Una reflexión sobre la cultura digital a partir de Paula Sibilia y la sesión del Seminario RC14 con Manuel Parra.

¿Qué significa ser humano en una época en la que las tecnologías transforman nuestra percepción, modifican nuestras relaciones y establecen otros ritmos de producción y consumo? ¿Hasta qué punto el cuerpo biológico, con sus límites, necesidades y tiempos, puede adaptarse a un entorno digital que exige actualización permanente, velocidad y eficiencia? Y, ante la posibilidad de traducir nuestros cuerpos, recuerdos y comportamientos en datos, ¿qué es aquello que permanece de nosotros cuando la existencia comienza a imaginarse más allá de su dimensión biológica?
Estas preguntas atravesaron la sesión del Seminario RC14 de Zona de Riesgo, dedicada a analizar El hombre postorgánico, de la antropóloga e investigadora Paula Sibilia. El encuentro abrió una discusión sobre las relaciones entre cuerpo, imagen, información y tecnología, articulando las transformaciones históricas de los medios de reproducción visual con las nuevas formas de subjetividad que emergen en la sociedad digital.
La sesión propuso una reflexión colectiva sobre un mundo en el que la tecnología funciona como una condición que interviene en nuestra manera de habitar y comprender la realidad. Desde la reproducción técnica de las imágenes hasta la inteligencia artificial generativa, pasando por la manipulación genética y las promesas de inmortalidad digital, la discusión permitió reconocer que la transformación tecnológica de lo humano es corporal, política, económica y cultural.

Para situar el pensamiento de Sibilia, Manuel Parra retomo el pensamiento de La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, de Walter Benjamin; el Manifiesto cyborg, de Donna Haraway; y las reflexiones de W. J. T. Mitchell sobre las transformaciones de la imagen y la reproducción biocibernética.
Este recorrido nos permitió reconocer que la historia de la imagen es también una historia de las tecnologías que hacen posible su producción, reproducción y circulación. Desde la fotografía y el cine hasta las plataformas digitales, las imágenes han experimentado transformaciones que no se limitan a sus características formales. También han cambiado las condiciones de su recepción, sus posibilidades de intervención y las relaciones que establecemos con ellas.
En el entorno contemporáneo, la imagen se encuentra sometida a una circulación acelerada. Las redes sociales producen un flujo incesante de contenidos que renueva continuamente aquello que vemos, compartimos y olvidamos. La experiencia visual se integra así en una dinámica de actualización permanente, donde la abundancia y la velocidad son los valores dominantes.

Esta transformación plantea una cuestión ¿cómo producir imágenes críticas dentro de un sistema que exige producir cada vez más imágenes y hacerlo cada vez más rápido?
En este sentido pensemos como las imágenes pueden generarse, modificarse y reproducirse mediante sistemas capaces de procesar grandes cantidades de información en pocos segundos. Sin embargo, esta capacidad técnica no elimina las preguntas sobre el sentido de las imágenes ni sobre las experiencias humanas que intervienen en su producción.
En el texto del El hombre postorgánico del 2005 y se examinan los límites de lo humano, las transformaciones de la subjetividad y del cuerpo en el contexto de los avances tecnológicos. El texto funcionó para cuestionar las concepciones de la humanidad y las fronteras que han separado lo natural de lo artificial.

La figura del cuerpo postorgánico permite pensar una condición en la que lo humano se encuentra cada vez más relacionado con dispositivos, sistemas de información y tecnologías que amplían sus capacidades, al tiempo que modifican sus formas de percepción y comportamiento.
Durante la sesión, esta discusión se extendió hacia las ideas de evolución posbiológica y post-evolución. En lugar de comprender la transformación de los organismos únicamente a partir de los procesos de adaptación biológica, se examinó la posibilidad de intervenir tecnológicamente en la vida, modificar sus condiciones y traducir algunos de sus procesos a sistemas de información.
En los imaginarios científicos y culturales de finales del siglo XX y comienzos del XXI, la posibilidad de manipular la información genética alimentó la expectativa de corregir enfermedades, modificar organismos y ampliar las capacidades del cuerpo. En la actualidad, algunas de estas promesas conviven con otras centradas en la inteligencia artificial, la digitalización de la experiencia y la posibilidad de preservar representaciones de la identidad más allá de la muerte biológica.

