
Cuba-Noruega, 2024, 76 min.
D y G: Lázaro Lemus.
El bosque intermitente es una meditación sobre el tiempo profundo. Lázaro Lemus se interna en los paisajes kársticos del occidente cubano para construir una obra donde la geología, la memoria y la experiencia humana confluyen en una reflexión sobre la finitud. Su ópera prima, presentada en el 45 Foro Internacional de Cine, convierte la exploración de una cueva en una poderosa metáfora de la condición humana.
El protagonista es Hilario Carmenate Rodríguez, un espeleólogo de setenta y seis años que ha dedicado más de medio siglo a recorrer las entrañas de la tierra. Vive rodeado por el bosque, registra sus descubrimientos en un diario de viaje y continúa explorando cuevas impulsado por su curiosidad. Lo acompaña un insomnio persistente que convierte las noches en un territorio donde la vigilia, los recuerdos y las visiones comienzan a confundirse.
Desde esa figura silenciosa, Lemus construye un retrato profundamente contemplativo. Hilario nunca aparece como un héroe científico ni como un personaje excéntrico. Es un hombre cuya relación con el paisaje ha transformado su manera de comprender la existencia. Cada expedición hacia el interior de una caverna constituye también una aproximación al misterio de la muerte, entendida como una presencia que acompaña discretamente toda forma de vida.

El bosque intermitente articula distintas escalas del tiempo. El tiempo humano, marcado por la vejez de Hilario, convive con el tiempo casi infinito de las formaciones geológicas, con la persistencia de las pictografías rupestres y con los ciclos biológicos del bosque. La película sugiere que la historia de una vida sólo puede comprenderse cuando se inscribe dentro de una temporalidad mucho más vasta, donde la naturaleza conserva memorias que exceden cualquier archivo escrito.
Las cuevas entonces son refugios naturales, laboratorios científicos y espacios simbólicos donde convergen múltiples capas de la historia. Sus paredes contienen vestigios de antiguas ocupaciones humanas, pero también registran procesos geológicos que comenzaron mucho antes de la aparición de nuestra especie. Descender a ellas implica abandonar la cronología habitual para ingresar en una dimensión donde el tiempo se sedimenta.
Lemus evita convertir esta experiencia en un documental científico convencional. La antropología, la geología y la biología aparecen integradas a una exploración poética. La información nunca sustituye a la contemplación. El conocimiento surge del encuentro paciente entre el cuerpo de Hilario y el territorio que recorre. La película reivindica una forma de saber basada en la experiencia directa, la observación y la convivencia prolongada con el paisaje.

La puesta en escena acompaña esa búsqueda con una notable economía de recursos. El silencio ocupa un lugar central en la construcción del relato. Lemus convierte al silencio en una forma de escucha. El sonido del agua, la respiración, los insectos y el roce de la piedra adquieren una intensidad que invita al espectador a percibir el bosque como un organismo vivo.
La fotografía de Manuel Ojeda contribuye a esa atmósfera. La luz revela lentamente las texturas de la roca, la profundidad de las cavernas y la densidad de la vegetación. Cada encuadre parece recordar que el paisaje necesita ser habitado con paciencia.
La trayectoria de Lázaro Lemus permite comprender la sensibilidad que atraviesa esta ópera prima. Formado en las artes visuales y con experiencia previa en el documental y la fotografía, el realizador ha desarrollado una mirada atenta a los espacios donde la memoria individual se cruza con las historias invisibles del territorio. El bosque intermitente representa la consolidación de esa búsqueda en una obra que evita tanto el registro etnográfico convencional como el documental de naturaleza más espectacular.

Dentro del 45 Foro Internacional de Cine, la película dialoga con otras propuestas interesadas en el archivo y la memoria, pero desplaza esas preocupaciones hacia la memoria de la propia tierra. Mientras otras obras del programa recuperan fotografías, documentos o testimonios, Lemus dirige la mirada hacia un archivo mucho más antiguo, escrito en las piedras, las cuevas y los procesos geológicos que han modelado el paisaje cubano durante millones de años.
En tiempos donde la crisis ecológica obliga a replantear nuestra relación con el entorno, El bosque intermitente adquiere una resonancia particular. La película propone una ética de la atención y de la lentitud, recordándonos que comprender un territorio implica aceptar ritmos temporales muy distintos a los de la vida contemporánea. Frente a la velocidad de las imágenes digitales, el bosque responde con una temporalidad casi mineral.
El bosque intermitente es una reflexión sobre la fragilidad humana frente a la inmensidad del tiempo. Lázaro Lemus encuentra en la figura de Hilario una manera de pensar la vejez como una forma privilegiada de conocimiento. Su descenso a las cavernas es también un descenso hacia las capas más profundas de la memoria, allí donde la historia natural y la historia humana dejan de ser relatos separados para convertirse en una misma experiencia de contemplación.

