Diez artistas exploran las relaciones entre datos, tecnología y subjetividad en una exposición que invita a mirar críticamente las huellas que dejamos en el mundo digital.

¿Qué parte de nuestra identidad nos pertenece y qué parte se construye a partir de los datos que producimos cotidianamente? Cada búsqueda en internet, fotografía compartida, ubicación registrada o interacción en una plataforma deja un rastro que puede ser almacenado, interpretado y convertido en información sobre quiénes somos. En ese territorio, donde la vida cotidiana se transforma en datos y los datos adquieren valor, se sitúa HASHTAG #4 | Datificio, la cuarta edición del ciclo de arte, tecnología y futuro que se presentó en el Pabellón de las Bellas Artes de la Universidad Católica Argentina (UCA), en Buenos Aires.
Con curaduría de Gabriela Serkin y Martín Parselis, la muestra reúne a diez artistas que abordan las relaciones entre tecnología, memoria, territorio e identidad desde distintas perspectivas de la producción contemporánea. Claudio Roncoli, Juan Miceli, melon_manga (Pedro Blumenfeld), Ariel Presti, Layla Pizarro, Niko Alerce, Rocío Mio, Lucas Nuñz, Eduardo Politzer y Mar Legon participan en una propuesta colectiva que reúne videoinstalaciones, arte digital y electrónico, objetos, impresión 3D, tecnologías recuperadas y experiencias que vinculan los sistemas tecnológicos con la naturaleza.
El concepto de datificio propone nombrar una realidad que se ha vuelto inseparable de la experiencia contemporánea, mediante la construcción de perfiles, registros, reputaciones y representaciones personales mediante la acumulación y el procesamiento de datos. No se trata únicamente de la información que compartimos de manera consciente, sino también de las huellas involuntarias que dejamos al desplazarnos por los entornos digitales.

En este contexto, la identidad deja de ser una construcción exclusivamente individual para convertirse también en el resultado de sistemas que clasifican, relacionan y anticipan comportamientos. Los algoritmos participan en la manera en que vemos el mundo, en los contenidos que recibimos y en las imágenes que construimos de nosotros mismos y de los demás.
La exposición invita a interrogar esa transformación. ¿Quiénes somos para los sistemas que procesan nuestros datos? ¿Qué imágenes de nosotros producen las plataformas? ¿Hasta qué punto podemos decidir qué mostrar, qué reservar para nuestra intimidad y qué aspectos de nuestra vida quedan fuera de nuestro control?
Estas preguntas adquieren especial relevancia en una cultura donde la visibilidad se ha convertido en una forma de reconocimiento social, pero también en una fuente permanente de exposición. Las máscaras digitales son versiones estratégicas y construcciones que adoptamos para participar en distintas comunidades. El problema surge cuando esas representaciones son capturadas por sistemas de clasificación que las convierten en perfiles aparentemente estables y predictivos.

Uno de los aspectos de Datificio consiste en cuestionar la idea de que el universo digital es un espacio inmaterial. Expresiones habituales como «la nube» sugieren un territorio abstracto, accesible desde cualquier lugar y aparentemente separado de las condiciones físicas de la existencia. Sin embargo, detrás de cada interacción hay centros de datos, redes de comunicación, dispositivos, consumo energético, trabajo humano y recursos naturales.
La infraestructura tecnológica posee una materialidad que suele permanecer fuera de nuestra percepción. Cada imagen almacenada y cada operación algorítmica dependen de sistemas técnicos que ocupan territorios, requieren energía y responden a decisiones económicas y políticas. Lo digital no elimina la materia, la reorganiza y vuelve invisibles las condiciones que permiten su funcionamiento.
Desde esta perspectiva, el arte opera como una herramienta crítica para hacer perceptible aquello que las interfaces simplifican y esconden. Las obras reunidas en la exposición trasladan estas problemáticas al campo de la experiencia sensible, mediante lenguajes que incluyen la instalación, el video, los dispositivos electrónicos y la experimentación con materiales y tecnologías.
La diversidad de formatos nos permite pensar que la relación entre arte y tecnología implica examinar los sistemas de producción de imágenes, las infraestructuras que las sostienen y las formas de poder que intervienen en su circulación.

Los datos que depositamos en la red contribuyen a producir una memoria de nuestras acciones. Los registros digitales conservan fragmentos de la vida cotidiana, desde fotografías y mensajes hasta recorridos, preferencias y hábitos de consumo. Esa memoria, sin embargo, no es neutral ni está bajo nuestro control.
A diferencia de los recuerdos personales, sujetos al olvido, la reinterpretación y la transformación, los registros digitales pueden persistir y ser recuperados fuera del contexto en el que fueron producidos. Una acción pasada puede adquirir otros significados cuando es incorporada a otros sistemas de información. De esta manera, la memoria digital se convierte tanto en un recurso para reconstruir experiencias como en un mecanismo de vigilancia y clasificación.
La exposición abre un espacio para reflexionar sobre esa ambivalencia. Los rastros que dejamos constituyen una extensión de nuestra presencia, pero también se transforman en representaciones que otros interpretan, comercializan y utilizan para anticipar nuestras decisiones.

En este escenario, la pregunta por la identidad se encuentra vinculada con la privacidad, la autonomía y el derecho a intervenir en nuestra representación. ¿Es posible sustraerse de la mirada algorítmica? ¿Podemos producir imágenes y relatos que escapen a las categorías establecidas por las plataformas? ¿Qué posibilidades ofrece la creación artística para imaginar otras formas de relación con la tecnología?
Desde su creación en 2023, el ciclo HASHTAG ha propuesto un espacio de encuentro entre arte, tecnología y pensamiento de futuro. Sus ediciones anteriores abordaron los vínculos entre arte y NFT, la construcción de futuros posibles y las relaciones entre técnica, cultura y territorio. Con Datificio, el ciclo dirige su atención hacia las identidades que emergen de la interacción constante entre las personas y los sistemas digitales.
La participación de artistas con prácticas y lenguajes diversos permite abordar esta cuestión sin reducirla a una explicación técnica. En lugar de presentar la tecnología como una fuerza inevitable o neutral, la exposición invita a reconocerla como una construcción cultural, resultado de decisiones, intereses y formas específicas de organizar la experiencia humana.
Esta perspectiva es significativa en un momento en que la inteligencia artificial y los sistemas automatizados participan cada vez más en la generación de imágenes, la circulación de información y la interpretación de los comportamientos. Frente a la promesa de una tecnología capaz de conocer y representar a las personas, el arte introduce una distancia crítica, hace visibles las convenciones y revela las contradicciones.
Datificio propone pensar la identidad digital como una construcción en disputa. Entre los datos que producimos, los que otros recopilan y las imágenes que las tecnologías generan a partir de ellos, se configura un territorio donde se negocian nuestra presencia y nuestra autonomía. Mirar críticamente ese territorio supone reconocer que detrás de cada perfil hay una persona, una historia y una experiencia que no pueden reducirse por completo a una secuencia de datos.