Estos imaginarios no son nuevos, lo que cambia son las tecnologías mediante las cuales se proyecta la transformación de lo humano. Si en determinadas narrativas de ciencia ficción el futuro estaba asociado con la modificación genética y la creación de organismos artificiales, hoy ocupa un lugar central ante la posibilidad de convertir la memoria, la personalidad y el comportamiento en información procesable.
En este contexto, la figura del cyborg adquiere una dimensión que va más allá de la representación de un organismo mitad humano y mitad máquina. Se trata de comprender cómo la tecnología participa en la constitución de nuestra experiencia cotidiana, en las formas de trabajar, comunicarnos, producir conocimiento y relacionarnos con los demás.
Sin embargo recordemos que las tecnologías no se desarrollan en un vacío social ni sus efectos se distribuyen de manera equitativa. Las posibilidades de transformación del cuerpo y de la subjetividad están atravesadas por relaciones de poder, estructuras económicas y modelos culturales que determinan quiénes pueden acceder a determinadas tecnologías y bajo qué condiciones.
Por ello, cuestionar la idea tradicional de humanidad implica también revisar las categorías desde las cuales se ha definido lo humano. En este sentido recordemos que el concepto universal de «hombre» ha estado asociado a una tradición occidental que ha privilegiado determinadas experiencias y posiciones sociales, dejando otras identidades y formas de existencia en los márgenes.
En este sentido si relacionamos el cuerpo entendido como sistema de datos con la figura de la Esfinge en el mito de Edipo, nos permite explorar qué sucede cuando una representación pretende revelar una verdad sobre nosotros que, sin embargo, no podemos comprender por completo.

La Esfinge es una criatura híbrida que plantea un enigma. Su monstruosidad reside en su posición como figura de umbral, en la cual presenta una pregunta cuya resolución transforma la relación del sujeto con el conocimiento. En el mito, Edipo consigue descifrar el acertijo, pero el descubrimiento de la verdad sobre su propia historia desencadena una experiencia que no puede soportar sin consecuencias devastadoras.
Durante el seminario, esta figura se interpretó como una metáfora posible de nuestra relación con los sistemas digitales. Los datos que producimos, las imágenes que compartimos y los perfiles que las plataformas construyen sobre nosotros pretenden describir quiénes somos, anticipar nuestros comportamientos y hacer legibles nuestras preferencias. Sin embargo, esa representación no equivale necesariamente a la experiencia de la persona representada.
El perfil digital puede entenderse, en este sentido, como una suerte de monstruo contemporáneo, como una construcción que surge de la acumulación y el procesamiento de información, que se parece a nosotros y que, al mismo tiempo, escapa a nuestra comprensión. No se trata de afirmar que los datos sean falsos por definición, sino de reconocer que ninguna representación algorítmica agota la complejidad de una existencia.
El llamado alter ego digital constituye así una imagen parcial, una interpretación producida a partir de rastros, preferencias, interacciones y comportamientos registrados. Puede parecer coherente e incluso anticipar algunas de nuestras decisiones, pero permanece atravesado por los criterios de selección, clasificación y predicción de los sistemas que lo construyen.

La metáfora de la Esfinge nos permite introducir una pregunta ¿qué ocurre cuando la información que generamos se vuelve capaz de describirnos desde fuera, pero no de comprender aquello que vivimos desde dentro? El problema no consiste únicamente en la cantidad de datos disponibles, sino en la confusión entre información y experiencia, entre representación y presencia, entre la posibilidad de predecir una conducta y la capacidad de comprender a un sujeto.
Desde esta perspectiva, lo monstruoso aparece cuando una construcción técnica pretende sustituir la complejidad de lo humano por una representación aparentemente completa. La figura de la Esfinge no ofrece una respuesta definitiva, sino una advertencia sobre los límites del conocimiento y sobre la distancia que puede existir entre descifrar un sistema y comprender aquello que ese sistema representa.
La discusión sobre el cuerpo como información condujo al encuentro a una revisión crítica del dualismo cartesiano. En la tradición de René Descartes, la distinción entre la sustancia pensante (res cogitans) y la sustancia extensa (res extensa) estableció una separación entre mente y cuerpo. Durante el seminario se retomó este pensamiento para pensar cómo el cuerpo reaparece, bajo nuevas formas, en los imaginarios contemporáneos de la digitalización de la existencia.
Si la mente pudiera separarse conceptualmente del cuerpo, parecería posible imaginar que la conciencia se tradujera a un código y continuara existiendo una vez desaparecido el organismo. Bajo esta hipótesis, el cuerpo biológico sería temporal y perecedero, mientras que la información asociada con la identidad podría almacenarse, copiarse y reproducirse indefinidamente.

