
Mientras la humanidad desarrolla la tecnología necesaria para abandonar la Tierra, demuestra una incapacidad cada vez mayor para habitarla. La promesa de colonizar Marte, construir ciudades extraterrestres y convertir al ser humano en una especie multiplanetaria aparece como la culminación del imaginario tecnológico contemporáneo. Pero ¿qué ocurre con los territorios, las comunidades y los ecosistemas que quedan atrás?
El documental Shifting Baselines (Horizontes Perdidos) (2025), dirigido por Julien Elie, convierte esta pregunta en el centro de una reflexión política. Filmada en blanco y negro, la película desplaza la atención del espectáculo aeroespacial hacia el paisaje devastado, la memoria borrada y las vidas desplazadas por la expansión de SpaceX en Boca Chica, Texas. Lejos de celebrar el progreso tecnológico, Elie revela su reverso, la lenta normalización del desastre.
El título del documental remite al concepto formulado por el biólogo marino Daniel Pauly, shifting baseline syndrome. Cada generación acepta un ambiente más degradado que la anterior porque pierde la memoria de aquello que alguna vez existió. La catástrofe deja de ser percibida como tal cuando se convierte en el nuevo estado de las cosas.

Esta pérdida de referencia no es únicamente ecológica, es también política, tecnológica y cultural.
Paul Virilio advirtió desde finales del siglo XX que la historia de la modernidad podía entenderse como la historia de la aceleración. En Velocidad y política y posteriormente en La bomba informática, sostuvo que toda innovación tecnológica produce simultáneamente un nuevo accidente. Inventar el tren implica inventar el descarrilamiento; inventar el avión supone inventar el accidente aéreo.
La exploración espacial privada confirma esta intuición, el sueño de alcanzar Marte produce su propio accidente, la destrucción progresiva del territorio terrestre. Boca Chica deja de ser un ecosistema costero para transformarse en infraestructura logística de un futuro imaginado. La aceleración tecnológica necesita vaciar el espacio presente para construir el espacio por venir.
Virilio denominó a este fenómeno «la administración de la velocidad». En Shifting Baselines, esa administración aparece materializada en carreteras cerradas, playas privatizadas, zonas militarizadas y comunidades desplazadas. El progreso no avanza únicamente sobre el tiempo; también reorganiza violentamente el territorio.

Mientras los cohetes prometen reducir las distancias entre planetas, aumentan la distancia entre quienes imaginan el futuro y quienes padecen sus consecuencias.
Bruno Latour cuestionó la existencia de una frontera clara entre naturaleza y sociedad. Nunca fuimos modernos, escribió, porque siempre vivimos rodeados de híbridos donde lo humano, lo tecnológico y lo biológico se entrelazan. Shifting Baselines hace visible precisamente esa red de relaciones.
El paisaje de Boca Chica ya no puede entenderse como una naturaleza virgen ni como una simple infraestructura industrial. Es un ensamblaje donde coexisten cohetes, manglares, satélites, pescadores, ingenieros, científicos, drones, patrullas fronterizas y algoritmos de navegación.
El documental desmonta así la ilusión de que la conquista espacial representa una empresa separada de la crisis ambiental. En realidad, ambas forman parte de una misma red de actores.

Latour sostuvo que el cambio climático obliga a abandonar la idea de una naturaleza pasiva. La Tierra deja de ser escenario para convertirse en protagonista político. Eso es precisamente lo que ocurre en la película, donde la costa responde, el mar cambia, los ecosistemas desaparecen, el paisaje deja de ser fondo para convertirse en evidencia.
Donna Haraway propuso abandonar la narrativa del Antropoceno, centrada exclusivamente en la acción humana, para pensar el presente como un entramado de relaciones multiespecie que denominó Chthuluceno. No existe un «afuera» de la naturaleza porque todos los organismos participan de una compleja red de interdependencias.
Desde esta perspectiva, la expansión de SpaceX aparece como una interrupción de esas relaciones. La colonización espacial suele presentarse como una epopeya exclusivamente humana. Sin embargo, Haraway recordaría que ningún proyecto tecnológico existe aislado de las especies con las que compartimos el planeta.
Las aves migratorias, los humedales, los insectos, las corrientes marinas y las comunidades costeras también forman parte de esa historia. Lo que desaparece en Boca Chica no es únicamente un paisaje, desaparece una ecología de relaciones.
La película convierte esa pérdida en una experiencia sensorial mediante largos planos donde el silencio adquiere una dimensión casi elegíaca.

