
La inteligencia artificial se ha instalado en la cultura contemporánea con la velocidad de una tecnología inevitable. En apenas unos años pasó de ser una herramienta especializada a convertirse en un dispositivo cotidiano para escribir, diseñar, programar, producir imágenes y automatizar procesos creativos. Sin embargo, mientras gran parte del debate público oscila entre la fascinación tecnoutópica y el miedo apocalíptico, algunos artistas y programadores comienzan a formular preguntas más complejas: ¿qué significa realmente crear con inteligencia artificial? ¿Qué decisiones seguimos tomando los humanos? ¿Y cómo sostener una práctica crítica cuando las imágenes ya no necesitan un referente para existir?
Durante una conversación entre artistas, programadores e investigadores vinculados a prácticas intermediales, surgió una idea, la IA no ha transformado radicalmente el proceso creativo, sino más bien las formas de programación y mediación técnica que acompañan la creación. La tecnología continúa siendo, para muchos artistas, una excusa para pensar, cuestionar y construir experiencias sensibles antes que un fin en sí mismo.
Para algunos de los participantes, la programación no constituye necesariamente un acto creativo autónomo, sino una estructura de apoyo para que la experiencia artística pueda existir. El código, los algoritmos y los modelos de inteligencia artificial se integran dentro de una totalidad mayor donde también intervienen el cuerpo, la escena, la imagen, el sonido y la sensibilidad estética.
En este contexto, la IA comienza a funcionar como una extensión de ciertas capacidades técnicas que antes requerían grandes equipos de investigación o conocimientos altamente especializados. Reconocimiento de patrones, clasificación de imágenes, entrenamiento de modelos o generación visual son procesos que hoy pueden ser explorados desde prácticas artísticas independientes. Sin embargo, el acceso a estas herramientas no elimina la necesidad de criterio; por el contrario, la vuelve más urgente.
Frente a la aparente “verdad” de las imágenes producidas por IA, los artistas insisten en la necesidad de desarrollar una mirada crítica y desconfiada. Las imágenes generadas ya no dependen de un acontecimiento real para existir. Son construcciones plausibles, coherentes y visualmente convincentes, pero carecen de referente directo. Allí reside tanto su potencia poética como su peligro político.
Se plantea un vínculo especialmente sugerente entre los sistemas contemporáneos de reconocimiento emocional y las fotografías de las histéricas realizadas por Jean-Martin Charcot a finales del siglo XIX. En ambos casos aparece una misma operación, la producción de imágenes legitimadas como verdad científica a partir de comportamientos inducidos. Así como las pacientes de Charcot interpretaban ciertos gestos frente a la cámara bajo la autoridad médica, hoy muchos modelos de IA aprenden emociones humanas mediante actores que simulan expresiones faciales estandarizadas.
La analogía resulta inquietante porque evidencia algo, las inteligencias artificiales no descubren el mundo de manera neutral, sino que aprenden a partir de modelos culturales previamente construidos. Toda IA hereda sesgos, clasificaciones y estructuras ideológicas. Por eso, los artistas insisten en que la tarea no consiste en rechazar estas tecnologías, sino en interrogarlas continuamente.
Aunque los sistemas generativos funcionan desde arquitecturas extremadamente complejas, varios participantes señalan que no son completamente indescifrables. Herramientas de código abierto y modelos locales permiten comprender parcialmente cómo se producen ciertas imágenes, qué modelos intervienen y qué tipo de decisiones estadísticas participan en la generación visual.
Frente a plataformas cerradas como Midjourney, algunos artistas prefieren trabajar desde sistemas más abiertos y experimentales, aunque los resultados visuales sean técnicamente menos espectaculares. Lo importante no es únicamente la calidad de la imagen, sino la posibilidad de entender el proceso y construir una relación menos pasiva con la tecnología. Programar, en ese sentido, se vuelve también una forma de resistencia cultural.
¿Deben los artistas aprender a programar? Para los programadores/artistas la experiencia artística y la sensibilidad visual continúan siendo más importantes que el dominio técnico absoluto. Un fotógrafo con cultura visual, conocimiento de composición y experiencia corporal sobre la imagen puede llegar mucho más lejos utilizando IA que un programador sin formación estética intentando producir fotografías sintéticas.
La afirmación invierte ciertos imaginarios contemporáneos. En lugar de pensar que la programación reemplaza al oficio artístico, se sugiere que las herramientas de IA amplifican capacidades ya existentes. El léxico visual del fotógrafo, su intuición compositiva y su relación corporal con la imagen siguen siendo fundamentales. La tecnología puede acelerar procesos, pero no sustituir completamente la sensibilidad construida mediante años de práctica.
Al mismo tiempo, aparece una preocupación transversal sobre las condiciones actuales de producción cultural y académica. La aceleración tecnológica no necesariamente libera tiempo para la reflexión; muchas veces incrementa la presión neoliberal de producir constantemente. Si antes un investigador podía dedicar años a pensar lentamente una idea, hoy la lógica institucional exige productividad permanente, velocidad y multitarea.
En ese escenario, la inteligencia artificial se vuelve ambigua, ya que puede facilitar procesos creativos y reducir ciertas cargas técnicas, pero también corre el riesgo de intensificar dinámicas de agotamiento y sobreproducción. La pregunta ya no es solamente qué pueden hacer las máquinas, sino qué tipo de vida cultural estamos construyendo alrededor de ellas.
Los participantes insisten en que el pensamiento crítico surge de habitar a en la incomodidad frente a las imágenes y frente a los sistemas automáticos. No se trata de satanizar la IA ni de celebrarla ingenuamente, sino de sostener una relación consciente, reflexiva y experimental con ella.
Lo que está en juego es algo más profundo, es el cómo preservar la capacidad humana de interpretar críticamente el mundo en una época donde las máquinas también producen signos, relatos e imágenes capaces de parecer verdaderas.