Esta promesa constituye uno de los imaginarios más persistentes de la cultura digital actual, donde se nos presenta la posibilidad de sobrevivir a la muerte mediante la preservación de nuestros datos, recuerdos, preferencias y patrones de comportamiento. La sesión recordó con ello al episodio San Junipero, de la serie Black Mirror, para explorar esta fantasía de continuidad digital.
En el episodio, la tecnología permite que las personas fallecidas mantengan una existencia en un entorno virtual. La posibilidad de permanecer en un mundo digital plantea una pregunta ¿la continuidad de una representación equivale a la continuidad de una persona?
Un sistema puede reproducir una voz, imitar expresiones, recuperar imágenes de archivo y generar respuestas a partir de conversaciones anteriores. También puede construir una personalidad artificial basada en los datos que alguien dejó durante su vida. Sin embargo, reproducir determinados comportamientos no demuestra que la conciencia, la experiencia subjetiva o la identidad de esa persona continúen existiendo.
Una simulación puede producir una impresión de presencia sin garantizar la continuidad de aquello que representa. El sistema puede responder como esperamos que lo hiciera alguien, pero sus respuestas dependen de los datos disponibles, de sus procedimientos de generación y de las limitaciones de su arquitectura.

La discusión conectó esta problemática con una experiencia cada vez más cotidiana, ¿qué pasa con la permanencia de las cuentas de personas fallecidas en plataformas como Facebook?. Los perfiles conmemorativos conservan fotografías, publicaciones, comentarios e interacciones que permiten a familiares y amistades volver sobre fragmentos de una vida. Aunque no equivalen a una inmortalidad digital, constituyen una forma de persistencia de la memoria en infraestructuras tecnológicas.
A partir de este fenómeno, se planteó la posibilidad de que, en el futuro, los sistemas generativos produzcan nuevas publicaciones, recomendaciones o comentarios a partir de los gustos y las expresiones de una persona fallecida. La tecnología ya permite desarrollar simulaciones de voz e imagen y generar contenidos sintéticos basados en archivos preexistentes. No obstante, las posibilidades técnicas deben distinguirse de las preguntas éticas sobre el consentimiento, la propiedad de los datos, los derechos de imagen y voz, y el uso de la memoria de quienes ya no pueden decidir sobre sus representaciones.
La cuestión, por tanto, no es solamente si una persona puede seguir apareciendo en el entorno digital, sino quién controla esa aparición, con qué propósito y bajo qué condiciones. La memoria puede convertirse en un espacio de cuidado y vínculo afectivo, pero también en un recurso susceptible de explotación comercial.
La inmortalidad digital aparece así como una promesa ambigua. En lugar de eliminar la muerte, puede producir otras formas de presencia, representación y ausencia. Lo que permanece no es necesariamente la persona, sino una construcción que mantiene activa una relación con su memoria.

Durante la sesión se recuperaron ejemplos de la ciencia ficción, entre ellos Evangelion, para discutir la creación de organismos artificiales, la clonación y la manipulación de la vida a partir de información genética.
En estas narrativas, el organismo se concibe como una estructura susceptible de ser intervenida, corregida y reconstruida. La vida aparece entonces como un sistema de información que puede modificarse para alcanzar determinadas condiciones y satisfacer necesidades específicas.
La comparación entre el genoma y el código binario permite establecer una analogía útil, siempre que no se confundan sus diferencias. La información genética participa en procesos biológicos complejos y no funciona de manera equivalente a un programa informático. Sin embargo, ambos imaginarios comparten una aspiración cultural, hacer legibles los sistemas, identificar sus componentes y modificar sus condiciones de funcionamiento.
El problema surge cuando la posibilidad de intervenir en el organismo se convierte en una obligación de mejorarlo. Bajo esta lógica, el cuerpo puede aparecer como una estructura defectuosa que necesita reparación permanente, mientras que la enfermedad, el envejecimiento y la vulnerabilidad se interpretan como problemas que deben resolverse mediante intervenciones técnicas.
No obstante, los beneficios de estas tecnologías dependen de las condiciones materiales de acceso. Los tratamientos avanzados, las terapias especializadas y determinados procedimientos de intervención biológica son costosos y quedan fuera del alcance de amplios sectores de la población. La promesa de una vida más saludable y de un cuerpo mejorado convive así con profundas desigualdades económicas y sociales.

