
La ópera prima de Ana Ts’uyeb, Li Cham, es una obra que se inscribe con fuerza en el panorama del cine documental contemporáneo en México, por la potencia ética y estética de su propuesta, es un gesto de memoria encarnada y una toma de posición política desde el territorio y la lengua. Filmada en lengua tsotsil y construida desde una sensibilidad profundamente situada y construida desde una cercanía radical con sus protagonistas —Juana, Margarita y Faustina—, la película traza un relato íntimo y colectivo sobre el duelo, la violencia y la posibilidad de recomenzar.

A lo largo de 74 minutos, Ts’uyeb acompaña a tres mujeres cuyas vidas han sido atravesadas por pérdidas irreparables en contextos de violencia patriarcal. Sin embargo, lejos de fijarlas en una narrativa de victimización, el documental desplaza la mirada hacia los procesos de reconstrucción subjetiva y política. El zapatismo aparece como una fuerza viva que reconfigura el horizonte de estas mujeres, como una posibilidad concreta de dignidad, autonomía y defensa del territorio.

Formalmente, la película destaca por una fotografía sobria y cercana, a cargo de José A. Jiménez Pérez, que privilegia los tiempos del cuerpo y del paisaje, así como por un diseño sonoro de Lena Esquenazi que construye una atmósfera envolvente, donde el silencio y la palabra adquieren un peso equivalente. La música de Valeriano Gómez Díaz acompaña sin subrayar, permitiendo que la experiencia emocional se despliegue sin imposiciones. La decisión de trabajar con subtitulaje descriptivo en español amplía además su accesibilidad sin diluir su arraigo lingüístico.

Uno de los mayores aciertos del filme radica en su dispositivo narrativo. La voz en off, nacida de conversaciones íntimas más que de entrevistas formales, permite que los relatos emerjan como un desahogo, como una palabra largamente contenida. Esta decisión construye una escucha profunda, donde el espectador no consume testimonios, sino que entra en un espacio de confianza y revelación.

Pero quizás lo más potente de Li Cham es su lugar de enunciación. No se trata de una mirada externa sobre una comunidad, sino de una película hecha desde dentro: Margarita es la madre de la directora, Juana su tía, Faustina su cuñada. Esta dimensión relacional no solo define la ética del proyecto, sino que desestabiliza las jerarquías tradicionales del documental. Aquí, filmar es también cuidar, escuchar y devolver.

En un contexto donde el cine de los pueblos originarios continúa disputando espacios de representación, Li Cham se afirma como un gesto político y poético, se sitúa como una película que enuncia desde dentro. Es en la cercanía de sus testimonios donde encuentra su verdadera fuerza, es mediante la capacidad de transformar el dolor en memoria activa y la memoria en posibilidad de futuro.

Reconocida en festivales como el Festival Internacional de Cine de Morelia, Hot Docs o Sheffield DocFest, la película confirma la emergencia de una generación de cineastas que reconfiguran las formas mismas de narrar.
