
Con Resurrection (China-Francia, 2025), Bi Gan lleva su poética al límite de la experiencia sensorial. Tras la hipnótica Largo viaje hacia la noche, el cineasta construye aquí una obra mutante, excesiva y fascinante que convierte el acto de soñar en una forma de resistencia.

En un futuro donde la humanidad ha renunciado a los sueños a cambio de longevidad, una mujer (interpretada por Shu Qi) encuentra a una criatura que aún habita el territorio de las imágenes oníricas. Ese encuentro desencadena un descenso a una serie de sueños que son, al mismo tiempo, fragmentos de memoria, historia del cine y variaciones sobre la identidad. El ser, encarnado por Jackson Yee, se transforma en múltiples figuras a lo largo de distintos episodios, como si cada sueño fuese una vida posible.

Resurrection se despliega como una constelación de relatos atravesados por una lógica de ensoñación. Cada segmento responde a una sensibilidad distinta —cercana a los seis sentidos del pensamiento budista— y adopta formas que dialogan con diversas tradiciones cinematográficas, desde el expresionismo alemán al cine negro, del melodrama al fantástico vampírico. En ese recorrido, Bi Gan reencarna el cine, lo atraviesa, lo hace mutar.

La película propone, así, una experiencia cercana a la deriva. Hay ciudades en ruinas, monasterios abandonados, estafadores, músicos, criaturas nocturnas; hay amor, muerte, memoria. Pero todo aparece desarticulado, como si emergiera de una conciencia fragmentada. En este sentido, el film busca ser habitado. Su lógica es la del sueño, mediante asociaciones libres, repeticiones, desplazamientos.

Bi Gan combina técnicas que van del cine primitivo —dobles exposiciones, juegos de luces, artificios casi mágicos— a una sofisticación contemporánea que incluye largos planos. El resultado es un flujo de imágenes que construyen un estado.

Resurrection no es una obra complaciente. En el centro de este laberinto visual late una pregunta ¿qué ocurre cuando dejamos de soñar? La respuesta de Bi Gan es sensorial. Soñar —parece decirnos— es una forma de memoria, pero también de supervivencia. El cine, entonces, se convierte en el último refugio de esa capacidad perdida.