La discusión recuperó, en este sentido, el problema de la eugenesia. Aunque las prácticas contemporáneas de investigación biomédica no deben equipararse automáticamente con los proyectos eugenésicos del pasado, resulta necesario examinar críticamente los discursos que establecen qué cuerpos deben mejorarse, qué vidas se consideran deseables y quién tiene la autoridad para definir esos criterios.
El ideal de perfeccionamiento reproduce jerarquías cuando convierte determinadas características físicas, cognitivas y genéticas en modelos normativos de existencia. También desplaza la atención de las condiciones sociales que producen enfermedad y sufrimiento hacia la responsabilidad individual de corregir el propio cuerpo.
Esta tensión se hizo visible al relacionar la manipulación biológica con la expansión de la farmacología. La posibilidad de tratar enfermedades, aliviar el dolor y mejorar la calidad de vida representa un avance. Sin embargo, el problema aparece cuando la medicalización se convierte en una respuesta generalizada a dificultades que también tienen causas sociales, económicas y políticas.
En diálogo con las reflexiones de Paul B. Preciado sobre el régimen farmacopornográfico, la sesión permitió pensar cómo los fármacos, las imágenes, las tecnologías y los discursos sobre el cuerpo participan en la producción contemporánea de subjetividades. La gestión de la vida no se realiza exclusivamente mediante prohibiciones o controles externos; también opera a través de los deseos, las expectativas de bienestar y las exigencias de rendimiento que las personas interiorizan.
De este modo, el cuerpo postorgánico no es únicamente el cuerpo intervenido por la tecnología. Es también el cuerpo sometido a la expectativa de optimización permanente, obligado a responder a normas de productividad, apariencia y rendimiento.
Uno de los ejes de la sesión fue la tensión entre los tiempos de la tecnología y los tiempos de los cuerpos. Mientras los sistemas digitales se actualizan constantemente y buscan incrementar su capacidad de procesamiento, el cuerpo biológico responde a procesos de transformación mucho más lentos, vinculados con sus necesidades materiales, afectivas y vitales.
Esta diferencia permite reconocer una de las contradicciones dentro de la cultura contemporánea, llevándonos a que aquello que se considera eficiente en el ámbito tecnológico no resulta deseable y sostenible para la vida humana.

La lógica de la actualización permanente —el upgrade— establece un horizonte en el que todo parece susceptible de ser optimizado. Los dispositivos deben mejorar sus prestaciones, los sistemas deben procesar más información y los entornos digitales deben ofrecer respuestas cada vez más rápidas. Bajo esta lógica, la lentitud se interpreta como una deficiencia y los límites del cuerpo como obstáculos que deben superarse.
Sin embargo, los cuerpos no funcionan como sistemas operativos. El descanso, el cansancio, la vulnerabilidad, el envejecimiento y los tiempos necesarios para aprender, recordar o elaborar una experiencia no pueden reducirse a parámetros de productividad sin perder dimensiones esenciales de la existencia.
La inteligencia artificial intensifica esta tensión. Su capacidad para procesar grandes cantidades de información, generar imágenes y automatizar tareas introduce otras posibilidades para la creación y el conocimiento, pero también refuerza la expectativa de obtener resultados inmediatos.
En el ámbito artístico, esta situación abre interrogantes sobre el sentido del proceso creativo. Si una máquina puede producir imágenes en pocos segundos, ¿qué lugar ocupan la espera, el error, la exploración y la experiencia corporal en la producción de una obra? ¿Debemos medir el valor de una imagen por la rapidez con la que fue generada o por su capacidad para producir preguntas, asociaciones y formas de sensibilidad?

