
En Magallanes (2025), el cineasta filipino Lav Diaz emprende una relectura radical de la figura de Fernando de Magallanes, despojándola del aura heroica que la historia oficial le ha conferido. La película se despliega como una meditación hipnótica sobre el poder, la obsesión y la violencia inherente a todo proyecto colonial.

Encarnado por Gael García Bernal, Magallanes aparece aquí como un sujeto en transformación constante, encarnado en un joven navegante impulsado por el deseo de descubrir el mundo que, progresivamente, se convierte en un agente de conquista atrapado en su propia deriva ideológica. La estructura en tres actos —la ambición inicial, la negociación con las coronas europeas y el viaje hacia la destrucción— traza un arco que culmina en una forma de extravío moral y psíquico.

Lav Diaz construye la película a partir de largos planos secuencia que exigen del espectador una atención sostenida. Este tempo dilatado es una estrategia para sumergirnos en la experiencia del viaje, del desgaste físico, el hambre, los motines, la incertidumbre de un horizonte que nunca se alcanza. En ese ritmo, el tiempo histórico se disuelve y deja paso a una percepción más densa, casi espiritual, de los acontecimientos.

La fotografía de Artur Tort refuerza esta dimensión contemplativa, mediante sus encuadres convierten a la naturaleza en un escenario ambiguo, fascinante y amenazante. La aparente serenidad de los paisajes contrasta con la violencia que los atraviesa.
Diaz busca cuestionar los mecanismos históricos, mediante la invención de sus figuras, a través de la ambigüedad de los testimonios y la centralidad de las voces locales introducen una fisura en la narrativa colonial tradicional. Magallanes es una película sobre la forma en que el pasado ha sido contado.

Magallanes es una experiencia que convierte el viaje en un proceso de descomposición —del cuerpo, de la fe, de la razón— y que encuentra en lo cotidiano el verdadero archivo de la historia.