Timothy Morton ha insistido en que la crisis ecológica no puede comprenderse mediante la imagen romántica de una naturaleza pura situada «allá afuera». Vivimos inmersos en hiperobjetos, como el cambio climático o la contaminación espacial, cuya escala temporal y espacial excede nuestra capacidad de percepción.
El síndrome de Kessler constituye uno de esos hiperobjetos. La acumulación de basura espacial orbita miles de kilómetros por encima de nuestras cabezas y, sin embargo, condiciona el futuro de las telecomunicaciones, la investigación científica y la exploración espacial.
El documental establece un puente entre ese hiperobjeto orbital y los cuerpos que habitan Boca Chica, la basura espacial y los pescadores del Río Bravo pertenecen al mismo sistema.
La película rompe así con la ilusión de que existen problemas locales y problemas globales, todo ocurre simultáneamente, la órbita terrestre comienza en la playa.

La carrera espacial no busca únicamente conquistar territorios físicos, sino producir imaginarios.
Byung-Chul Han ha señalado que el capitalismo contemporáneo ya no funciona principalmente mediante la disciplina, sino mediante la seducción. La explotación adopta la forma del deseo. Nadie nos obliga a admirar un cohete, queremos admirarlo, el futuro se convierte en un objeto de consumo.
La narrativa de Marte funciona entonces como una sofisticada operación psicopolítica. Mientras el presente aparece marcado por incendios forestales, sequías, migraciones climáticas y colapsos ambientales, el imaginario tecnológico desplaza la atención hacia un mañana espectacular.
La colonización espacial produce una economía de la esperanza. Elie sugiere que el verdadero producto de SpaceX es la imaginación.
La colonización de Marte comienza mucho antes del viaje, comienza cuando aceptamos que cuidar la Tierra resulta menos importante que abandonarla.

La decisión de filmar en blanco y negro convierte cada encuadre en un documento arqueológico del presente. El paisaje deja de ser una postal para convertirse en archivo. Aquí el documental dialoga con una tradición contemporánea que entiende el territorio como memoria material. Cada playa cercada, cada casa demolida y cada carretera clausurada registran las huellas visibles de un nuevo régimen de acumulación.
El capitalismo espacial no reemplaza al extractivismo terrestre, lo amplifica. La economía de los datos, la minería de minerales estratégicos, las plataformas digitales, los satélites de comunicación y la exploración interplanetaria forman parte de un mismo horizonte económico.
Lo que cambia no es la lógica de extracción, cambian las escalas.
Shifting Baselines desplazar la discusión desde la ingeniería hacia la ética, no pregunta únicamente si podremos vivir algún día en Marte, pregunta quién podrá seguir viviendo en la Tierra.
Julien Elie propone observar aquello que desaparece mientras todos contemplan el cielo.
La verdadera frontera del siglo XXI no se encuentre en otro planeta, se encuentra en nuestra capacidad para recordar, porque una civilización que pierde la memoria de sus paisajes termina aceptando como inevitable su desaparición. Y cuando el olvido se convierte en la condición del progreso, el futuro deja de ser una promesa para transformarse en la forma de la renuncia.
Shifting Baselines es una meditación visual sobre el costo invisible del progreso, una crítica a las narrativas que presentan la tecnología como un destino inevitable y una advertencia sobre el riesgo de convertir la imaginación del futuro en un mecanismo para olvidar el presente. Su fuerza radica en recordarnos que toda conquista comienza por una pérdida, y que antes de imaginar otros mundos conviene preguntarnos qué mundo estamos dejando de habitar.
