
Con Nuestra tierra (2025), Lucrecia Martel da un giro hacia la no ficción sin abandonar las tensiones que han marcado su filmografía. Si en La ciénaga o Zama exploraba los sedimentos invisibles de la historia en lo cotidiano, aquí esos estratos emergen con una contundencia política y ética que convierte al documental en una forma de intervención.

El punto de partida es el asesinato de Javier Chocobar, comunero de la comunidad Chuschagasta, ocurrido en 2009 durante un intento de desalojo en Tucumán. El crimen —registrado en video— se convierte en el núcleo de una estructura narrativa que entrelaza el juicio oral, los archivos visuales y la memoria viva de la comunidad. La película indaga en los más de quinientos años de legitimaciones históricas, jurídicas y simbólicas que hicieron posible ese disparo, estableciendo una perturbadora equivalencia entre el arma que mata y la cámara que registra.

Nuestra tierra desplaza el centro hacia una pregunta ¿qué significa “probar” algo cuando las propias instituciones están atravesadas por lógicas coloniales? La cineasta observa cómo el sistema judicial argentino exige a los pueblos originarios justificar su existencia en un lenguaje que les es ajeno, evidenciando un desequilibrio estructural donde la ley no garantiza justicia.

Formalmente, la película construye una tensión constante entre escalas. Los planos aéreos revelan la vastedad del territorio en disputa, mientras que las fotografías familiares y los relatos de los comuneros devuelven a la tierra su dimensión íntima, afectiva, vivida. En ese contraste se juega el verdadero conflicto, no se trata solo de la posesión de un espacio físico, sino de la supervivencia de una memoria, de una identidad y de una forma de habitar el mundo.

Martel, escucha, observa, deja que el tiempo y los silencios hagan su trabajo. Esta distancia densifica el relato, obliga al espectador a confrontar a las imágenes sin mediaciones, a hacerse cargo de lo que ve.

En un presente donde los discursos hegemónicos siguen negando la persistencia de los pueblos originarios, la película funciona como un acto de memoria y, al mismo tiempo, como una forma de reparación simbólica.
