
Electrobiota propone una pregunta ¿es posible construir tecnologías capaces de escuchar a otras especies? Las artistas Gabriela Munguía y Guadalupe Chávez desarrollan desde 2014 una práctica artística donde bioarte, ecología, pensamiento decolonial y tecnologías abiertas se entrelazan.
Fundado en Buenos Aires, el colectivo surge del encuentro entre ambas artistas durante sus estudios en la Maestría en Artes Electrónicas de la UNTREF. Desde entonces, Electrobiota ha construido un laboratorio vivo donde microorganismos, raíces, bacterias, lombrices, bioseñales, radiofrecuencias y dispositivos electrónicos conviven como agentes de creación estética y reflexión política.
Sus proyectos exploran las relaciones entre seres humanos, organismos vivos y sistemas tecnológicos a través de procesos de bioacústica, biosensado, agroecología y experimentación sonora. El colectivo investiga “posibles expresiones y gestualidades interespecies”.

Electrobiota propone tecnologías sensibles, dispositivos lentos, híbridos y afectivos que operan como mediadores ecológicos. Guadalupe Chávez describe a una de sus piezas como “una máquina inútil” que tarda doce horas en realizar un proceso de riego controlado por lombrices y ciclos biológicos. La inutilidad aparece aquí como gesto crítico frente a la lógica productivista contemporánea.
En el Laboratorio Rizosférico, investigan las intra-acciones entre raíces, hongos, bacterias y procesos geoquímicos mediante biosensores, tecnologías abiertas y experimentación colectiva, esa compleja zona subterránea donde interactúan organismos y nutrientes, funciona como una metáfora política y poética. Existe como red de interdependencias múltiples. Desde esta perspectiva, la tierra deja de ser un recurso pasivo y se convierte en un territorio sensible cargado de memoria, afectividad y agencia biológica.
En Terrafonías, el colectivo desarrolla instalaciones mecano-sonoras que exploran el ciclo del carbono atmosférico y la capacidad de los suelos para actuar como sumideros ecológicos. El dióxido de carbono, aparece reinterpretado como parte de un entramado donde plantas, microorganismos y territorios subterráneos participan activamente en el equilibrio planetario.

En Biotransmisiones, construyeron biointerfaces electrónicas capaces de transformar señales de la rizósfera en sonidos retransmitidos mediante radios FM intervenidas. El objetivo es amplificar formas de comunicación no humanas normalmente invisibles para la percepción cotidiana.
El colectivo insiste en desmontar los imaginarios modernos que presentan la tecnología como neutral, objetiva y universal. Sus dispositivos de código abierto y bajo costo funcionan como herramientas de desarme crítico frente a las narrativas tecnocráticas del progreso. Buscan desarrollar “tecnologías sensibles, ancestrales y comunitarias” capaces de generar vínculos afectivos con el entorno.
En la obra Eisenia —nombrada en referencia a una especie de lombriz utilizada en procesos de compostaje— el colectivo explora la colaboración entre organismos vivos y sistemas mecánicos. Las lombrices aparecen como entidades colaboradoras capaces de activar ciclos ecológicos y procesos tecnológicos compartidos. Aquí la máquina comienza a operar bajo temporalidades biológicas, lentas y orgánicas.

Sus proyectos no buscan controlar la naturaleza, sino generar condiciones para escucharla, sentirla y coexistir con ella. Electrobiota recuerda que toda tecnología implica también una forma de relación con el mundo. Sus dispositivos híbridos, sus biointerfaces y sus laboratorios interespecies funcionan como prácticas de resistencia sensible frente a una modernidad que separa naturaleza y cultura.
Electrobiota construye ecologías afectivas. Sus obras abren la posibilidad de imaginar otros modos de existencia compartida entre humanos y no humanos, entre materia biológica y sistemas tecnológicos.