Estas cuestiones resultan relevantes para las prácticas contemporáneas que trabajan con tecnologías digitales. La velocidad de producción no garantiza la profundidad de una experiencia estética, del mismo modo que la eficiencia de un sistema no asegura su pertinencia social y cultural.
La lentitud constituye una forma de resistencia frente a la exigencia de productividad constante. No se trata de idealizar el pasado ni de rechazar las herramientas digitales, sino de recuperar la posibilidad de decidir nuestros propios ritmos, reconocer los límites del cuerpo y preservar espacios para la reflexión y la experiencia sensible.
En este sentido si los mecanismos tradicionales de control estuvieron vinculados con instituciones, espacios de disciplina y regulaciones visibles, los entornos digitales introducen modalidades de intervención más continuas, distribuidas y difíciles de percibir.
Los teléfonos móviles, las redes sociales y las plataformas de servicios forman parte de una infraestructura que organiza actividades cotidianas, registra comportamientos y orienta decisiones. Aunque estas herramientas ofrecen posibilidades de comunicación y acceso a la información, también participan en sistemas económicos que convierten la atención, los datos y las interacciones de los usuarios en recursos de valor.

Cada desplazamiento por una plataforma, cada publicación y cada reacción se incorporan a circuitos de producción de información y monetización. La promesa de autonomía que acompaña a muchos servicios digitales convive así con mecanismos de concentración económica y dependencia tecnológica.
Durante el seminario surgió una pregunta ¿quién se beneficia realmente de la aceleración tecnológica? La automatización y la inteligencia artificial pueden facilitar numerosas actividades, pero sus beneficios no necesariamente se distribuyen entre quienes producen, utilizan y sostienen esos sistemas. La concentración de recursos y de infraestructura en grandes empresas tecnológicas obliga a examinar críticamente las relaciones entre innovación, trabajo y poder.
Esta problemática se relaciona con una de las observaciones surgidas durante el diálogo colectivo, dejándonos ante la posibilidad de que la separación entre mente y cuerpo reaparezca como una forma de distribución desigual de los beneficios tecnológicos.
Mientras determinados discursos asociados con Silicon Valley imaginan un futuro en el que la conciencia pueda independizarse del organismo, alcanzar una existencia digital prolongada y superar las limitaciones biológicas, excluyen a grandes sectores de la población debido a las desigualdades económicas, las condiciones materiales de trabajo, la explotación y la precariedad.

La hipótesis formulada durante la sesión fue que esta promesa podría establecer una división simbólica entre quienes aspiran a acceder a una supuesta inmortalidad digital y quienes permanecen reducidos a su dimensión corporal, entendida como fuerza de trabajo, recurso productivo y materia susceptible de administración.
Esta lectura describe una contradicción presente en ciertos imaginarios del futuro. Su importancia reside en mostrar que las promesas de trascender el cuerpo no están separadas de las condiciones sociales en las que vivimos. La posibilidad de prolongar la existencia mediante tecnologías avanzadas, al igual que el acceso a tratamientos médicos de alto costo, depende de infraestructuras, recursos y relaciones de poder distribuidos de manera desigual.
La transformación tecnológica de la vida cotidiana está relacionada, además, con modelos de producción que exigen disponibilidad constante, adaptación continua y una creciente subordinación del tiempo personal a las exigencias del mercado. La digitalización puede ampliar las posibilidades de comunicación y conocimiento, pero también convertir la atención y la presencia permanente en recursos explotables.

En este sentido, la reflexión sobre el cuerpo postorgánico debe considerar las condiciones materiales en las que esa integración ocurre y los cuerpos que quedan excluidos de sus beneficios.
Las prácticas artísticas contemporáneas deben examinar los imaginarios, las estructuras de poder y las contradicciones que acompañan su desarrollo. En este escenario, la inteligencia artificial constituye tanto una herramienta de experimentación como un territorio de disputa simbólica. Sus imágenes y resultados nos permiten explorar otras posibilidades formales, pero también plantean preguntas sobre la autoría, la memoria, la automatización y los sistemas culturales que intervienen en la producción de representaciones.
El interés crítico no reside únicamente en determinar qué puede hacer una máquina, sino en comprender qué relaciones establece con los cuerpos, los sujetos y las comunidades que la utilizan. Esto supone desplazar la atención desde la novedad técnica hacia las condiciones de producción y circulación de las imágenes.

