En su 25.º aniversario, el Malba revisita su colección para proponer una historia del arte latinoamericano que desborda las fronteras nacionales. Entre vanguardias, compromisos políticos, imaginarios surrealistas y experimentaciones constructivas, las obras revelan una modernidad plural, atravesada por apropiaciones culturales, tensiones históricas y búsquedas de autonomía.

¿Qué significa hablar de arte latinoamericano? ¿Existe una identidad visual compartida entre artistas que trabajan en contextos históricos, sociales y culturales tan diversos? ¿O esa unidad es, en realidad, una construcción que permite reconocer afinidades sin borrar las diferencias que atraviesan al continente?
Estas preguntas reaparecen en Latinoamérica en expansión, la nueva presentación de la Colección Malba–Costantini, organizada en el marco del 25.º aniversario del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. Con la curaduría de María Amalia García, Alejandra Aguado y Nancy Rojas, la exposición reúne alrededor de 150 obras realizadas entre 1900 y la década de 1970, distribuidas en once núcleos que recorren algunos de los principales itinerarios del modernismo regional. La selección incorpora obras de artistas como Tarsila do Amaral, Frida Kahlo, Diego Rivera, Antonio Berni, Wifredo Lam, Xul Solar, Leonora Carrington, Joaquín Torres-García, Remedios Varo y Lygia Clark.
La exposición propone observar cómo las vanguardias latinoamericanas construyeron sus propios lenguajes a partir del diálogo con las corrientes europeas, las tradiciones locales y las transformaciones políticas del continente. La modernidad aparece así como un proceso de traducción, conflicto e invención, en el que apropiarse de las formas existentes se convierten en una manera de producir diferencias.
Durante buena parte del siglo XX, la historia internacional del arte se organizó alrededor de una narrativa que situaba a Europa como centro de innovación y a otras regiones como espacios de recepción, adaptación o difusión. Bajo esta perspectiva, las vanguardias latinoamericanas podían interpretarse como respuestas periféricas a movimientos surgidos en París, Berlín o Moscú. Sin embargo, las obras reunidas en el Malba permiten cuestionar esa jerarquía. Los artistas latinoamericanos no se limitaron a incorporar lenguajes extranjeros, los transformaron al confrontarlos con sus propios territorios, experiencias históricas, conflictos sociales y tradiciones culturales.

La modernidad regional se construyó mediante apropiaciones selectivas, desplazamientos y operaciones críticas que modificaron los lenguajes recibidos. En ese proceso, la pintura, la escultura, el dibujo y las prácticas experimentales se convirtieron en espacios para imaginar otras formas de representar el cuerpo, la naturaleza, la sociedad y la identidad.
La exposición nos permite reconocer esta diversidad sin reducirla a una esencia continental. Las obras establecen afinidades, pero también exponen diferencias, las cuales van entre la abstracción y la figuración, entre experimentación formal y compromiso social, entre la exploración de universos interiores y la representación de las desigualdades colectivas. La idea de Latinoamérica aparece entonces menos como una identidad fija que como una construcción histórica en permanente transformación.
Uno de los conceptos que atraviesan la propuesta curatorial es la antropofagia cultural, formulada por el escritor brasileño Oswald de Andrade en su Manifesto antropófago de 1928. La metáfora propone apropiarse críticamente de las influencias externas para producir algo nuevo, en lugar de aceptar pasivamente los modelos culturales dominantes.
La antropofagia invierte la relación tradicional entre centro y periferia. En lugar de entender la influencia europea como una dependencia inevitable, plantea la posibilidad de seleccionar, absorber y transformar aquello que llega de otros contextos. La cultura se construye mediante operaciones de incorporación y diferencia, no a través de una pureza originaria.

La obra Abaporu (1928), de Tarsila do Amaral, constituye una referencia de este horizonte cultural. Su figura de proporciones alteradas, con extremidades desmesuradas y una cabeza pequeña, desplaza las convenciones de la representación académica y participa de la búsqueda de un lenguaje moderno situado en Brasil.
La antropofagia permite comprender que la originalidad surge de la transformación de materiales culturales preexistentes, de la modificación de sus significados y de su inserción en otros contextos. Esta idea conserva una vigencia particular en la cultura contemporánea, caracterizada por la circulación global de imágenes, archivos y referencias visuales. Frente a la repetición acelerada de modelos, la pregunta es cómo intervenir en ellos para producir sentidos diferentes.
La exposición del Malba recupera esta tradición como una clave para pensar las estrategias mediante las cuales los artistas latinoamericanos construyeron sus propias modernidades. La modernidad latinoamericana no estuvo determinada exclusivamente por la experimentación formal. Las desigualdades económicas, las luchas obreras, las transformaciones urbanas y los conflictos políticos también ocuparon un lugar central en la producción artística.
En este contexto, el arte de compromiso social constituye uno de los ejes de la colección. La obra de Antonio Berni, por ejemplo, permite examinar cómo la representación figurativa se convirtió en un instrumento para abordar las condiciones de vida de los sectores populares y las contradicciones de la modernización. En La mujer del sweater rojo (1935), una de las obras de la colección, la figura humana ocupa un lugar central en una investigación pictórica que vincula observación social y construcción moderna de la imagen. La representación participa de una reflexión sobre los cuerpos, las clases sociales y las condiciones históricas de la vida cotidiana.

