
En El amor que permanece (2025), Hlynur Pálmason abandona las resonancias épicas de sus trabajos anteriores para sumergirse en un territorio más frágil y cotidiano, mediante la lenta desintegración de una familia. A través de un año marcado por el paso de las estaciones, la película observa con delicadeza el proceso de separación entre Anna y Magnus, y las múltiples formas en que sus tres hijos habitan esa fractura.

Estructurada como una serie de viñetas íntimas, la película se construye a partir de momentos aparentemente menores, marcadas por comidas compartidas, silencios incómodos, gestos que insisten en una cercanía que ya no encuentra su lugar. Como si intentaran preservar algo del vínculo, los personajes parecen actuar para un archivo imaginario, un álbum familiar donde cada instante busca resistir al olvido.

Anna, una artista cuya obra no encuentra reconocimiento, y Magnus, un marinero que encarna una masculinidad en crisis, orbitan entre la distancia y la inercia afectiva. Él insiste en la posibilidad de recomponer lo perdido; ella, en cambio, parece haber asumido la irreversibilidad de la ruptura. En esa tensión, Hlynur Pálmason despliega una mirada sensible que evita el dramatismo fácil para centrarse en las zonas grises del afecto.

Uno de los mayores aciertos del filme radica en su capacidad para observar el mundo desde la perspectiva de los hijos. La confusión, el desconcierto y la adaptación silenciosa de los niños revelan una verdad incómoda, mientras los adultos se desmoronan, ellos aprenden a habitar una nueva normalidad hecha de fragmentos.

Visualmente, Pálmason reafirma su precisión formal. Los paisajes islandeses, capturados en 35 milímetros, son una extensión emocional del relato. La naturaleza acompaña el tránsito de los personajes, subrayando la inevitabilidad del cambio. El filme también introduce momentos de extrañeza, a través de irrupciones de humor absurdo y destellos de realismo mágico que desestabilizan la aparente naturalidad de la puesta en escena.

El amor que permanece encuentra en lo cotidiano una forma de poesía. Hay en sus imágenes una atención paciente a los pequeños gestos, a los accidentes mínimos, a esos instantes donde la vida se revela en su complejidad. En esa acumulación de fragmentos, la película compone un tejido emocional que oscila entre la melancolía y una inesperada ligereza.
