
“Lo que me interesa más es lo que nos pasa a nosotros con la IA que la IA en sí misma”. La frase, pronunciada durante las jornadas Entre Código y Algoritmos, sintetiza uno de los núcleos más del debate contemporáneo sobre inteligencia artificial y producción artística. Más allá de las herramientas, los modelos generativos y la automatización, la verdadera pregunta parece desplazarse hacia otro lugar ¿qué transformaciones subjetivas, perceptuales y culturales produce la convivencia cotidiana con sistemas capaces de imitar lenguaje, imágenes y formas de pensamiento humano?
La conversación entre Emiliano Causa, Arcangelo Constantini y otros artistas vinculados al arte electrónico y generativo abrió un territorio donde pedagogía, filosofía, percepción y tecnología se entrelazan. Lo que apareció allí fue una sensación de que estamos atravesando una mutación cultural de una magnitud todavía difícil de dimensionar.
Constantini insistió en que su trabajo siempre estuvo atravesado por la pregunta acerca de los estados perceptivos. Lo onírico, lo concreto y lo digital no son para él territorios separados, sino condiciones que habitamos simultáneamente. Despertamos de los sueños para entrar en el espacio físico y, casi inmediatamente, nos sumergimos en interfaces que producen simulaciones luminosas capaces de reorganizar nuestra experiencia del mundo.

La inteligencia artificial aparece entonces como una capa perceptual. No sólo genera imágenes o textos, construye entornos cognitivos. Constantini imagina un futuro cercano donde sistemas inteligentes, conectados incluso a procesos neuronales, sean capaces de interpretar pensamientos y generar realidades inmersivas a partir de ellos. Este concepto lo plantea como parte de una continuidad evolutiva. Para él, lo tecnológico forma parte de la naturaleza misma.
En paralelo, Emiliano Causa introdujo la preocupación sobre el efecto de la IA sobre la producción cultural contemporánea. Los modelos generativos funcionan como máquinas de hiperimitación capaces de reproducir estilos, discursos y lenguajes a una escala descomunal. La consecuencia inmediata es una explosión inédita de contenido visual y textual. Nunca fue tan fácil producir imágenes. Y precisamente allí emerge una crisis para el arte.
¿Cómo producir singularidad en un universo saturado de imágenes? ¿Qué significa hacer arte cuando la producción visual parece haberse democratizado hasta niveles extremos? Para Causa, una de las paradojas más llamativas del presente es que, después de décadas de arte conceptual y experimentación contemporánea, la inteligencia artificial parece haber impulsado una especie de “hipersurrealismo figurativo” basado en el impacto visual inmediato. Imágenes técnicamente impresionantes pero rápidamente agotadas en su capacidad de afectación.

Ambos artistas entienden que la IA abre otras posibilidades estéticas. En el caso de Causa, el interés se desplaza hacia el diseño de experiencias interactivas capaces de responder dinámicamente a la subjetividad del público. Su proyecto Delegaciones explora precisamente esa dirección, creando sistemas donde la relación entre el cuerpo del espectador y la respuesta visual no esté completamente determinada de antemano, sino mediada por decisiones tomadas en tiempo real por modelos de inteligencia artificial.
Durante décadas, artistas vinculados al arte electrónico y generativo trabajaron construyendo sistemas de comportamiento relativamente previsibles. La inteligencia artificial introduce ahora una dimensión distinta, la posibilidad de sistemas capaces de interpretar patrones complejos, adaptarse y responder de manera variable e incluso impredecible. La obra deja de ser únicamente interactiva para volverse parcialmente autónoma.
El debate se volvió especialmente intenso cuando surgió la pregunta ¿cómo enseñar en medio de esta aceleración tecnológica? ¿Acelerar o desacelerar? ¿Cómo formar estudiantes capaces de habitar críticamente estos sistemas?
El problema ya no pasa sólo por enseñar herramientas técnicas. Lo que está en juego es la construcción de autonomía perceptual y pensamiento crítico. Constantini insistió en la importancia de la imaginación, la literatura y las técnicas de memoria como formas de resistencia frente a la automatización de la experiencia. Retomó incluso las estructuras mnemotécnicas griegas del “Palacio de la Memoria” como modelos para pensar pedagogías basadas en la construcción imaginaria de entornos habitables.
Por su parte, Causa propuso pensar la IA como un espejo que devuelve una versión amplificada de nosotros mismos. Los modelos no comprenden el mundo, lo reorganizan estadísticamente creando enormes cantidades de información. Pero justamente por eso nos revelan aspectos inquietantes de nuestra cultura. La fascinación contemporánea por atribuir conciencia, autoridad o incluso capacidad política a estos sistemas habla menos de las máquinas y más de nuestras propias proyecciones sobre ellas.
En medio de la conversación apareció también una reflexión generacional. Muchos de los artistas presentes pertenecen a una tradición vinculada al net art, el arte generativo y las tecnologías digitales desarrolladas desde los años noventa. Son artistas que crecieron trabajando con código, sistemas complejos, teoría del caos y procesos algorítmicos mucho antes de la popularización masiva de la inteligencia artificial.
Por eso, el debate actual no surge desde la fascinación ingenua por una novedad tecnológica, sino desde la experiencia acumulada de décadas trabajando en la intersección entre arte y sistemas computacionales. Lo que cambia ahora es la escala. Las tecnologías dejaron de ser herramientas relativamente especializadas para convertirse en infraestructuras culturales masivas capaces de reorganizar la vida cotidiana, la educación y la producción simbólica.
Causa recurrió a la metáfora del kitesurf. La cual la describió como la experiencia de entrar al mar arrastrado por una vela en medio de ráfagas violentas de viento. Para él, la situación actual de la inteligencia artificial produce una sensación semejante, la del vértigo, la aceleración y la conciencia permanente del riesgo.
En los deportes extremos, comenta Causa, uno aprende a leer el caos, a medir fuerzas, a saber cuándo avanzar y cuándo detenerse. El problema no consiste únicamente en adoptar o rechazar la inteligencia artificial. El verdadero desafío es construir las capacidades humanas necesarias para atravesar críticamente esta transformación sin perder autonomía, sensibilidad ni imaginación.
