
En un momento en que la experiencia estética parece cada vez más capturada por la velocidad, la sobreproducción de imágenes y la necesidad de comprensión inmediata, la jornada organizada por Zona de Riesgo Art en el Museo Archivo de la Fotografía —en el marco del Slow Art Day— propuso dejar de mirar para comenzar a escuchar. Se trató de activar una transformación profunda en el cuerpo cuando este sitúa frente al arte.
Inspirada en la práctica de escucha profunda de Pauline Oliveros, la meditación Habitar el cuerpo, guiada por Mónica Martz M. , se configuró como una coreografía de la atención. La experiencia se desplegó como un proceso expansivo, iniciando en el interior del cuerpo para expandirse hacia el entorno, de lo casi imperceptible hacia la complejidad del campo sonoro compartido.
La práctica se estructuró en una serie de fases que operaban como umbrales de percepción. El recorrido comenzaba con la disposición del cuerpo —sentado o recostado— y una atención suave a la respiración, entendida como evidencia de un cuerpo vibrátil. A partir de ahí, la escucha se afinaba hacia el interior, hacia el pulso, los micro-movimientos, los sonidos casi inaudibles que el cuerpo produce. Este gesto inicial ya implicaba una ruptura, el de reconocer que el cuerpo es generador de sonido.

Gradualmente, la escucha se expandía hacia el entorno. En este punto, las composiciones de Bruno Bresani y Mercedes Balard se activaban como dispositivos de percepción.
La propuesta de Bresani se articulaba a partir de capas sonoras continuas, con microvariaciones. Texturas prolongadas que parecían suspendidas en el tiempo obligaban al oído a una escucha más fina, más atenta a los umbrales. No había un centro ni una narrativa evidente; lo que emergía era un paisaje donde la percepción del oyente se volvía parte constitutiva de la obra.
Por su parte, Balard introducía una dimensión espacial y corpórea. Sus sonidos se desplazaban, aparecían y desaparecían, generando una sensación de cercanía y lejanía que desestabilizaba la percepción del espacio. Ritmos orgánicos y pulsaciones parecían dialogar con la respiración y el pulso de los participantes, produciendo una experiencia en la que el espacio dejaba de ser un contenedor neutro para convertirse en un campo envolvente.

El cruce entre ambas propuestas generaba un entramado donde el sonido continuo abría la percepción hacia lo sutil, mientras que el desplazamiento espacial activaba la conciencia del entorno. En ese intersticio, el cuerpo comenzaba a experimentarse como resonador, como una superficie sensible donde las vibraciones se sienten, se desplazan, modifican la atención.
El cierre de la práctica implicaba un cambio en la percepción. El silencio emergía como un campo activo, cargado de matices. Habitar ese silencio, habitar la presencia.
Lo que esta experiencia puso en juego fue una política de la percepción. La propuesta consistió en afinar la escucha dentro del cuerpo. En ese sentido, la herencia de Oliveros mediante la escucha profunda es una forma de relación, una tecnología crítica de la atención.

En el contexto del Slow Art Day, esto adquiere una dimensión particular. Mientras muchas propuestas del evento se centran en desacelerar la mirada, aquí se ensayó descentrarla. La escucha, en tanto práctica no instrumental, permite desactivar la lógica de consumo que suele atravesar la experiencia artística —ver, entender, seguir— para abrir un espacio donde percibir precede a interpretar.
Las obras de Bresani y Balard operan precisamente en esa dirección. Buscan ser habitadas. Desde la sutileza, la vibración y el desplazamiento, desactivan la escucha orientada a la identificación y abren un campo donde el error perceptivo —lo que no se reconoce del todo, lo que se confunde, lo que se desplaza— se convierte en potencia. En ese sentido, la experiencia puede pensarse como un anarchivo en acto, como un dispositivo que desordena y reconfigura la relación entre cuerpo, sonido y tiempo.
Las reacciones de los participantes evidencian la complejidad de este desplazamiento. Muchos describieron una primera fase de resistencia, por la dificultad de “no hacer nada”, de sostener la atención sin objetivo, de renunciar a la interpretación. Sin embargo, esa incomodidad inicial dio paso a una apertura sensorial progresiva.

Entre las experiencias más recurrentes aparecieron la intensificación del cuerpo —vibraciones, calor, micro-movimientos—, la alteración de la percepción del tiempo —sentido como dilatado o suspendido— y una creciente confusión entre sonido interno y externo. Influenciados por las capas sonoras, algunos participantes ya no podían distinguir con claridad si lo que escuchaban provenía del entorno, de las obras o de su propio cuerpo.
También emergieron imágenes, memorias fragmentarias, asociaciones no lineales. Y, de manera insistente, la aparición del silencio como una materia densa, activa.
Quizá lo más significativo fue la revelación de lo que ya estaba ahí, la evidencia de que escuchar no es un acto automático. La diferencia entre oír y escuchar —tan trabajada por Oliveros— se volvió experiencia concreta. La atención apareció como una práctica que transforma la percepción.
Hay una dimensión adicional que atraviesa toda la jornada, la intervención en el propio dispositivo institucional del museo. Realizar esta experiencia en el Museo Archivo de la Fotografía implica una tensión productiva. En un espacio históricamente dedicado a la imagen y al registro visual, la propuesta desplazó el eje hacia lo inasible, hacia el sonido, la vibración, la experiencia no registrable.

En este sentido, la jornada puede leerse como un contraarchivo efímero. En lugar de producir objetos acumulables, generó experiencias que resisten su fijación. Lo que queda es una transformación en la manera de percibir.
Asimismo, la experiencia funcionó como una interfaz entre prácticas artísticas y somáticas. La meditación fue una forma de conocimiento encarnado. El cuerpo dejó de ser espectador para convertirse en lugar de inscripción.
Lo que esta propuesta pone en juego es una forma de resistencia. En un contexto saturado de estímulos y de economías de la atención, generar un espacio donde la percepción se desacelera y se densifica, es una forma de ensayar otras maneras de estar, de escuchar, de habitar el tiempo.
Quizá ahí radica su potencia, en producir una fisura. Una pequeña desestabilización que, al salir del museo, se filtra en la vida cotidiana. El ruido de la ciudad, las voces, los silencios. No porque haya cambiado el mundo, sino porque ha cambiado la forma de escucharlo.