Desde esta perspectiva, el error, la interrupción y la desviación adquieren valor, ya que surgen allí donde los sistemas tecnológicos buscan optimizar procesos y eliminar inconsistencias, y es en ese momento donde las prácticas artísticas recuperan aquello que escapa a la previsibilidad, recuperan la ambigüedad, el accidente, la vulnerabilidad y la posibilidad de producir sentidos no contemplados inicialmente.
La creación artística se convierte así en un espacio para desacelerar la experiencia, interrumpir los automatismos de la percepción y cuestionar la equivalencia entre eficiencia y progreso. Frente a la exigencia de actualización permanente, también es posible reivindicar el tiempo necesario para mirar, interpretar y construir una relación crítica con las imágenes.
La discusión sobre el cuerpo como sistema de datos amplía el campo de intervención artística hacia los archivos personales, las huellas digitales y las representaciones de la memoria. Fotografías, grabaciones de voz, mensajes, publicaciones y perfiles digitales constituyen materiales para investigar cómo se construyen las identidades y qué permanece de una persona en los sistemas que conservan sus rastros.
En este sentido intervenir estos materiales implica asumir una responsabilidad ética. La memoria de una persona no es un conjunto de datos disponible sin restricciones, y la posibilidad técnica de recrear su imagen y su voz no elimina la necesidad de considerar el consentimiento, el contexto y los vínculos afectivos asociados con el archivo.

En este sentido, el trabajo artístico con tecnologías generativas nos abre un espacio para cuestionar las promesas de representación total. El error y la distorsión nos permiten hacer visible que toda imagen es una construcción y que toda representación contiene ausencias, decisiones y relaciones de poder.
Frente a la fantasía de un archivo capaz de conservarlo todo y reproducirlo indefinidamente, la práctica artística explora aquello que no se deja reducir a información, explora la pérdida, la contradicción, el olvido, el deseo y la transformación de los recuerdos a lo largo del tiempo.
Debemos pensar críticamente como la tecnología transforma la manera de entender la práctica artística. La creación no consiste únicamente en dominar herramientas o producir objetos, sino en construir una posición frente al mundo, reconocer las condiciones desde las cuales se trabaja y asumir las consecuencias de las imágenes que se producen y circulan.
¿Estamos utilizando las máquinas para ampliar nuestras posibilidades de existencia o estamos reorganizando la vida humana para adaptarla a las exigencias de los sistemas tecnológicos?

Las tecnologías pueden abrirnos espacios de experimentación, comunicación y conocimiento, pero refuerzan desigualdades, aceleran los ritmos de producción y consolidan otras formas de control. Sus efectos dependen de las condiciones sociales, económicas y culturales en las que se desarrollan y utilizan.
Volver sobre El hombre postorgánico, de Paula Sibilia, permite reconocer que muchas de estas preguntas anteceden a la expansión reciente de la inteligencia artificial generativa. Su vigencia reside precisamente en ofrecer herramientas para pensar una transformación que no es exclusivamente tecnológica, sino también corporal, política y cultural.
Un cuerpo puede ser registrado, medido, representado e intervenido. Una voz puede sintetizarse, una imagen puede reconstruirse y una conducta puede modelarse mediante algoritmos. Pero estas operaciones no eliminan la distancia entre los datos y la experiencia, ni resuelven por sí mismas las preguntas sobre la identidad, la conciencia y la memoria.
Tampoco garantizan que los beneficios de la innovación alcancen a todas las personas. La promesa de optimización exige preguntar qué cuerpos se consideran mejorables, qué vidas se valoran y qué condiciones económicas hacen posible acceder a determinadas tecnologías. El futuro de lo humano no puede comprenderse únicamente desde la capacidad de las máquinas, sino también desde las desigualdades que atraviesan su desarrollo y sus aplicaciones.
El desafío no consista en competir con la velocidad de los sistemas tecnológicos ni en actualizar permanentemente nuestros cuerpos y subjetividades, sino en preguntarnos qué tipo de vida queremos construir con ellos. Si la tecnología promete superar los límites de la existencia, conviene recordar que esos límites no son únicamente obstáculos, si no también constituyen las condiciones materiales y sensibles desde las cuales experimentamos, recordamos, deseamos y nos relacionamos con los demás.
Frente a la fantasía de una existencia completamente traducible a datos, el cuerpo permanece como un territorio de experiencia que no puede reducirse a su representación digital. Y frente a la exigencia de producir, responder y consumir sin descanso, detenerse a pensar puede constituir, también, una forma de resistencia.
