistemas naturales y artificiales.

Esta perspectiva se manifiesta en su proyecto Parásitos Urbanos (2006–2007). En esta serie de esculturas robóticas, el artista construye organismos artificiales a partir de residuos tecnológicos —componentes electrónicos desechados, fragmentos de electrodomésticos, cables y circuitos— que son reorganizados en nuevas estructuras mecánicas capaces de interactuar con el entorno urbano. Estas criaturas tecnológicas funcionan como “parásitos” que habitan la infraestructura de la ciudad, alimentándose de la energía eléctrica que circula en sus redes.

Estos dispositivos constituyen una crítica directa al metabolismo energético de las ciudades contemporáneas. Los parásitos robóticos se insertan en el paisaje urbano para revelar la compleja red de flujos energéticos y materiales que sostiene la vida cotidiana. Al mismo tiempo, su apariencia precaria y ensamblada a partir de residuos pone en evidencia el ciclo de obsolescencia que caracteriza a la tecnología de consumo. Las máquinas que la sociedad descarta regresan así al espacio público convertidas en nuevas formas de vida artificial.

La relación entre tecnología y naturaleza se vuelve más compleja en su proyecto Perejil buscando al sol (2007), una obra que imagina un organismo híbrido entre planta y máquina. En este experimento, una planta es incorporada a un sistema robótico que le permite desplazarse en busca de luz solar dentro de un entorno urbano dominado por edificios y sombras. El dispositivo traduce una necesidad biológica elemental —la búsqueda de luz para realizar la fotosíntesis— en un comportamiento mecánico que convierte a la planta en un organismo móvil.

En lugar de representar la naturaleza como un sistema separado del mundo urbano, el artista propone escenarios donde plantas, bacterias y máquinas se combinan en formas de vida híbridas capaces de sobrevivir en paisajes artificiales.

Este enfoque alcanza una mayor complejidad en Plantas Nómadas (2008–2014). Estas esculturas robóticas están diseñadas como organismos simbióticos compuestos por sistemas mecánicos, plantas vivas y celdas de combustible microbianas. Las máquinas se alimentan de agua contaminada que recolectan en su entorno; los microorganismos presentes en el sistema metabólico transforman los residuos orgánicos en energía eléctrica, la cual alimenta los circuitos del robot.

En este proceso se establece una cadena metabólica donde diferentes formas de vida —bacterias, plantas y dispositivos tecnológicos— colaboran para producir energía y depurar el agua. Concebidas como entidades autónomas, las Plantas Nómadas están pensadas para desplazarse por paisajes degradados, limpiando pequeñas cantidades de agua contaminada mientras generan la energía necesaria para su propio funcionamiento.

La obra sugiere así un escenario futurista en el que máquinas biotecnológicas podrían contribuir a restaurar ecosistemas dañados por la actividad industrial. Sin embargo, el proyecto no pretende ofrecer una solución técnica directa al problema ambiental. Más bien funciona como una especulación crítica sobre el papel que la tecnología podría desempeñar en la reparación de los daños que ella misma ha ayudado a producir.

La investigación de Esparza sobre la relación entre energía, microorganismos y tecnología continúa en el proyecto Plantas Autofotosintéticas (2013–2016). En esta instalación, colonias de bacterias presentes en aguas residuales generan electricidad a través de su metabolismo. La energía producida por estos microorganismos alimenta un sistema que permite a las plantas realizar la fotosíntesis mediante iluminación artificial.

Este sistema simbiótico convierte el agua contaminada en una fuente energética capaz de sostener la vida vegetal. El proceso reproduce, en pequeña escala, un ecosistema artificial donde distintos organismos cooperan para reciclar materia y energía. Al observar este sistema, el espectador se enfrenta a una paradoja, en la cual los desechos generados por las ciudades pueden transformarse en recursos vitales cuando se integran en ciclos ecológicos adecuados.

La dimensión sonora de esta investigación aparece en proyectos como BioSoNot, donde los datos provenientes de procesos biológicos y ambientales son traducidos en sonido. A través de sintetizadores y sensores, el artista convierte la contaminación de los ríos o la actividad metabólica de microorganismos en composiciones sonoras que permiten “escuchar” procesos invisibles del entorno. Esta estrategia artística busca amplificar la percepción humana de fenómenos ecológicos que normalmente permanecen fuera de nuestra experiencia sensorial directa.

En años recientes, Esparza ha ampliado su investigación hacia ecosistemas marinos con el proyecto Korallysis (2018–2024). Esta iniciativa propone intervenciones artísticas en distintos puntos del océano con el objetivo de generar conciencia sobre la crisis de los arrecifes de coral, gravemente afectados por el cambio climático, la contaminación y la urbanización costera. En este contexto, el artista explora el desarrollo de organismos híbridos que combinan estructuras artificiales con procesos biológicos, buscando estimular la regeneración de estos ecosistemas vulnerables.

El arte de Gilberto Esparza pone en evidencia la interdependencia entre sistemas biológicos y sistemas artificiales. Sus máquinas vivas, alimentadas por bacterias, agua contaminada o energía solar, funcionan como prototipos de nuevas ecologías híbridas que cuestionan las lógicas extractivas del presente y abren la imaginación hacia formas más sostenibles de habitar el planeta.
