
La jornada “Entre código y algoritmos: programar en la era de la inteligencia artificial”, coorganizada por la Universidad Nacional de La Plata, Zona de Riesgo y la Cátedra Libre de Educación y Mediación Digital en Danza Performance, abrió una pregunta ¿qué significa hoy programar cuando el código ya no es exclusivamente humano?
La intervención de Fabricio Costa Alisedo permitió trazar una genealogía alternativa de la IA, alejándola del relato de innovación súbita para inscribirla en una continuidad de prácticas experimentales que, desde hace décadas, ya operaban en los márgenes de la programación tradicional. Su experiencia con sistemas generativos en tiempo real, como Moldeo, mostró que la relación entre código e imagen —entre instrucción y resultado— siempre estuvo atravesada por una dimensión performativa, donde programar no es una escritura cerrada.
Uno de los desplazamientos centrales que se plantearon en la charla es el pasaje de una lógica de control a una lógica ecológica. En los sistemas clásicos, programar implicaba prever, estructurar, anticipar cada resultado. En cambio, en los sistemas contemporáneos —especialmente aquellos atravesados por IA— el código funciona como un entorno donde múltiples variables interactúan de manera no lineal.

Este cambio desplaza al programador para dejar de ser un ejecutor de instrucciones para convertirse en un diseñador de condiciones. La práctica consiste en habilitar un campo donde algo pueda emerger. En este sentido, la metáfora de la “semilla” resulta potente, proponiendo al código como un dispositivo inicial que contiene una lógica, pero que necesita de un entorno —datos, usuarios, contextos— para desplegarse.
Esta perspectiva conecta con la idea de la programación como práctica ecológica, una practica donde cada decisión tiene efectos en un sistema más amplio. La IA, en tanto amplificador de procesos, intensifica esta condición. Cada input puede generar múltiples outputs; cada gesto se multiplica en una red de posibilidades que nos excede.
Frente a este escenario, Costa Alisedo propone pensar la práctica contemporánea a partir de tres dimensiones, la intención, la memoria y la atención. Se trata en este sentido de operaciones concretas que permiten sostener una relación crítica con los sistemas generativos.

La intención ya no es un mandato, sino una orientación. En lugar de definir un resultado, se establece una dirección dentro de un espacio de posibilidades. Esto implica aceptar que el proceso transformará esa intención inicial, la desviará, la expandirá.
En los sistemas de programación tradicionales, el código funcionaba como archivo, permitiéndonos rastrear las decisiones, entender procesos, reconstruir las trayectorias. Sin embargo, en muchos entornos de IA actuales la memoria se vuelve frágil, fragmentaria, incluso inexistente. Se produce, entonces, una paradoja, ya que al crear sistemas capaces de procesar cantidades masivas de información, también se crean mecanismos que carecen de claridad para explorar la memoria del proceso.
De ahí la necesidad de construir otras formas de registro, mediante documentos vivos, protocolos compartidos, estructuras que funcionen como “semillas” capaces de guiar el desarrollo y preservar las decisiones. La memoria deja de ser un depósito para convertirse en una práctica activa.
En un entorno saturado de resultados automáticos, atender implica detenerse, leer, interpretar, evaluar. La atención se convierte así en una herramienta crítica frente a la automatización.

Desde sus primeras experiencias, Costa Alisedo ya trabajaba en sistemas donde la autoría era compartida entre programadores, artistas y usuarios que intervenían en la producción de los resultados. Sin embargo, con la IA esta condición se intensifica hasta un punto de quiebre.
La máquina deja de ser un medio para convertirse en un agente que participa activamente en la generación de contenido. Introduciendo variaciones, proponiendo soluciones, generando alternativas. En este contexto, hablar de autoría individual se vuelve insuficiente.
Lo que emerge es una autoría distribuida, donde el resultado es producto de múltiples capas de intervención, desde la humana, hasta la algorítmica y la colectiva. Esto transforma las nociones de propiedad, responsabilidad y ética.
¿Quién responde por lo que produce un sistema generativo? ¿Dónde se sitúa la decisión cuando esta es parcialmente delegada? Estas preguntas quedan abiertas como parte de un campo en construcción.

Costa Alisedo en lugar de concebir el error como una falla a corregir, lo reivindica como un elemento constitutivo de los sistemas generativos. Desde los primeros experimentos con software hasta las prácticas actuales con IA, el error ha sido un motor de descubrimiento, es aquello que se escapa a la intención inicial y nos abre otras posibilidades.
En este sentido, la IA no elimina el error, sino que lo amplifica. La cantidad de variaciones que puede generar un sistema introduce un nivel de imprevisibilidad que desafía cualquier intento de control total. Esta condición puede pensarse como una potencia creativa.
El desafío no es eliminar el error, sino aprender a trabajar con él, es reconocerlo, interpretarlo, integrarlo en el proceso. Esto implica una transformación en la relación con la tecnología, que deja de ser un instrumento de precisión para convertirse en un espacio de exploración.
Uno de los aportes de la charla es la idea de desaceleración intencional. En un contexto donde la IA promete optimizar y acelerar todos los procesos, introducir pausas se vuelve un gesto crítico.

Desacelerar no significa rechazar la tecnología, sino recuperar la capacidad de decisión dentro de sistemas que tienden a automatizarse. Implica generar momentos de evaluación, interrumpir el flujo, preguntarse por el sentido de lo que se está produciendo.
Esta práctica adquiere una dimensión ética, frente a sistemas que operan a gran escala y con efectos potencialmente amplificados, la velocidad puede convertirse en un riesgo. La desaceleración, en cambio, permite reintroducir la reflexión y la responsabilidad.
Hacia el cierre, la charla propuso pensar la IA como parte de un sistema más amplio de inteligencia distribuida. La metáfora del micelio —una red subterránea que conecta organismos y permite el intercambio de información— sugiere una forma de organización no jerárquica, donde el conocimiento circula y se transforma continuamente.
En este modelo, lo colectivo es una red de interacciones. La IA participa de esa red, pero no la determina. Más bien, la amplifica, la complejiza, la vuelve más difícil de aprehender.

Esto plantea un desafío, desarrollar formas de relación con estos sistemas que no se basen en el control absoluto ni en la delegación total, sino en una práctica situada, consciente y crítica.
La jornada dejó en claro que programar en la era de la inteligencia artificial implica habitar la incertidumbre. No hay respuestas definitivas ni modelos estables. Lo que hay es un campo en constante transformación, donde cada decisión abre otras preguntas.
En este contexto, programar es diseñar procesos, construir memorias, sostener la atención, negociar con sistemas que exceden nuestra capacidad de control. Es, en última instancia, una práctica que combina técnica y sensibilidad, cálculo e intuición.
Lejos de eliminar el error, la inteligencia artificial lo vuelve más visible, más presente, más productivo.