La dimensión política del arte no depende únicamente del tema representado. También se manifiesta en las decisiones formales, en la elección de materiales y en las estrategias mediante las cuales una obra interpela al espectador. Las vanguardias latinoamericanas exploraron estas posibilidades de maneras diversas. Algunas apostaron por una figuración crítica; otras encontraron en la abstracción y la experimentación espacial recursos para cuestionar las convenciones establecidas. No existe una única relación entre arte y política, sino una pluralidad de procedimientos que expresan distintas maneras de intervenir en la realidad.
La colección permite observar que la modernidad fue también un terreno de disputa por el derecho a representar la sociedad y por las formas en que el arte podía participar en la construcción de una experiencia colectiva.
Otro de los recorridos de la exposición reúne las poéticas surrealistas y las búsquedas vinculadas con la crisis de la razón durante el periodo de entreguerras. En estas obras, la representación se abre hacia territorios donde los sueños, las asociaciones inesperadas, los cuerpos híbridos y los universos imaginarios desafían las certezas de la percepción racional. La presencia de artistas como Frida Kahlo, Remedios Varo, Leonora Carrington y Wifredo Lam permite reconocer distintas maneras de explorar los vínculos entre identidad, naturaleza, memoria y transformación. Sus obras no responden a una experiencia homogénea. Cada artista construye un universo visual propio, atravesado por biografías, desplazamientos geográficos y contextos culturales específicos. Sin embargo, sus investigaciones comparten una disposición a cuestionar las fronteras entre lo real y lo imaginario, entre el cuerpo y su entorno, entre la experiencia individual y las estructuras simbólicas que la rodean.

En estas imágenes, la imaginación funciona como una forma de conocimiento capaz de hacer visibles tensiones que no encuentran expresión directa en los lenguajes convencionales. Los cuerpos se transforman, los objetos adquieren comportamientos inesperados y los espacios se convierten en escenarios de metamorfosis. La imagen deja de ser una representación estable del mundo para convertirse en una superficie donde se ensayan otras posibilidades de existencia. Estas poéticas muestran que la modernidad latinoamericana buscó ampliar los límites de lo visible y construir formas alternativas de comprender la experiencia humana.
La experimentación constructiva constituye otro de los itinerarios de la exposición. En este campo, la geometría, el ritmo, el color y la organización espacial se convierten en herramientas para investigar nuevas relaciones entre arte, percepción y entorno.
La obra de Joaquín Torres-García nos ayuda a comprender estas búsquedas. Su pensamiento constructivo articuló la geometría moderna con referencias simbólicas e históricas que cuestionaban la idea de que la innovación artística debía depender de los modelos europeos. A su vez, las investigaciones de artistas como Lygia Clark muestran cómo la abstracción desborda la superficie pictórica y se abre hacia una experiencia espacial y corporal. La forma deja de ser únicamente una estructura para contemplar y comienza a plantear otras relaciones entre la obra y quien la observa.
Estas investigaciones demuestran que la abstracción latinoamericana no puede reducirse a una imitación de las tendencias internacionales. Sus protagonistas desarrollaron distintas respuestas a problemas compartidos, como son organizar el espacio, cómo relacionar arte y vida, cómo transformar la percepción y cómo producir lenguajes que no dependieran de las convenciones figurativas.
En el contexto de la exposición, los constructivismos aparecen como parte de una modernidad que no tiene un solo centro ni una única dirección. Las ideas circulan, pero cambian al entrar en contacto con nuevas experiencias y condiciones culturales.
Una colección de arte nunca es un conjunto completamente neutral. Cada adquisición, donación, selección y decisión curatorial contribuye a construir una narración sobre aquello que una institución considera significativo. Las obras conservan su materialidad, pero los relatos que se organizan a su alrededor pueden modificarse con el tiempo.

En Latinoamérica en expansión, esta dimensión institucional adquiere relevancia. La presentación pone en diálogo el acervo del Malba con la colección particular de su fundador, Eduardo F. Costantini, y con obras incorporadas a través de la reciente adquisición de la Colección Daros Latinamerica. La ampliación del conjunto permite establecer otras relaciones entre artistas, movimientos y experiencias históricas. La incorporación de obras modifica las posibilidades de interpretación de aquello que ya formaba parte de la colección. Una obra adquiere otras resonancias cuando se presenta junto a otra, cuando se incorpora a un relato diferente o cuando se la examina desde perspectivas críticas que antes no habían ocupado un lugar central.
La curaduría funciona así como una práctica de montaje intelectual. Seleccionar y disponer las obras supone proponer conexiones, establecer proximidades y construir recorridos posibles. El visitante participa de esta operación al desplazarse entre los núcleos y elaborar sus propias asociaciones. En este sentido, la colección es una estructura dinámica que produce otros significados a partir de los encuentros entre las obras.
El 25.º aniversario del Malba ofrece una oportunidad para revisar tanto la historia del museo como los relatos que han acompañado la construcción de su colección. La exposición conmemorativa propone volver sobre las obras que han contribuido a configurar una imagen del arte latinoamericano y examinar las posibilidades de ampliar esa narración.
La pregunta por el arte latinoamericano permanece abierta. No se trata de encontrar una definición definitiva que reúna todas las experiencias bajo una identidad común, sino de reconocer las relaciones históricas que permiten pensar el continente como un territorio de intercambios y diferencias. Las obras reunidas en el Malba muestran que la modernidad regional se construyó mediante apropiaciones, rupturas, compromisos políticos y experimentaciones formales. Su diversidad nos obliga a abandonar las explicaciones que reducen el arte latinoamericano a una esencia homogénea.
La potencia de una colección reside tanto en las obras que conserva como en las preguntas que permite formular. Latinoamérica en expansión propone mirar el arte del continente como una constelación de experiencias capaces de producir sus propios lenguajes, conflictos y formas de conocimiento.
