
La obra de Rubén Maya propone detenerse, escuchar el agua, mirar con calma, permanecer en silencio.
Durante la conversación realizada en el Seminario RC14 de la plataforma Zona de Riesgo en torno a su proyecto desarrollado en las inmediaciones de la presa de San José, en Huimilpan, Querétaro, Maya reveló que su obra nació del diálogo prolongado con el paisaje que lo atravesó y transformó hasta convertirlo en un complejo sitio ritual integrado por ciento veinticinco personajes grabados directamente sobre las piedras del lugar.
Estas intervenciones no buscan imponerse sobre el entorno, dialogan y se incorporan al mismo dejando que surjan de él. El artista nos relato cómo recorrió montañas, barrancas y afluentes probando materiales, escuchando las posibilidades de cada espacio y permitiendo que fueran las propias rocas las que orientaran el proceso creativo. No existe aquí una lógica monumental basada en el dominio del territorio, sino una práctica de escucha. Maya conversa con el paisaje, lo habita.

Sus figuras híbridas dialogan con el petroglifo ancestral, el tótem y la aparición fantástica, son presencias que nos atraviesan. Vigilantes silenciosos que observan al visitante mientras son observados. Espejos simbólicos que remiten tanto a la memoria colectiva como a las regiones menos exploradas de la subjetividad.
Jung aparece en su discurso a partir de la noción de la sombra, llevándonos a esa zona oscura de la personalidad donde habitan los impulsos, deseos y memorias reprimidas. Maya integra este concepto a una poética de la transformación, de lo ritual. Sus personajes emergen como manifestaciones de una arqueología interior donde la piedra funciona simultáneamente como soporte material y metáfora psíquica.

El artista fabrica una memoria posible, crea vestigios para una civilización imaginaria. Petrograbados que parecen haber estado ahí desde siempre, aunque pertenezcan plenamente al presente. Su trabajo es una arqueología invertida, produce ruinas futuras.
La dimensión sonora en la obra de Maya resulta igualmente nodal. El artista incorpora la escucha como parte de la experiencia estética. El sonido del río, el viento entre los árboles, los grillos nocturnos y las vocalizaciones intencionadas conforman una atmósfera que convierte al espacio en una instalación expandida. La obra atraviesa a la imagen; ocurre en la relación entre cuerpo, paisaje y percepción.

Uno de los aspectos más sugerentes en estas intervenciones es la forma en que se generan relatos espontáneos entre quienes las visitan. Algunos habitantes creen ver figuras religiosas; otros hablan de extraterrestres o de vestigios ancestrales desconocidos. Los visitantes construyen explicaciones, inventan historias y transmiten rumores. El mito reaparece allí donde parecía imposible. La obra recupera el valor cultural del enigma.
Las piedras grabadas de Huimilpan constituyen un dispositivo de contemplación. Un espacio donde la experiencia artística se aproxima al rito sin convertirse en dogma; donde la memoria ancestral dialoga con las preguntas contemporáneas; donde el paisaje deja de ser escenario para convertirse en interlocutor.
La relevancia de la obra de Rubén Maya reside precisamente en esa capacidad para abrir zonas de misterio dentro de la vida cotidiana. Sus petrograbados invitan a lo complejo, recuperando la posibilidad del asombro. El artista nos plantea que la función más profunda del arte es volver al mundo nuevamente enigmático.
